Matthias Grünewald, «Retablo de Isenheim». 1512-1516

 

Cien páginas le han bastado a Ramón Andrés para hacerme sentir la necesidad de visitar el museo de Colmar donde se exhibe el Retablo de Isenheim de Matthias Grünewald, de volver a contemplar con atención el Tríptico de la guerra de Otto Dix, de releer Auto de fe de Canetti y Los emigrados de Sebald, de escuchar nuevamente, pero con mucha más atención Mathias el pintor, la ópera de Hindemith. Que un libro sustancioso en sí mismo, tan ameno y penetrante como este,  le imponga a uno un montón de tareas es una suerte para quienes no buscamos en la lectura un simple pasatiempo, sino luz que oriente en la tiniebla.

Recién publicado por Temporal, Los no llamados por su nombre está dedicado “a todos los inocentes que han muerto en las guerras urdidas contra nosotros”. Mal conozco yo la obra de Andrés si el nosotros al que alude aquí no está formado ni por los vencedores ni los vencidos de esas guerras, sino por sus víctimas, que suelen serlo de uno y de otros. Y es que aunque su libro se centre en el la biografía de un pintor excelso nacido en la segunda mitad del siglo XV, Matthias Grünewald, y de una obra suya en la que cristaliza el espíritu de la época, el Retablo de Isenheim, constituye también una reflexión acerca de algo que caracterizó siempre a nuestra civilización: el asiduo cuestionamiento de lo que es, su agónico y continuado caer y levantarse, ese estado de crisis permanente que conduce a la revisión de la tradición y al ensayo igualmente constante de nuevas posibilidades, a veces con consecuencias deplorables.

 

Puedes comprar el libro en este enlace

 

El protagonista del retablo de Grünewald es Cristo crucificado, durante siglos símbolo de lo que los hombres son capaces de hacerse unos a otros. Lo que agoniza en la cruz, sometido a una tortura indescriptible, no es un dios, sino lo divino en el hombre. Nada puede envilecer más al verdugo que esto, pero esto es lo que en Occidente se ha hecho una y mil veces en nombre de la religión, los más ambiciosos ideales o el progreso. Cristo no sólo representa al inocente que sufre atroces tormentos por parte de otros hombres, sino que es también el desamparado al que todos abandonan (todos no, a su lado permanecen la madre, la mujer que lo ama, el amigo). Quien no está por ninguna parte es el Padre, aquel en cuyo nombre Cristo es crucificado, pues el delito de Jesús es declararse hijo de un Dios que nunca aparece, ni al principio, cuando el hijo nació, ni al final, cuando es sacrificado. “¿Por qué me has abandonado?”, exclama Jesús en la cruz. Pero: ¿lo ha abandonado?, ¿estuvo acaso alguna vez presente? El sufrimiento que Cristo encarna es el sufrimiento del ser humano en un mundo sin Dios. 

Eso es lo que pintó Grünewald en el Retablo de Isenheim. Andrés reconstruye el momento histórico en que surgió, un momento crítico, en el que todo parecía a punto de saltar por los aires y el hambre, la peste y la guerra recorrían Europa. La revuelta de los siervos contra los señores feudales, la llamada “revuelta del hombre común”, provocó un baño de sangre y un terremoto en las conciencias que puso de manifiesto la malversación del mensaje cristiano practicada por la Iglesia Católica en connivencia con los poderosos. Conviene recordar, y así lo hace Andrés, que Grünewald pintó su retablo en las mismas fechas en que Erasmo escribió su Elogio de la Locura y Lutero se rebeló contra el tráfico de salvoconductos para la eternidad. Las pompas vaticanas y las bulas papales sepultaron en el fango la palabra de Cristo, la misma palabra que los indigentes trataron de rescatar extrayéndola del fuego de la corrupción como si fueran las brasas aún vivas de una hoguera a punto de apagarse.

 

Ramón Andrés

 

Andrés conecta el sentido del retablo con el lugar concreto para el que fue pintado: un hospital adherido a un monasterio. No se trata de una obra dirigida sólo a la devoción, posee otro sentido: el de mostrar cómo el sufrimiento de Cristo y el de los pacientes allí alojados no son esencialmente distintos. La misma conexión se produce entre las abominaciones que sufre San Antonio, protagonista de uno de los paneles del retablo, y las alucinaciones de los ergotistas que acuden en busca de ayuda. Obviamente, no se puede equiparar la enfermedad y la enfermedad moral, pero el daño, tanto si proviene de la naturaleza como si es fruto del que nos infligimos unos a otros, se ceba siempre con el corazón humano, órgano al que dirige Cristo su mensaje.

Termino con una breve aclaración sobre el título del libro. Los no llamados por su nombre son los inocentes a los que Andrés dedica su ensayo, pero también aquellas personas cuya obra es más conocida que su biografía. Lejos de lo que podría hacer pensar el acrítico discurso sobre las invisibles, tan de moda en los suburbios de la cultura, abundan los genios de uno y otro sexo a los que la historia habría olvidado completamente de no conservarse alguna de sus obras. Es el caso de Matthias Grünewald, de quien ni siquiera podemos afirmar que este fuera su verdadero nombre. Andrés no sólo se esfuerza por saber quién fue -su labor como artista la conocemos parcialmente, mínimamente en realidad, aunque es tan notable que no cabe duda de que fue un genio-, sino que nos cuenta incluso que es lo que sucedió para que se disipara en una maraña de atribuciones erróneas y patinazos fonéticos. Semejante no saber tiene, sin embargo, una ventaja: permite actualizar constantemente la figura del personaje desconocido. Es lo que hizo Hindemith con Grünewald en su ópera Matías el pintor, una obra en la que se plantea la lucha interior de un artista que no sabe si comprometerse políticamente contra los poderosos que aplastan a la gente sin nombre o preservar su existencia para dedicarse en cuerpo y alma a su arte. El protagonista de la obra, como Grünewald, como Hindemith, como el propio Andrés, decide consagrarse a su arte convencido de que su labor como artista es más importante que su contribución personal a la lucha política. Sabia decisión, sin duda, algo que confirmarán los lectores de este espléndido libro. 

 

Matthias Grünewald. Alemania, 1455–1528