El autor de niño, con su padre y un primo

 

Si el autor de una novela escribiera un diario circunscrito al periodo en que ha tardado en crearla y nos contase las vicisitudes personales y literarias que le han ocurrido, tendríamos un mapa exacto de lo que ha querido hacer y su resultado. No me refiero solo a problemas de técnica literaria, errores y cambios, sino también a todo tipo de vivencias y las extrañas interconexiones que se producen entre la realidad y lo que se cuenta.

Hay casos de escritores que en sus diarios mencionaron a lo que se enfrentaron durante la elaboración de sus obras, pero yo nunca he leído ninguno tan minucioso como el de Miguel Ángel Hernández, titulado Aquí y ahora. Diario de escritura (https://bit.ly/2XTN41x) sobre su exitosa novela El dolor de los demás (https://bit.ly/2InvOfx) y muchas de cuyas entradas fueron publicadas en la web de la revista Eñe.

Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) es un escritor y crítico de arte  autor, entre otras obras de ensayo, de dos novelas anteriores: Intento de Escapada (Anagrama, 2013) y El Instante de peligro https://bit.ly/2RiCwXg En 2016 decidió escribir su tercera novela acerca de un crimen que cometió su mejor amigo de infancia. En la Nochebuena de 1995, Nicolás mató a su hermana cuando era adolescente y luego se suicidó tirándose por un barranco cerca de la pedanía murciana que vivía.

Como reconoce en el diario (y también en la novela), a Hernández le gustan las narraciones de autores como  Emmanuel Carrère o Delphine de Vigan, de cuya novela Basado en hechos reales le apasionan «las reflexiones sobre la importancia de la realidad en la ficción, sobre la necesidad que tienen los lectores de sentir que lo que leen es real, verdadero, que le ha sucedido a alguien concreto y que ese alguien, como un confidente está abriendo su alma» al lector.

Miguel Ángel Hernandez

 

Estos escritores, como sucede con MAH, pueden encuadrarse en un tipo de novela que se sirve de la propia biografía para contar una historia que junta vida y literatura. A veces se emplean estos episodios vividos para abusar de cierto exhibicionismo gratuito y falso. En otros, como ocurre en El dolor de los demás se adentran en lo personal con fuerza y sinceridad y sin dejarse en el tintero casi nada, o al menos dar esa impresión. La autoficción necesita contarse para contar y eso proporciona mayor interés a la narración, y no tanto por el hecho en sí, porque sabemos lo ocurrido desde el comienzo.

Miguel Ángel Hernández desea novelar algo que sucedió veinte años atrás. Un reto complicado porque tiene que recordar un dolor que va más allá de su relación con su amigo íntimo y que alcanza a los testigos involuntarios del crimen: familiares y vecinos.  «Escribir no era exorcizar demonios, era convocarlos», dice el autor en la novela. Al principio se ve a sí mismo como un detective que debe investigar un delito, y su novela empieza como un  thriller psicológico. Empieza a narrarnos el mundo de la huerta murciana y ese retorno al pasado implica también entenderse a sí mismo y aceptar unos orígenes que, culturalmente, se encuentran en las antípodas de lo que es él hoy día.

Pero enseguida se ve que la suya no es una investigación canónica desde la frialdad del análisis externo de un detective, sino desde el interior de lo ocurrido. La sangre del crimen  ha salpicado en todas las direcciones. No sólo pone bajo la lupa su relación con Nicolás, sino también con sus hermanos, padres, parientes y vecinos.  Lo que le rodea en esos años era casi una gran familia debido al estrecho marco geográfico y personal en que se  desenvolvían todos, además de los lazos familiares existentes en sentido estricto.

Paisaje de la huerta murciana

 

Como sabemos por el diario, el camino es arduo. Los cambios narrativos y las dificultades se suceden. Al final queda una primera persona cuando trata el presente  que rememora el pasado, y la segunda del singular para hablarnos de los momentos que siguieron al crimen.

La negativa del Guardia Civil que llevó el caso a hablar de ello y, sobretodo, la imposibilidad de acceder al sumario, proporcionan al autor la coartada perfecta para no insistir en lo que ya sabemos del asesinato en sus causas mayores. Miguel Ángel Hernández necesita comprender  a ese otro que también es el autor de un delito que hoy sería violencia de género. Y en donde la víctima, la hermana asesinada, aparece al final gracias a una fotografía familiar que sirve para narrarla y darle una visibilidad que hasta entonces ha sido episódica.

El diario pone coto final a la posible continuación de la novela, aparte de enseñarnos las distintas caras de las obsesiones del autor, como si tuviese miedo que la escritura de la novela se pudiera escapar entre sus muchas ocupaciones. También nos habla del dolor que le causa escribir la novela. Y que conlleva consigo incluso malestares físicos, pesadillas… del proceso de escritura. En  definitiva, de la vida ajena, propia y literaria.

Al final del diario nos cuenta que conoció casualmente a la juez que llevó el caso y que le ofrece lo que el secretario del juzgado le negó cuando estaba escribiéndola. Conocer el sumario. Lo que antes fue una buena excusa para no ahondar en el dolor propio y ajeno, en este caso sirve para ratificarse en la decisión anterior y considerar a su novela un libro bien terminado. Y lo es porque con su escritura ha sorteado las trampas de la autoficción y trascendido literariamente la historia de un crimen que también le sirve para preguntar si se puede amar sin perdonar o recordar con cariño a un asesino.