El General Primo de Rivera (en el centro y sexto por la derecha) junto a otros militares tras el desembarco de Alhucemas, en 1925, que propició el fin de la guerra del Ríf. BNE

 

  1. Las obras colectivas suelen tener mala prensa y no sin razón, porque un coro plantea unos problemas que no existen si el que canta es un solista. No siempre resulta fácil que el director (o coordinador o como se le quiera llamar) seleccione los temas que entran y los que, por razón de espacio o lo que sea, tienen que quedarse fuera. Una vez hecho ese trabajo, hay que andarse con mucho tino a la hora de lo segundo, buscar a los colaboradores, sabiendo que el competente para ocuparse de un concreto asunto puede no serlo para otro, por cercano que se pueda antojar. En fin, y para no alargar la lista de escollos, habrá que recordar las muchas veces en que el lector observa con disgusto que una misma materia se analiza en dos o más de los trabajos, en el bien entendido de que, una vez que hay solapamientos, las contradicciones acaban llegando de manera poco menos que inevitable.

Punto primero a subrayar y aplaudir, en relación con este libro: no se da ninguna de esas patologías. De los temas, que son un total de nueve (ocho capítulos más una introducción), cabe decir que están todos los que son y son todos los que están. Y lo mismo de los autores, que además se parecen haberse concertado para que nadie pise a nadie.

  1. De Miguel Primo de Rivera no puede afirmarse que alcance, en la historiografía oficial, el papel de un auténtico maudit -algo reservado entre nosotros a un Fernando VII y, no sin cierta ternura, a su padre, Carlos IV-, pero sí cabe entender, sin caer en la hipérbole, que se trata de un mal aimé, un malquerido, al modo, por ejemplo, de lo que en Francia ha terminado siendo Napoleón III, por seguir con referencias nominativas. Más incluso que otra espadones, como Espartero o incluso Narváez. En la valoración de la persona y la obra de don Miguel se han juntado una serie de coincidencias (entre otras, la de haber sido el padre de José Antonio) que no le ayudan precisamente, aunque quizá la consecuencia mayor haya consistido -hasta este 2023, año del centenario- en que no se le solía prestar la menor atención: el olvido, que para Borges es la más cruel de los tratos que se pudiera dispensar. Los (casi) seis años de su Dictadura -así llamada desde el primer momento- eran tenidos como poco menos que un paréntesis entre la restauración y la república: denostada la una e idealizada la otra, sí, pero en ambos casos con el rasgo común de haber merecido páginas y páginas: bibliotecas enteras.

El General Primo de Rivera en su despacho. BNE

 

También desde ese otro punto de vista -el del contenido- este libro supera el examen más exigente. Segundo aplauso.

  1. Lo que viene a continuación son sólo un par de comentarios específicos sobre aquello que, a juicio (todo lo subjetivo que se antoje) de quien firma estas líneas, lo merece de manera singular.
  1. La introducción -empecemos por el principio- se dedica, en páginas 9 a 25, a lo que era de esperar: “Crisis del liberalismo democrático y alternativa dictatorial (Europa y España, período de entreguerras)”.

Su autor es el propio editor del libro, Antonio Robles Egea, que recalca lo que es notorio: que lo nuestro de 1923 no constituyó un fenómeno aislado, porque “durante el período de entreguerras, un buen número de los Estados de Europa, especialmente del sur y (del) este, experimentó la más profunda de las crisis del liberalismo y de su modelo de Estado. Las ideas y estructuras políticas que sustentaban las sociedades europeas se derrumbaron ante los embates de las demandas de esos trabajadores y las reclamaciones de los grupos conservadores, o de aquellos otros partidarios de la dictadura. Dichas exigencias eran de satisfacción irrealizable por aquel estado liberal en tránsito hacia la democracia”. Cuando no era el comunismo (a partir de 1917, triunfante en Rusia), era el fascismo o similar (1922, Italia) o, en los países surgidos del colapso de los imperios en 1918-1919, los nacionalismos de toda laya, así se les adscriba convencionalmente a la derecha o a la izquierda. El autor pone sobre la mesa los casos de Hungría, Polonia, nuestro querido vecino Portugal, Grecia, Yugoslavia, Bulgaria y Rumania.

En la mayoría de las ocasiones, los nuevos regímenes se presentaban como modernizadores -era el objetivo mayor- y, en cuanto a los modos a emplear para ese propósito, como autoritarios -muchas veces, con un militar al frente: llamémosle tradición pretoriana o como queramos: la de los golpes de Estado de toda la vida-, en el sentido de confesadamente antiparlamentaria y hostiles a los partidos. Y ello aun sabiendo todos que en esos casos no podía hablarse -dicho sea con permiso de Juan José Linz, maestro al que todos veneramos- de que se hubiese alcanzado previamente algo reconocible como democracia, ni siquiera en el plano puramente externo del sufragio universal. Mal puede quebrar lo que no empezaba por existir.

Un trabajo de síntesis, que es lo más difícil de todo. Y eso que seguro que el autor fue el primero que se planteó añadir la referencia a Ataturk, porque en esos militarotes solía también emboscarse -no sólo en países de confección islámica- un empeño secularizador, palabra que en buena medida constituye un sinónimo de occidentalización o incluso (en el sentido de Max Weber, con sus conocidos estudios sobre la burocracia del modelo prusiano) racionalización.

 

El Rey Alfonso XIII y Primo de Rivera de cacería en El Escorial, en enero de 1930, días antes que el general dimitiese.

 

  1. El libro se enriquece mucho con la aportación de Roberto Villa García -discípulo de Stanley Payne, que se dice pronto-, autor de una monografía voluminosa sobre 1923 y cuyo contenido se encuentra sintetizado en su trabajo “Primo de Rivera, Alfonso XIII y el ocaso de la monarquía liberal” en apenas 40 páginas, espacio suficiente para exponer al milímetro lo sucedido el 13 de septiembre de ese año, así como los días inmediatamente anteriores y posteriores.

Villa, que siempre tiene en cuenta los sucesos de 1917 -a los que hace años dedicó otro libro- como origen de la crisis, concluye afirmando que en el inicio hubo quien quizá pensó que se abría sólo un pequeño paréntesis -la típica dictadura de un comisario, esencialmente transitoria, en el sentido de Carl Schmitt-, aunque en seguida quedó claro que “se había producido una tajante ruptura constitucional”, bien que debiéndose precisar que “aquel movimiento, más que un pronunciamiento, fue un verdadero golpe de Estado que, aun desarmado, postuló a Primo de Rivera como el recambio ineludible e incuestionable del último Gobierno constitucional”. El paso terminó resultando, sí, irreversible: en enero de 1930 terminó la Dictadura y, tras Berenguer (y Aznar), se convocaron elecciones municipales para el 12 de abril de 1931, pero el ciclo político abierto en 1876 -los modos o las costumbres constitucionales si se quiere emplear esas palabras- se había ido para no volver, como en efecto acreditó el resultado de esos comicios. La sociedad española -las mentalidades dominantes, al menos en las ciudades- había pasado a ser otra.

  1. Muy bueno resulta igualmente el estudio de Ángel Duarte Montserrat, Catedrático en Córdoba, con el título -visto a los ojos de hoy, casi políticamente incorrecto- de <<”La iniciativa ha sortit de Barcelona”: Cataluña y el golpe de Primo de Rivera>>. Las palabras del inicio –“El suspiro”- no pueden mostrarse más taxativas: <<Barcelona y Cataluña constaron, desde el mismo momento del golpe de Estado de septiembre de 1923, como geografías claves, en el establecimiento de los porqués y en la articulación de las justificaciones de este. No fueron territorios periféricos o provinciales; antes bien, el punto neurálgico de la política española del momento. Se habían ganado dicha centralidad gracias a, por simplificar, la combinatoria “cuestión territorial/cuestión social”>>.

Y es que la atmósfera de allí mostraba la ineficiencia del sistema político en lo que hace al primero de sus cometidos, el mantenimiento del orden público: “entre enero y septiembre de 1923 se contabilizaron 728 atentados y 200 atracos a mano armada” (uno de los muertos, en marzo, fue por cierto El Noi del sucre, Salvador Seguí, como bien sabe Antonio Soler). En el bien entendido además que, si el modelo estatal anhelado debía mostrarse más activo -más intervencionista, en suma-, lo habría de ser, en primer lugar, en cuanto proteccionista, palabra que, en aquella época, tenía las resonancias arancelarias que son conocidas. Luego, como es notorio, la burguesía catalana se sentiría traicionada -a la Mancomunidad de 1914 se le puso un hasta aquí en 1925-, pero de ese tipo de amores y desengaños estamos a estas alturas, casi cien años más tarde, al cabo de la calle.

 

Miguel de Unamuno

 

  1. El penúltimo de los trabajos al que se va a prestar ahora una atención monográfica es el de Manuel Menéndez Alzamora, de Alicante, con un título que promete todo: “Los intelectuales ante la Dictadura de Primo de Rivera”. El gremio se mostró, como es notorio (y suele suceder: en 1936, al empezar la guerra civil, ocurrió lo mismo, como ha explicado hasta la saciedad Andrés Trapiello), muy dividido. En un extremo -los resistentes- se situaron pocos, como Unamuno y Blasco Ibáñez; en el otro -los cortesanos, dicho sea sin ofender-, Maeztu y Azorín. Entre medio, la mayoría, con Ortega (que en ese mismo 1923, unos meses antes, había fundado la Revista de Occidente) a la cabeza. Cosa distinta es que, al igual que acaeció con los catalanes, a lo largo de los Gobiernos de Primo de Rivera mucha gente se fuese sintiendo decepcionada: tampoco al respecto hay nada nuevo bajo el sol.
  1. Para concluir, no puede faltar una referencia al análisis que el propio Antonio Robles Egea dedica a “los socialistas en la encrucijada del Golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera (intrahistoria)”. Se exponen sin ambages las actitudes (las palabras y también los hechos, incluida la vocalía en el Consejo de Estado de Francisco Largo Caballero) de los personajes, uno por uno. De Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos -los más críticos con el nuevo régimen- se pone de relieve que, lejos de representar a la mayoría, “siempre nadaron a contracorriente”. Las palabras están cargadas con plomo -haberse limitado a colaborar parece que compromete menos que si se hubiese tratado de una auténtica intervención-, pero el autor no ha incurrido en un desliz al hablar en plata y terminar afirmando con rotundidad que “las decisiones y comportamientos socialistas implicaban el reconocimiento de hecho del nuevo orden dictatorial, dando soporte a la llamada teoría de las manos sucias que se utiliza para nombrar determinadas prácticas utilitarias en la acción política, considerada de dudosa moralidad. Los socialistas vinieron a legitimar las instituciones y la legalidad de la Dictadura, proporcionándole una base social condescendiente que dio cobertura, o al menos mostró indiferencia en su comportamiento, a las decisiones de Primo de Rivera”, sin perjuicio de que en “El socialista” se publicase, tácticamente, tal o cual desahogo. Y, dado que nada es gratis y todo se rige por el principio de reciprocidad, “el movimiento socialista siguió realizando sus actividades normales en los sindicatos, agrupaciones, casas del pueblo, etc., con relativa libertad”. Y eso sin contar con el confort que genera (a babor y también a estribor) la disposición de cargos electos, y retribuidos, en corporaciones locales y también -aun siendo entonces la Administración mucho más escuálida que ahora- en tal o cual covachuela de la organización estatal.

Nihil novum sub sole, vistas las cosas cien años más tarde. O, dicho en términos del Gatopardo, algo ha tenido que cambiar para que, en el fondo, todo siga incólume. Plus ça change, plus c’est la même chose.

  1. Magnífico libro, sí señor.

 

 

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