El Palacio de Comunicaciones de Madrid en 1919

 

Paseando ayer por mi barrio vi anunciada, en una de esas columnas cilíndricas que utiliza el Ayuntamiento de Madrid para la difusión de actos institucionales y culturales, la celebración del 150 aniversario del arquitecto Antonio Palacios. En un mupi –así se llaman ahora a los soportes anunciadores– se llama la atención sobre “el programa de actividades culturales” de esta conmemoración y se reproduce sobre este lema de forma esquemática parte de la fachada principal del Palacio de Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid.

Recordé en ese momento que entre los trescientos artículos que he recuperado y recopilado de Ramón Gómez de la Serna sobre Madrid, nuestro escritor le dedicó dos a este edificio: Variaciones. El edificio de Correos ya es definitivo (La Tribuna, 7 de julio de 1919, núm. 2.789, pg. 3.) y Variaciones. El presente y el pasado (La Tribuna, 28 de abril de 1920, núm. 3.036, pg. 6) que son un prodigio de observaciones, imágenes, metáforas y relaciones que van mucho más allá de lo meramente anecdótico o descriptivo. Un ejemplo de la perspicaz prosa ramoniana en su deambular por la vida cotidiana de nuestra ciudad, Madrid.

Y, ¡ay!, también pensé no sin cierta melancolía que algún editor, particular o institucional, debiera asumir, como la voz del poeta “Del salón en el ángulo oscuro” que, en este corpus literario madrileño al que me he referido, del cronista más importante de Madrid en el siglo XX, está atesorada, como en el harpa becqueriana, la memoria y el patrimonio de nuestra ciudad: “¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, / de su dueño tal vez olvidada […] / […] esperando la mano de nieve / que sabe arrancarlas! / ¡Ay! –pensé– ¡Cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma, / y una voz, como Lázaro, espera / que le diga: “Levántate y anda!”.

He aquí, a modo de cita, sin necesidad de comentarios ni glosas, los dos artículos de Ramón. Disfrútalos, lector.      

Variaciones. El edificio de Correos ya es definitivo[1]

  Han pasado los días suficientes para que el edificio de Correos[2] tenga cierta pátina. Ya podemos hablar de él con cierta equidad y serenidad.

Lo hemos visto crecer, lo hemos visto de primera piedra, o sea, como quien dice, de niño.

Primero, cuando ya se destacaron sus formas, nos dejamos llevar un poco de la opinión ajena. Todos se metían con él. Pero aún a tiempo fuimos los primeros que     dijimos a los amigos: “No tanto”.

 

Con este edificio llegaban a Madrid oficialmente las arquitecturas inauditas, ni para Dios ni para la aristocracia pura de antes, sino un poco para el comunismo y como para señalar la cúspide de la democracia. Es esta arquitectura de tipo hibrido y razonable al mismo tiempo, la cosa de moderna y estrafalaria que, sin embargo, caracteriza a Madrid, y más que nada le caracterizará en el porvenir.

Con los edificios modernos nos indignamos. Mal hecho. Eso es ser tan ultramontanos como los hombres oscuros que abominamos. Hay que ver a esos edificios en la hora con que se abren como los girasoles, la hora en que están [      ] en pompa frente a un cielo maravilloso, la hora en que “toman” la hora de Madrid.

¿Un edificio de Correos puede ser otra cosa que eso que ha salido en este momento? Solo puede ser una cosa así, pues no se puede convertir en religión, además de que hoy es inmoral convertir nada en religión.

Poco a poco, todos fueron convenciéndose. Había noche de luna en que la luna -que le cae precisamente encima- acentuaba el edificio de un modo extraño, que se veía que iba a ser muy madrileño en el porvenir.

 Llegó la hora en que le salieron los cristales, que son ya como la dentición del edificio. Vimos el VIC que escribe la tiza en los cristales nuevos, y esperamos a que los borrasen. Todo tardaba mucho.

En los paseos contantes por el Prado iba viéndolo todo: esas columnas que tienen dos tirabuzones a los lados; esos alfiles que ahora rematan los edificios, pareciendo que la divina Providencia juega una partida de ajedrez sobre los tejados; los nombres y los números escritos con un profundo negro en las piedras nuevas, como si el edificio hubiese sido montado en otra parte antes de aquí; esa pequeña escalerita que da a una puerta que parece una cervecería, y de pronto, un día, los mástiles de la telegrafía sin hilos, que convirtieron en un gran barco, en un gran trasatlántico al edificio.

Muchas veces pensamos antes de que se inaugurase: ¿Cómo serán los buzones? ¿Por qué no se le ocurrirá a alguien pintar una serie de sellos extranjeros y raros en sus paredes? (Hubieran pintado una decoración bíblica antes. Parece que tienda a ocultar que el edificio de Correos es de Correos.) ¿El día de la inauguración se podrán echar las cartas gratis? ¿Llegarán más pronto las cartas o se retrasarán en ese cómodo edificio las que van a provincias, aunque las que vienen entusiasmadas con la idea de llegar a este edificio vendrán más pronto que nunca? ¿Podrán ser admitidas para nuevos pueblos y hasta nuevas naciones? ¿Por qué no han sacado partido como motivo decorativo para la fachada de los sellos de lacre? ¡Grandes sellos de lacre!…

Madrid, mientras tanto, se iba quedando con el edificio y dándole su parecido de padre a hijo.

 

 

Hasta que, por fin, un día se inauguró y entramos a verlo. Fue al atardecer, y se nos hizo de noche dentro. Su interior tenía aspectos contrastantes; de pronto se notaba que tenía algo de Teatro de la Música, o de “music-hall” sin música y sin espectáculo, un aire de espectáculo con el escenario desvanecido y de pronto también, la sensación de barco se acentuaba, pues por dentro hay dos puentes como entre el barco y el desembarcadero.

Subimos a la terraza, como esperando que desde ella se viese el mundo y los caminos postales. Desde tan gran altura se veía la pátina oscura que tiene el Prado; se veía el Retiro, y entre las copas de los árboles, y como sin su pedestal, a Alfonso XII, montado en su caballo sobre una colina natural; se veía el ocaso de Madrid, que nadie contempla como si todos estuviésemos de espaldas a él, y que tiene aberturas y rasgaduras enormes, como escotillas por la que escaparse desde este mundo, aberturas de la mina hacia la luz dorada; se veían terrazas frías de barrio elegante, con la ropa tendida; se veía a ese palacio cerrado con la coronilla de cinc; se veían los tiburones que hay en el fondo del agua de la Cibeles; se veía la cuesta inverosímil de la Castellana, y según frase de Romero Calvet, se veía “el sitio en que descabellar las casas”. (Ya había en esas alturas las inscripciones de que Fulanito estuvo, y se veía que lo que acabaría de inaugurar el edificio sería el que el primer suicida se tirase desde esa terraza.)

Otra vez abajo, vimos que en esos bancos irían a sentarse y calentarse durante toda la eternidad esos que están sueltos y perdidos siempre, y, entre otros, ese hombre alto de sombrero color café. Se veían muchas mujeres, unas mujeres que no se había destacado ni decidido antes, pero que ahora inaugurarán una nueva clase de aventuras más europeas.

Los empleados de Correos, con su gorrito de confianza en el cuarto de banderas, se hacían más viejos y se les veía más.

Se veían dos almanaques. Por fin, se va a saber la fecha oficialmente, pues quizás unánimemente nos hemos saltado una fecha todos.

Se veía que la adúltera entraría ahora en la catedral del adulterio. Se veía que ya todos irían más elegantes a certificar, aunque se presentía que el Estado acabará arruinándose por el gasto de calor y luz que se ha metido a hacer.

Y saliendo del interior, se veía que las cartas se tenían que perder; se veía que los coches que esperan en los patios las grandes cargas parecen estar en el patio de la estación, una estación como las de Suiza, y se veía ante los excesivos buzones, con títulos fantásticos y desorientadores, pareciendo que quería decir el que pone “Tajo” que allí se reciben cartas para el fondo del río; se veía al que levantaba el “ojil” del buzón y gritaba a los de dentro “si era por allí por donde debía echar su carta”.

 

 

***

Ya han pasado muchos días desde la inauguración. Ya está adosado al Prado, y en el pórtico que da a él han colocado los faroles más dignos del Prado que se podía imaginar.

Falta el reloj. Parece que está ya marcado de un sitio. Le daría una gran vida y entrará en una terrible competencia con el del Banco[3], riñendo como dos gallos.

También faltan las redes telegráficas, que hay aun en la calle de Postas, como una coincidencia de meridianos sobre el polo, como centro de la tela de araña nacional. Parece que los hilos telefónicos que van a pasar sobre la Central de la Puerta del Sol, en ese bello palomar de palomas atadas, también coronará el edificio. No han hecho ya el traslado, porque da miedo remover tantos miles de hilos; porque temen que se enreden para siempre; que no haya desenredador que los desenrede.

Ramón Gómez de la Serna

—foto de banco de españa reloj

Variacionnes. El presente y el pasado[4]

Cada vez resulta más definitivo el palacio de Correos, catedral de ábside y agujas quebradas. Ya todo el mundo sabe su camino y ya ha aprendido el público a mover las puertas giratorias.

El soportal de los buzones tiene ya sus faroles solemnes, magníficos, con algo fúnebre en su hechura; pero con una dignidad en su forma y en sus aplicaciones de un metal “de ocaso”, rojizo y mate, que va muy bien en el Prado. Los han puesto un poco tarde; pero se ve que merecen la tardanza, ya que se mecerán una eternidad colganderos de sus cadenas.

En ese soportal ha habido numerosas citas, y ya tienen sus abonados, los que saben defenderse de la precipitación de todo el mundo y permanecer quietos, vigilantes, gozando del ir y venir de los demás. ¡Hombres serenos y superiores! Los días de lluvia han salvado a mucha gente, que ha aprovechado el rato para echar la carta del aburrimiento por los buzones correspondientes…

En aquella precipitación de echar la carta en la calle de Carretas no había esta tranquilidad con que, gracias al soportal, se puede mirar si la dirección está bien escrita, o si el sello es de esos sellos granujas que se escapan, que se evaden.

Los pasos han desgastado ya un poco las escaleras y los pisos. La tinta ha caído ya sobre los pupitres, y en los bancos, la gente sentada ha pulimentado las esquinas, y hasta los ha hecho cómodos, y mullidos, de tanto esperar, moviéndose en ellos.

Hasta la ventanilla por donde se echan las cartas para el otro mundo la saben los que han necesitado apelar a esa comunicación.

Los numerosos pedazos de papel que deja tras de sí el correo que se abre con impaciencia, las fajas de periódicos y otros desgarramientos del papel de la correspondencia, llenan los suelos y dan un tono de vida veterana al conjunto. La gran merienda de la correspondencia –se podría decir– deja llena de papeles sucios la gran catedral, como las otras merendolas en ciertos parajes de los campos los dejan llenos de papeles grasientos.

La correspondencia del Mediodía, llega ahora antes que la del Norte, cuando antaño pasaba lo contrario. La nueva mudanza hace que los coches del Norte lleguen rendidos y tardíos.

De Gran Casino toma también aspecto ese edificio muchos ratos, Gran Casino en que se juega a las cartas.

Ahora se ve con gran claridad al que va a echar una carta al Correo, sobre todo a los que van muy de prisa o a los que llevan grandes carteras. La cosa de depósito que tiene el Correo también se nota, y por la parte del Prado se ven muchos chicos cargados con paquetes más voluminosos que pesados, y se ven también muchos biciclistas con correspondencia.

En esa gran catedral con muchos párrocos, ¿se dan cuenta ellos, como confesores, de cuál es la carta del dolor y de la alegría, la carta que debe ir antes que ninguna y la carta tonta que no debe salir nunca? ¿Se dan cuenta de cuándo acaba súbitamente una correspondencia que sostenían hacía años ella y él?

 

 

¡Qué de cartas incongruentes y estúpidas deben entrar por los buzones! Si se abriesen todas –hoy, por ejemplo– en un concurso amplio y sorprendente, no se encontraría quizás ninguna interesante. Habría que declarar desierto el premio de la pluma estilográfica de oro.

En vista de que se llevan las cartas a un edificio tan suntuoso y nuevo, todos tienen el deber de escribir cartas mejores, más profundas y elocuentes, expurgadas de los lugares comunes de las cartas.

Los valores declarados están ahora mejor guardados que nunca por el edificio de piedra y de ventanas chicas, que es la cárcel dorada del empleado.

Los matasellos han matado ya, por decirlo así, la inmaculación de sus fachadas, de las paredes, de todos los rincones. Ya no hay ni un solo trecho en que el matasellos del uso no haya impreso su huella.

Desde ese gran Banco salen cartas para puntos del globo, que antes estaban olvidados. Las más difíciles dudas se han resuelto gracias a la gran capacidad del edificio. Cartas que se encontraron en la mudanza y al levantar armarios y muebles han circulado, poniendo en circulación hasta ese resto de correspondencia que tenían casi medio siglo de retraso por la falta de condiciones del otro local. Hasta una carta de Fígaro, traspapelada en las rendijas de aquel viejo edificio, ha buscado estos días su destinatario, fallecido así, como su misma calle: la calle del Carbón.

Aun no tiene colgaduras para las grandes solemnidades, ni tampoco elementos para una gran iluminación de regocijo. Tampoco tiene aún reloj    –que tiene en “observación” el relojero todos esos años que se toman los relojeros para observar–; pero en seguida estará completo.

Vamos viendo también cosas curiosas: que las esferas que lo decoran en lo alto están vendadas como si tuviesen dolor de muelas; que esas dos escaleritas supletorias y exteriores que dan a dos puertecitas en la misma fachada parece que conducen a la cervecería alemana de Correos, etc., etc.

Sus ventanas son ventanas sin ojos. Apenas se asoman a ellas los empleados. Se ve que nadie se distrae allí dentro, porque la correspondencia del día todos los días es terrible. Sobre todo, las madames Staël escriben copiosamente. Solo algún recalcitrante espíritu fraterno del vino no puede apartar la vista del Prado y ha recibido todos los apercibimientos y amonestaciones; pero el panorama del Prado, que es como el de su eternidad, no le deja pensar en las cosas ruines. Le dejarán cesante; pero entonces se podrá sentar en los bancos del Prado, que son solo para los que se sienten cesantes de los cargos oficiales del mundo.

De noche vela, vela en grande, con tanta luz como una estación, y parece que solo admite esquelas de defunción.

Ya todo el edificio está hormigueado, y la hormiga humana no le dejará. Su destino puede hasta mejorar, y es probable que en lo futuro sea el ministerio de la Gobernación de los nuevos movimientos. Los nuevos Poderes quizá le usurpen el local en lo futuro[5]. ¡Él también usurpó el lugar de los jardines del Buen Retiro!

 

 

Cuando pienso en la roturación y desmoche del Buen Retiro, no encuentro adjetivos para juzgar al causante de aquel crimen. En el otro mundo no le tendrán en cuenta sus pecados privados, por mortales y cochinos que sean; solo le tendrán en cuenta esta expropiación.

Todo está lleno aun de nostalgia de aquellos jardines del Buen Retiro, que no puede sustituir ningún campo nuevo de recreo.

Los jardines del Buen Retiro, nombre que se dio a la huerta llama del Rey o de San Juan, tenían un aire clásico, discreto y solemne. Eran la Gioconda de los jardines, y eso, como se comprenderá, tiene que resultar inimitable.

Detrás de ello quedaban los jardines de Apolo, con lo que se ve que el despojo fue aún mayor de lo que parece. Se necesitaba un jardín puro, de graciosas ondulaciones, de elegante boscaje en sitio céntrico de la población y al lado de sus Campos Elíseos; ese era el Buen Retiro.

En algún rincón del nuevo edificio, como voz de un alma, como ese recuerdo que queda en las caracolas del mar que oyeron, se oirá un eco de aquellos espectáculos que ofreció el empresario Rossini en el Buen Retiro, con piezas a la francesa, en las que, como dice hablando de eso un cronista de la época, “el vestido, o, mejor dicho, el desnudo lo es todo”, y se oirá toda la música que se hizo en ellos y un especial murmullo de conversaciones. El que se quede dormido sobre los pupitres del trabajo, o esos que velan toda la noche en el edificio, y que deben descabezar sendos sueños, tienen que entrever en sus sueños aquellas reuniones de la buena sociedad madrileña  –que siempre es buena mientras no se demuestre lo contrario–, y tienen que sentir las muradas lánguidas de aquellas mujeres descotadas, en las que aún no resultaba falsa ni ñoña cierta inclinación de cabeza en señal de candidez… ¡Qué mujeres de treinta años con un tirabuzón sobre el desnudo cuello deben de ver en sus sueños!

¿Será por eso por lo que tiene algo de templete de la música la nave central del edificio? Un espectáculo está pidiendo realmente todo el interior de la gran basílica, y cuando al anochecer se la ve iluminada y con coches a la puerta, se sospecha que el gran concierto tiene lugar en su salón de la música, donde todos han pagado un sello de peseta para poder entrar…

Ramón Gómez de la Serna    

 

Antigua Casa de Correos

 

[1] Sin ilustración.

[2] La Antigua Casa de Correos y Telégrafos, conocido como Palacio de Comunicaciones –y popularmente como “Nuestra Señora de las Comunicaciones” por su aspecto de catedral [Pedro Montoliú Camps. Enciclopedia de Madrid. Barcelona: Editorial Planeta 2002: 410] fue obra de los arquitectos Antonio Palacios Ramilo y Joaquín Otamendi Machimbarrena. Se construyó en el solar que ocupaban los denominados Jardines del Buen Retiro. Un Real Decreto de 20 de agosto de 1904 disponía su construcción, que se llevó a cabo entre 1905 y 1918. Se inauguró el 14 de marzo de 1919.

[3] Banco de España.

[4] Ilustrado con una fotografía del Palacio de Comunicaciones y una pintura relativa a los Jardines del Buen Retiro que por su deficiente reproducción no se reconoce fácilmente.

[5] Premonitorio.