El buen tocapelotas imprime al balón ese roce que le proporciona un extraño efecto que despista al portero y acaba en gol gracias al imprevisto itinerario de la pelota. De esto habla “Los tocapelotas del Novecientos” del periodista y escritor italiano Giampiero Mughini que lleva por subtítulo: “Pequeña guía heterodoxa del pensamiento peligroso”. Un libro cuanto menos curioso, porque ser hincha de los nuestros, que siempre son los buenos, no tiene mérito. Lo tiene tocar las pelotas a propios y contrarios. No por espíritu de contradicción o cinismo, sino porque nadie tiene siempre la razón.

Mughini es un periodista y escritor italiano que nació en Sicilia de padre toscano, y ha escrito unos treinta y cinco libros (entre novelas, ensayos, memorias…), e innumerables artículos, y que incluso si le pagan bien no desprecia aparecer en algún programa de televisión para hablar de lo divino y lo humano.

Como muchos de su generación fue uno de esos izquierdistas teóricos que dirigía una revista de análisis y pensamiento marxista. Como nunca fue sectario, pese a que en un momento de entusiasmo juvenil pidió la pena de muerte durante un mitin para todos los ciudadanos italianos que habían militado antes de 1945 en el Partido Fascista (el de verdad, no el de los miles de millones de fascistas que han surgido luego en el mundo entero, por acusaciones cruzadas y los más peregrinos motivos que poco o nada tienen que ver con el fascismo de Mussolini). Entre los millones de italianos que militaron en ese Partido se encontraba su padre, cosa que Mughini advirtió al llegar a casa. Hay muchas formas de matar al padre simbólicamente, y a lo mejor esta era es una de ellas, aunque el padre nunca se había portado mal con el hijo y había pagado los costes de su desarrollo.  En cualquier caso, Mughini asistió al mayo del 68 parisino en primera fila como buen militante izquierdista.

 

Giampiero Mughini

 

Cuando llegaron los años de plomo italiano, comprendió que la razón no estaba de parte de los estudiantes que lanzaban cócteles molotov en contra de los policías, y que a lo mejor eran más pobres de origen que los estudiantes (algo que también advirtió Pier Paolo Pasolini). Mughini vio cosas que no le gustaron y se despidió de los suyos mediante un libro que tituló “Adiós, compañeros”. Entonces siguió a su aire, tocando un poco las pelotas a un lado y el otro, lo que le valió algunos despidos voluntarios y obligados de unos cuantos medios de para los que trabajó, bien porque no seguía la línea oficial o le censuraban sus artículos (el periodista es libre de contar lo que ve, otra cosa es cómo contarlo).  

Entenderán ustedes que gente como Giampiero Mughini es una rara avis, con una biblioteca casera que ya me gustaría a mi poseer, y una sabiduría que suma a la práctica de muchos años de escritura otros de experiencias variadas, aparte un bagaje cultural que va de la literatura al cine, pasando por el arte, la fotografía y los saberes más complejos que a veces resultan ser los más simples.

En “Los Tocapelotas del Novecientos”, asoman toda una serie de personajes del siglo pasado difíciles de catalogar, porque los recorridos de sus vidas fueron imprevisibles incluso para los suyos, o sea que metieron gol en propia puerta. Tenemos a un gran periodista italiano, Giovanni Ansaldo que hizo algunos viajes de ida y vuelta entre el fascismo y el antifascismo. O el germanista de muy buena familia Giaime Pintor  que a los veinticuatro años pisó una mina alemana cuando era partisano comunista, en 1943. El año anterior asistió por curiosidad a un congreso de escritores europeos organizado en Viena por la propaganda alemana. Y también encontramos a una de las romanas más fascinantes y hermosas que vivió en la ciudad eterna, Marina Ripa di Meana, fallecida en el 2018.

 

Mircea Eliada (izqda) y Emil Cioran (dcha)

 

Cioran y Eliade

El telón de libro se levanta en la Rumanía de los años treinta del siglo pasado. Para hacerse una somera idea del momento histórico y del paisanaje sin acudir a Google o Wikipedia, podemos recordar los horrores de la última guerra de los Balcanes y triplicarlos cuanto menos, por simple cuestión de tiempo lo mismo que durante la Edad Media era corriente despedazar al enemigo. ¿Y que se le ha perdido a Mughini en semejante muladar?

Muy fácil. Junto a la barbarie también florece la cultura y, lo mismo que ocurrió en la Edad Media, hubo grandes filósofos, pensadores y literatos. En este contexto vivieron Mircea Eliade el gran histórico de las Religiones, que se marchó a la India con veintipocos años para aprender sánscrito. A la vuelta escribió una novela de éxito sobre sus amores con una lugareña, Medianoche en Serampor (1) traducida también al español. Eliade era amigo de Emil Cioran el pensador que ha dejado una gran obra filosófica muy leída, y escrita en su mayor parte en francés, país en el que vivió tras la Segunda Guerra Mundial.

Eliade y Cioran militaron en el frente cultural del movimiento legionario de Cornelio Codreanu, la versión local del fascismo (en este caso con denominación de origen) y ciertas características propias, como una mística del sacrificio, ayuno y castidad para la rama paramilitar denominada La Guardia de Hierro. Salvando las distancias, se podría decir que su parecido actual podría ser Al Qaeda o el Estado Islámico, con la diferencia de que no empleaban explosivos y después del crimen se entregaban a la policía. El movimiento legionario consiguió grandes apoyos en un momento de grave crisis económica y política. La corrupción estaba alentada por la camarilla real, entre las que se encontraba la amante judía del rey Carlos II, Elena Lupescu. En los años veinte debido a sus escándalos fue obligado por su padre a renunciar al trono, pero a la muerte de este, Carlos II regresó a Rumanía, dinamitó el sistema de partidos e instauró una dictadura en 1938.

En el antisemitismo que entonces campeaba en especial en la Europa del Este, Rumanía se llevaba la palma junto a Polonia, por número de judíos que vivían en ambos países. Entre las grandes atrocidades cometidas en contra de la población judía, se encuentra a comienzos de la segunda Guerra Mundial, el progromo de Iaçi, donde murieron trece mil judíos. De las huellas de ese antisemitismo podemos encontrar numerosos rastros en el diario del escritor rumano de origen judío Mihail Sebastián (2), que fue amigo de Eliade. En cuanto a Cioran secundó incluso el antisemitismo en algún texto suyo escrito en los años treinta, purgado en ediciones posteriores. Otro escritor rumano de origen judío, Paul Celan, que tradujo al francés un libro de Eliade, rompió con él en 1967 porque no le contó toda la verdad de su implicación en el movimiento legionario.

 

El capitán del movimiento legionario, Cornelio Codreanu, firmando autógrafos a sus seguidores

 

La escalada represión-acción-represión creció en intensidad y ferocidad. Codreanu y varios seguidores suyos fueron estrangulados durante un falso traslado de cárcel. Muertes que se saldaron con la del primer ministro de entonces y sucesivas represalias en contra de la Guardia de Hierro. La situación del país fue empeorando hasta que Carlos II pidió apoyo al jefe del ejército, el general Antonescu, que le obligó a abdicar. El rey  y parte de la camarilla real abandonaron Rumanía en un tren con un cuantioso botín. Tras un acuerdo inicial y con la aquiescencia alemana, Antonescu exterminó en 1941 a los legionarios que le disputaban el poder.

Mughini no confunde el árbol con el bosque y sigue las vivencias de Eliade y Cioran, y lo que para ellos significó ese compromiso, pero también del rico mundo intelectual rumano de entreguerras. Ambos lamentaron sus errores de juventud, la barbarie en la que se vieron envueltos, pero mantuvieron siempre ese aire de personajes incómodos, imprevisibles, lo que se refleja en sus obras.

 

Marianne Faithfull y Anita Pallenberg

Pero vayamos hacia los soleados años sesenta, donde nos topamos con el escritor y traductor italiano Gianni Celati, (1937-2022), un anglófilo que vivió la última parte de su vida en Brighton. Catedrático de literatura anglosajona en la Universidad de Bolonia, autor de notables libros de cuentos, como Narradores en las llanuras, fue un escritor nómada que tradujo a James Joyce y Céline. También escribió los textos de importantes libros de la nueva fotografía italiana, como los de Carlo Gajani o Luigi Ghirri. De este último explicó que la fotografía “no era una fotocopia de la realidad, sino una medida geométrica y afectiva para mirar lo que había quedado fuera del encuadre, o sea, para imaginar el mundo como es”.

 

Mick Jagger y Mariannne Faithfull

 

Y que menos que contribuir a esta colección con Marianne Faithfull, la mujer que dejó plantado a Mick Jagger por la heroína, y todo aquel mundo de comienzos de los años setenta cuando los Rolling Stones, que entonces tenían veintiocho años, recalaron en la Costa Azul huyendo de los impuestos y grabaron Exile on Main Street, uno de sus discos más logrados. No puede faltar Anita Pallenberg, la pareja de Keith Richards, aunque también se acostó con Jagger y Brian Jones.  A los ojos de Mughini, Anita constituye junto a Brigitte Bardot y Kate Mosse el triunvirato de las grandes reinas de la mujer moderna.

Anita Pallenberg fue la chica del pintor italiano Mario Schifano en la Roma de los años sesenta. Fue una de esas mujeres que hacía invisibles a las demás, dice Mughini que alguien dijo. Buena definición. Y como recuerda al leer la autobiografía de Marianne Faithfull, Jagger y Richard sufrían una extraña misoginia. Por un lado adoraban las mujeres y no podían vivir sin ellas, pero por otra las temían, incluso tal vez las odiaban. Como muchos hombres de su generación, en mayor o menor medida. Sin embargo, lo políticamente correcto quiere volver a dibujar el mundo y convertirlo en lo que nunca fue ni será, escribe Mughini. Otro tocapelotas que se siente orgulloso de serlo. Gracias a ello tenemos este libro que enseña puntos de vista parecidos a ciertas razas de animales en vías de extinción.

1.Medianoche en Serampor. Mircea Eliade. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama, 1981

2. Diario (1935 – 1944) de Mihail Sebastian. Traducción de Joaquín Garrigós, 2022

 

  

 

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