Cuando tenía 17 años, tras terminar los estudios secundarios, hice un tour cultural con mis padres por Europa, lo que para mí era un “viaje de egresada”, algo bastante común por entonces entre las clases cultas de Argentina. La parada inicial fue la parroquia de Santo Tomé en Toledo, donde se encuentra una pintura de El Greco: El entierro del conde de Orgaz. Era la primera vez que me enfrentaba a una obra maestra cara a cara y, por tanto, lo hacía con una mirada ingenua, ignorante de su lugar en la historia del arte, así como de los elementos teológicos, sociológicos, históricos y biográficos que matizan la escena representada en los dos niveles del cuadro: el celestial y el humano. A pesar del medio siglo transcurrido, aún recuerdo con nitidez mis vivencias en aquella visita, quizás porque nunca más volvieron a producirse, ni siquiera en situaciones parecidas. Desde un principio me sentí atraída por la zona media del cuadro debido al contraste del negro con el blanco en las ropas o a las caras iluminadas de los caballeros con expresiones diversas y las cabezas en posiciones distintas. Desde esa línea que divide la pintura en dos planos, me conmovió la mirada hacia el frente de uno de esos hombres que parecía interpelarme y me atrapaba hipnóticamente forzándome a dirigir mi vista a través de las diferentes manos hacia la figura del muerto, quien, en un escorzo inverosímil, aparentaba estar siendo arrojado fuera del cuadro contra mí por dos personajes envueltos en vistosas vestiduras doradas. Finalmente, el movimiento concluía por deshacerse hacia arriba volatizándose en un mundo espiritual. Como si hubiese contemplado a la mítica Medusa, quedé petrificada sin poder apartar los ojos de aquel anzuelo que me arrastraba hacia el cielo. Apenas podía moverme y el corazón me latía intensamente. Al percatarse de mi estado, dos personas se ofrecieron a ayudarme para salir apoyada en sus brazos.

Ocho años más tarde, me enteraba de que la psiquiatra Graziella Magherini, tras recolectar los testimonios de unos cien turistas atendidos en Florencia con síntomas similares después de visitar la Galería de los Uffizzi, había publicado un libro titulado El síndrome de Stendhal. El malestar del viajero frente a la grandeza del arte. Lo que es efecto de un tipo de belleza lograda mediante recursos muy bien orquestados adquiría así una etiqueta y se generalizaba para terminar formando parte de la jerga habitual de psicólogos, estetas y todos aquellos que se sienten profundamente sensibles. Para una sociedad excéntrica y enferma hasta la médula, una experiencia normal se había convertido en un trastorno consistente en una descompensación mental aguda provocada por la exposición ante obras de arte extremadamente hermosas. En otras palabras, se había patologizado el arte, porque el síndrome describía el colapso producido por el exceso de belleza. A partir de allí, la historia se fue agrandando con alguna película policíaca y de terror, así como con innumerables referencias insustanciales.

 

 

Pero volvamos al origen. Margherine creó esta expresión a partir de cierto relato de Stendhal inspirándose en sus diarios de viaje por Roma, Nápoles y Florencia, escritos en 1817, especialmente en las impresiones recibidas durante la visita a esta última ciudad, donde dice:

“Las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que haya dado la pintura. Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas en las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón, eso que en Berlín llaman nervios. La vida se me agotaba, andaba con miedo a caerme. Me senté en un banco de la plaza de Santa Croce, leí con placer estos versos de Foscolo que tenía en la cartera, no veía los fallos, necesitaba la voz de un amigo compartiendo mi emoción: Io quando il monumento vidi ove possa …”

Es interesante observar que Stendhal se refiere en este pasaje a un tipo de belleza especial, la que se capta en el sentimiento de lo sublime, y que para un romántico como él precisamente constituye el modelo de la auténtica experiencia estética. Lo sublime, según fue descrito por Kant en su Crítica del Juicio, es la emoción que surge ante lo infinito, cuando nuestra imaginación se encuentra excedida por la magnitud del objeto que se le presenta y se ve incapacitada para abarcarlo a través de los sentidos. Puede aparecer, por ejemplo, ante una serie sin término siempre creciente, como la que suponemos al contemplar el cielo estrellado, o ante una fuerza descomunal que amenaza con aplastarnos, como cuando arrecia una gran tormenta en medio de la agitación del mar. Es evidente que tal sentimiento sólo surge si no tenemos que luchar por salvar nuestra vida y estamos protegidos, pero ello no evita que en esta clase de fenómeno se produzca a la vez atracción y repulsión. Por un lado, eso totalmente distinto e inabarcable nos fascina; por otra, nos repele debido a que le tememos. Justamente ésas son las dos características que Rudoph Otto otorgó al fenómeno de lo numinoso, de la captación de lo divino, al que definió como misterium fascinans y misterium tremendum. Es la convergencia de estos dos impulsos opuestos lo que hace que lo sublime derive fácilmente hacia lo siniestro (Unheimlich), una categoría estética que creó el romanticismo gracias a Schelling, con la cual bautizó ese malestar e incomodidad provocados cuando lo que debió permanecer oculto se desvela. Bajo el rótulo de lo ominoso el concepto terminó anclando en el psicoanálisis de Freud para describir a aquello que era familiar y de pronto se vuelve extraño.

 

Stendhal (Henri Beyle) (Grenoble, 1783 – París, 1842)

 

Si ahora situamos la experiencia de Stendhal en su contexto, se observa que acababa de ver pintura religiosa, aquella que muestra otras dimensiones, el mundo eterno del más allá. Eran los frescos de la cúpula y las paredes de la iglesia de Santa Croce realizados por Franceschini, de los cuales menciona expresamente las figuras de las Sibilas, esas vírgenes devotas de Apolo que, cuando entraban en éxtasis, cambiaban el timbre de su voz y proferían predicciones oscuras y ambivalentes, consideradas oráculos divinos. De la sacerdotisa cumana, la más importante de Italia y una de las representadas por el Volterrano, se contaban muchas leyendas. La más conocida es que Apolo la amaba y, por eso, le había prometido concederle el primer deseo que le manifestase. Ella le pidió una larga vida, aunque olvidó solicitarle al mismo tiempo la juventud. El dios se la ofreció a cambio de su virginidad, pero ella rehusó. Así a medida que envejecía, iba reduciéndose en tamaño y volviéndose más seca, hasta que terminó pareciendo una cigarra y la encerraron en una jaula, colgándola en el templo de Cumas. Los niños le preguntaban: “Sibila, ¿qué quieres?”. Y ella, cansada de vivir respondía: “Quiero morir”. Está claro que las pinturas que contempló Stendhal encerraban historias tenebrosas y paradójicas que conectan con secretos velados a los humanos como la muerte, el transcurrir del tiempo o el envejecimiento. Por si hubiese dudas, también se refiere a su paso en Santa Croce por las casi 300 tumbas de algunos de los más célebres personajes de Florencia, entre los cuales se encuentran Miguel Ángel, Galileo o Maquiavelo. La cuestión de la muerte, cuyo miedo es el más radical de todos porque se trata de un trance inevitable e incomprensible racionalmente, vuelve a aparecer en la lectura de los versos de Los sepulcros de Ugo Foscolo, que cierran el texto que sirvió para perfilar el síndrome de Stendhal. Por cierto, la misma temática que en El entierro del conde de Orgaz.

Como muestra de lo siniestro en la literatura, concluyamos con unos versos de Borges en su poema Everness:

Ya todo está. Los miles de reflejos

que entre los dos crepúsculos del día

tu rostro fue dejando en los espejos

y los que irá dejando todavía.

 

 

 

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