Pinganillos 

 

Otra brusca aparición en el mundo literario ha sido, sin lugar a dudas, la de los pinganillos, pequeños auriculares con micrófono donde tantas veces se ve el esparadrapo y que hasta donde yo sé sólo eran utilizados por los miembros de seguridad de las discotecas más exclusivas. Pero este cursi aparatejo se utiliza ya regularmente para, por ejemplo, presentar un libro en 50 metros cuadrados bajo techo –el espacio que puede adaptar la ya de por sí densa librería– cuando hasta antes de la moda no hacía falta, casi, ni elevar la voz para ser comprendido en aulas magnas con capacidades para doscientos alumnos. Que los nuevos tiempos son tecnológicos lo sabe todo el mundo. Pero lo que nadie quiere reconocer es que más que los avances técnicos es la apariencia lo que nos encamina hacia un abismo de flores. Y si no visiten un día la ópera y plantéense por qué el barítono, por mucha voz que abarque, desconoce el uso siquiera del micrófono clásico. El escritor se ha convertido en otra cosa de lo que anteriormente era. Siempre ha podido ser soberbio además de creerse importante. También los ha habido chulos y hasta violentos al hablar en público. Pero lo que no existía, al menos hasta donde yo sé, eran mindundis que salen a recitar poemas como si en realidad estuvieran homenajeando a Nacho y José María Cano, cuyos conciertos eran jaleados por sesenta mil almas en estadios abarrotados, y no por siete familiares y amigos en librerías modestas. Desconozco si alguna vez algún escritor tras la presentación de su libro, y por no utilizar el pinganillo, se quedó afónico. Pero si de verdad existiera algún caso recuerden que normalmente al escritor lo queremos por lo que escribe, no por lo que dice. Así que mejor, calladito. 

 

Stelios Karayanis

 

Literatura helena contemporánea: Stelios Karayanis/Yanis Patilis

 

Si ha existido una civilización con poder inmenso que hoy no acapara ni un breve en cualquier periódico del mundo esa es la griega. Desde que Platón dio luz a lo que hoy somos y que cada vez se deshilacha más, pasando por tantos que levantaron su pensamiento para generar no sólo conocimiento sino tendencia (Sócrates, Aristóteles, Tales de Mileto, Demócrito…), hoy observamos que no es que no exista pensador heleno, sino que es harto complejo poder leer a autores griegos contemporáneos. Y como homenaje a lo que hoy somos, que tiene todo que ver con aquella Grecia, les traigo a dos autores actuales muy interesantes que nacieron allí y que incluso uno tiene vínculos con España. En el caso del que ama nuestra cultura, recomiendo de manera encarecida los Diarios de un payaso, de Stelios Karayanis, muestra del buen hacer del escribidor embutido en un traje de clown recorriendo las calles de Sevilla como un mendigo errante.

 

Yanis Paillis

 

 

A su vez, es más que notable la antología de poemas Lo roto es más persistente de Yanis Patilis, un absoluto desconocido que escribe como sus antiguos antepasados, aquellos dioses olímpicos presididos por Zeus. Versos contundentes para echarse a pensar. Y ya de paso, relean a los clásicos, y si no le hubieran hincado el diente aún, comiencen a leerlos. Buena parte de sus dudas serán saciadas a través de sus páginas. 

 

 

Reseñas

 

Tengo que tratar este tema con cuidado, que no deseo verme involucrado en el veto absoluto del mundo literario patrio. Pero no me puedo quedar con las ganas. Resulta que, sin dedicarme a la cirugía lectora, uno lleva años detectando una nueva enfermedad: en la práctica totalidad de los libros que se reseñan se halaga a la obra e incluso al autor. Por no decir que si, por ejemplo, un columnista escribe un libro el resto de compañeros, ya sean de su medio o de otros, reseñarán su obra así como le entrevistarán como si de un masaje se tratara. Y claro, me brotan dos preguntas como dos brotes psicóticos: ¿no debería el crítico de revista o suplemento especializado, justamente hacer eso, o sea, criticar sin más una obra, llegando incluso a explicar sus defectos sin miedo al qué dirán? Y para los que llevamos 17 años fuera de España y no sólo no pertenecemos a ningún corrillo literario, sino que por mi manera de escribir me reseñan tres tipos y no siempre, ¿es que jamás medios importantes van a leer –y reseñar– de lo que yo escribo? Por esto, justamente por esto, descarto de manera habitual el leer reseñas ya que, al no encontrarme en las mismas con taras de lo leído, me dejan un sabor de boca extraño, como si aquello, en realidad, hubiera sido la devolución de un favor o el inicio de un partido de tenis: hoy yo por ti, mañana tú por mí. Por eso prácticamente sólo leo las críticas literarias y comentarios sobre el mundo editorial de Alberto Olmos en El Confidencial. Conociendo los tiempos que corren, alguno que habrá leído hasta aquí ya me habrá etiquetado. Pero a estas alturas del partido –mañana cumplo medio siglo de vida–, me da exactamente igual. Hace unos días, por ejemplo, Olmos, y bajo el título de 800 páginas: la hazaña fallida de Sara Barquinero, despiezaba la novela Los escorpiones, la cual días antes Nadal Suau, en Babelia, había tildado de colosal en una reseña que llevaba por título el siguiente: ‘Los escorpiones’ de Sara Barquinero: un derroche literario en cantidad y, sobre todo, en ambición. Como habrán podido comprobar ambas reseñas son, la una contra la otra, el día y la noche. Y uno, que exige concordancia para que el lector no se vea perdido –no todo lo que leéis, queridos críticos, puede ser notable, y mucho menos colosal–, agradece que de vez en cuando alguien con cara y ojos, y que además disecciona de manera profesional un libro de 800 páginas, publique la reseña sin estar de acuerdo en la calidad de lo recientemente leído. La libertad no existe. Es pura utopía. Pero sin crítica de verdad somos menos libres.