Raymond Chandler (1888-1959) fue junto a Dashiell Hammett el padre de los hombres duros en la novela negra. Ya saben, historias de detectives valientes en contra de mafiosos poderosos que también era una de denuncia del capitalismo en la época de la Gran Depresión y que acompañará a estos novelistas escorados hacia la izquierda. 

Asiduo colaborador de «Black Mask» (una revista que costaba unos centavos, impresa en papel de muy mala calidad), Hammett sacó a la calle la novela negra que acabó con la novela policíaca inglesa de Agatha Christie y sus palacios aristocráticas, mayordomos sabelotodo, crímenes en la biblioteca, y detectives que descubren al culpable como si fuese una operación aritmética.

También otros escritores no estrictamente vinculados al género, como James M. Cain (El cartero siempre llama dos veces, 1934; La muerte paga dos veces, 1943), utilizan historias de crímenes comunes para fotografiar la realidad y donde el sexo y la codicia son los únicos motivos. Están los gángsters de W. R. Burnett (Little Caesar, Asphalt Jungle), y está Horace McCoy, que en su Don’t Kill Horses Like That? propuso el maratón de baile como una metáfora de la selección social despiadada.

Raymond Chandler fue el mejor escritor de esta escuela. Tenía un innegable valor literario y dentro de las coordenadas del género, realismo y violencia, en sus novelas se afirmó una figura fundamental del nuevo imaginario, el investigador privado, o Sam Spade y Philip Marlowe.

 

Raymond Chandler

 

Hombres solitarios, sin familia ni relaciones estables, los investigadores ganan unas decenas de dólares al día más gastos. Buscan a personas desaparecidas, investigan robos de objetos preciosos, a menudo se topan con crímenes e incluso se arriesgan a ser asesinados. Aunque tienen licencia y llevan armas, están mal vistos por la policía que no tolera sus intrusiones. A veces les ayuda un amigo de uniforme, pero lo mas frecuente es que los funcionarios corruptos les retengan bajo la amenaza de retirarles la licencia. Todos tienen un pequeño despacho, con su nombre esmerilado en la puerta de cristal; trabaja para ellos una secretaria, una mujer afectuosa y comprensiva igual que una madre y que alivia su soledad.

Beben mucho y pueden beber grandes cantidades de whisky. Pueden parecer los nuevos guerreros en guerra contra el reino del mal, y también revelan rasgos de noble idealismo, pero no se hacen ilusiones. Trabajan para quienes les pagan, y si al final consiguen detener a un culpable, no creen haber cambiado la sociedad. Su único punto débil es la relación con las mujeres, que son hembras deseables y astutas dispuestas a todo, salvo la secretaria.

Esencia de sexo y maldad, estas figuras femeninas constituyen un concentrado de sexo y villanía. A veces son ellas las que acuden al detective y le piden ayuda, y sólo al final el hombre, esencialmente ingenuo, descubre todos sus perversos engaños. También pertenecen a esta familia Cora y Phillis, protagonistas de El cartero siempre llama dos veces y La muerte paga dos veces, respectivamente, de James M. Cain. Son ellas las que convencen a su amante para que mate a su marido, son ellas las que tienen un plan de fuga en marcha, dejando al hombre que llevó a cabo su plan solo y con problemas.

Los detectives de Hammett y Chandler son misóginos, y en el caso de otros autores deriva en machismo, como es el caso de Mike Spillane, un buen escritor y fanático anticomunista en la América de la Guerra Fría.

 

 

Estimulados por el éxito de las novelas negras, los productores de Hollywood compraron los derechos de los principales títulos. Esto dio lugar al gran género negro de las pantallas, obras maestras en blanco y negro que tradujeron en imágenes el mundo de los investigadores privados. Pero el éxito comercial y de crítica del género se debió sobre todo a un nombre, Humphrey Bogart, que en cinco años interpretó a Sam Spade y Philip Marlowe, primero en El misterio del halcón (1941, John Huston), y luego en El gran sueño 1946 (Howard Hawks).

El eterno cigarrillo, el sombrero Borsalino, la mirada de alguien que no se fía de las apariencias, el macho que excita a las mujeres fatales pero que es capaz de resistirse a sus encantos, representa a la perfección al tipo del nuevo detective. Cuenta con la ayuda de ingeniosos directores de fotografía que exageran el contraste de luces y sombras, mientras que a su alrededor hay seductoras mujeres (Mary Astor y Lauren Bacall).  

Si muchas novelas de la escuela americana fueron llevadas a la pantalla, a menudo sus autores fueron reclutados como guionistas. Es el caso de Raymond Chandler, a quien debemos los diálogos de La llama del pecado, dirigida por Billy Wilder. Chandler era también el más cinematográfico de estos escritores: lo que cuenta, lo que mantiene atrapado al espectador, decía, no es la solución en los últimos minutos, cuando el público se está poniendo los abrigos para salir; es la trama, son los personajes revelados por sus diálogos.

En 1946, Chandler escribió el tema y el guión de La dalia azul, uno de los mejores noirs de Hollywood, que tendría una gran influencia en James Ellroy. Cinco años más tarde, llamado por Alfred Hitchcock para escribir la novela de Patricia Highsmith, Asesinato en un tren, se peleó con el director diciendo que el asunto -dos desconocidos se ponen de acuerdo para cometer un doble asesinato: uno matará a la mujer del otro, que a cambio suprimirá a su padre- era poco verosimil. Pero no se trataba sólo de una trifulca entre guionista y director (al que Chandler, alcohólico impenitente, llamaba «ese gordo cabrón»), sino que iba a ser el acto final en el cine de la Escuela de Tipos Duros: el crimen ya no era un simple arte, que obedecía al acoplamiento de «sexo y dinero». El mundo estaba cambiando, la nueva escena del crimen se trasladaba a la psique, las historias de crímenes se convierten en casos psicoanalíticos. 

 

 

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