Richard Ford y sus padres en 1957. El escritor tenía 13 años

 

Hay libros apacibles que nos sujetan a sus historias cotidianas y al ritmo familiar. Libros de rutinas caseras, de calor de hogar pero que muestran con paciencia las crisis que se gestan entre cenas navideñas, mudanzas y discusiones conyugales. Prohibido morir aquí (1971) de Elizabeth Taylor es un buen ejemplo: la historia captura con minuciosidad los días ordinarios que se suceden en el Hotel Claremont donde la señora Palfrey reservó una habitación en la que espera pasar sus últimos años. Entre ellos (2017) de Richard Ford es un caso semejante. Memorias propias y la de sus padres, que no se leen simplemente, sino que se habitan como se habita un cuarto ajeno, como se sienta uno a la mesa de una familia que no conoce: con respeto, con cierta prudencia, pero también con la secreta ilusión de encontrar en una fotografía olvidada o en los condimentos de una receta de la abuela alguna clave íntima de los que viven allí. Ford generó un espacio intermedio, un lugar suspendido entre el afecto y la memoria, entre el silencio de los que ya no están y el temblor de quien se atreve a convocarlos, con palabras medidas y valientes.

No hay en este libro ninguna pretensión de totalidad ni de contar una “Gran Historia Americana”. Ford escribe sobre sus padres como si estuviera fumando en su casa, copa de brandy en mano, mientras narra anécdotas a viejos amigos: con gestos lentos, sin dramatismo, enumerando personas y lugares que pueden resultar conocidos o no, pero que uno comienza a apropiarse sin dificultad. No intenta desentrañarlos, porque no hay nada que desentrañar. Tampoco hay verdades absolutas ni justificaciones, porque Ford no conoce de memoria su infancia y porque por los grises, deja pasar su literatura. En cierto modo, entiende que hay vidas y amores que solo pueden ser honrados si se acepta no comprenderlos del todo. “Si no se sabe o solo se conjetura acerca de la vida de otro, se libera esa vida para que pueda ser más de lo que en realidad es”, escribe. Y es ahí, en esa aceptación de lo incompleto, donde asoma la posibilidad de la ficción incluso en el corazón de una biografía.

 

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Leer estas historias íntimas —de las personalidades de tíos y sobrinos, de un ataque al corazón que llevará a la muerte, del padre que llega a casa los viernes a la noche tras una semana en la carretera, de las preguntas que no se hizo el niño Ford y que el adulto se siente obligado a gestionar— se siente como si alguien encendiera una vela frente a un retrato de un antepasado lejano y alguien más susurrara su vida. El padre de Ford, el viajante de productos para almidonar la ropa, figura de un Estados Unidos sin adornos, es evocado con ternura y sin excesos. “No era el tipo de hombre que se lamenta mucho o se toma la temperatura, o mira por el rabillo del ojo lo que un día fue distinto.” Ford esculpe a su padre y a un tipo humano, uno que atraviesa los días sin preguntarse demasiado, sin pedirle explicaciones al mundo, sin mirar atrás más de lo necesario: “No practicaba ninguna religión. Sé que no disfrutaba con los libros. [No era] dado a pensar que la vida era inadecuada o necesitara grandes mejoras. Carecía de grandes ambiciones”. Es, quizás, una forma de estoicismo no declarado, una ética del presente que no necesita ser formulada porque se vive, sin aspavientos, en la acción cotidiana.

En contraposición, Richard Ford, el hijo, es el que observa, el que intenta recordar con cuidado, sin caer en la trampa de las certezas. Con cada pregunta —y son muchas, y parecen obsesivas, y cada una de ellas cargadas de una retórica nostálgica— parece declarar que escribe sin intenciones de fijar lo que fue, sino para dar espacio a lo que pudo haber sido. Una especie de hospitalidad para sí mismo y para el lector. La literatura como una forma de agrandar la vida de los otros, de concederles el lujo de la ambigüedad y darles margen para seguir existiendo más allá del recuerdo.

Entre ellos no peca de grandilocuente. Es un doble retrato (el primero de su padre, escrito treinta años después que el segundo, el de su madre) que rehúye del dramatismo y encuentra en lo mínimo su verdadera hondura. ¿Pará qué los grandes gestos? ¿O para quién? “El mundo, a menudo, no nos presta atención”, dice en el epílogo. Ford invita a imaginar con él la semblanza de sus padres, como si nosotros, a la vez, estuviéramos completando lo que su memoria trae fragmentado. Así, ningún signo queda clausurado. Y la memoria no se configura archivo, sino ventana abierta.

 

Richard Ford