A estas alturas confieso que los términos que se ponen de moda hoy día pecan, por decir algo clemente, de confusos. Dejemos de lado la razón de que bipolar le haya ganado la partida a altibajo, que es palabra que significa lo mismo pero es mucho más precisa en castellano, y comentemos la tan querida palabra “equidistante” que amenaza por su profusión exclamada por miles de políticos y periodistas, sectores que crean tendencia, a perder su significado original para constituirse en un guirigay semántico, como pasó hace años con la palabra “talante”.

A igual distancia. Parece que la cosa comenzó por ahí y se aplicó en principio a alguien que entendía las razones del Gobierno español para aplicar la legislación vigente ante el canto del gallo independentista de la Cataluña del procéscomo las razones que llevaban a un pueblo a sentirse nacionalista. Es, por otro lado, normal que la palabra “equidistante” tenga en España un significado un tanto bochornoso porque no hay que olvidar que, cainitas por definición avalado por nuestro pasado histórico, al igual que los italianos son “pasteleros” desde los tiempos del Renacimiento en que un condottiero no entraba en guerra sino tenía todas las de ganar, otra cosa es que calculase mal, porque somos binarios por cultura y tradición y el gris, color que es del que se compone la vida, nos es un poco ajeno porque nos parece color de clase media, color que no alcanza el blanco del Paraíso ni el negro del Infierno y se refugia en definitiva en lo que consiste la vida cotidiana. En el fondo tenemos un subconsciente guerrero con un pasado de muertos de hambre. Por eso hablamos tanto del honor y de la honra. Como los hijos del desierto.

Recuerdo aún cuando en mi juventud, ante la disyuntiva que se me planteaba, o Beatles o Rolling Stones, se me acusaba de pancista porque prefería a los dos. Aquello era imperdonable, al igual que le sucedió a mi abuelo porque le gustaban Joselito y Belmonte, y eso era algo peor que imperdonable, era no entender de toros, cosa que no le sucedió a mi abuela porque siempre se decantó por Joselito, supongo que por convicción aunque nunca se sabe. Aquello de pancista me alertó sobre lo que podía esperarme en un futuro, casi toda una vida en aquel entonces, en un país que tiene entre los símbolos más emblemáticos de su cultura, y con razón, aquel cuadro de Goya donde dos semienterrados se matan a garrotazos, garrote no bastón, y, así, entre grisuras de la vida real y reproches porque a uno siempre le ha movido la curiosidad y, por tanto, la comprensión, y entendí, cuando vi la película La Kermesse heroique por qué le gustaba tanto a Hitler y a todos los militares de la Werhmarcht de tradición prusiana: la película era un canto al héroe, representados por unos guapos hidalgos o facinerosos elementos, según se los imaginasen las esposas de los burgueses de la ciudad o los burgueses de la misma, y, claro, dentro de la parafernalia nazi, esa defensa de las tropas de Alba en contra de los seguidores de Egmont, hablo en metáfora, les parecía  la justa correspondencia en los tiempos del Barroco de lo que ellos querían conseguir en el siglo XX , inaugurando un Tercer Milenio que por suerte no llegó a los quince años. Pues bien, he oído algo más que reproches ante la defensa de esa película, estupenda, divertida, simplemente porque alguien había escuchado que le gustaba a Hitler. Éste representa un poco más que Stalin, porque aún existe una izquierda radical y no es cuestión de zaherirla, la figura del Diablo medieval trasplantada a tiempos posmodernos, los de la corrección política y el nuevo puritanismo, que recuerda un tanto a los primeros cristianos en Roma, antes de que esa religión se impregnara de los conceptos ilustrados de la cultura griega.

Así, “equidistante”, palabra que muchos pronuncian al modo de una varita mágica para dilucidar posturas y que, curiosamente, lo único que hacen es añadir más oscuridad al asunto. Por lo menos la ventaja que poseían antiguos vocablos como pancista es que definían algo concreto, al igual que colaboracionista. Pero como ahora el vocabulario tiende a restringirse, cosa que entendió ya en los años veinte un enorme y muy golfo escritor como Simenon que no empleaba más de 2000 palabras en sus novelas, lo que las hacía populares hasta el punto de ser el autor más vendido en el siglo XX, y, por tanto, a limar detalles englobando estos en un concepto mayor y, por lo tanto, más elástico y, por lo tanto, más confuso por ambiguo, la palabra equidistante se emplea lo mismo para decantarse por un tirio que por un troyano, pero ya Eneas salió  pitando de Cartago, dejando a una inconsolable Circe, para, más allá d ella equidistancia, fundar Roma. Es de imaginar que el mundo salió ganando.

 

 

Ahora, cuando uno se pronuncia intentando comprender posturas aparentemente antagónicas es llamado “equidistante”, pero tengamos en cuenta que esa palabra está dicha en términos peyorativos, es decir, para un tipo de extrema izquierda es casi como reprocharte cierta tibieza que es paso previo a la palabra “facha”. Al contrario, si se trata de algún miembro proclive a la nueva extrema derecha, “equidistante” puede ser el sinónimo de reprocharte cierta tibieza de socialdemócrata que es paso previo a la palabra comunista, aunque muchos preferirían la palabra “rojo” pero no lo dicen por aquello de la corrección política. Ellos, tan incorrectos.

Tenemos, pues, una palabra que en realidad no dice nada, o muy poco.  André Gide no quiso ir a América, aunque procuraba que Jacques Schifrin le editase en Nueva York las Interviews imaginaires y prefirió quedarse en Vichy porque sus obras estaban a punto de ser de nuevo publicadas. Luego, ¿cuándo se marchó a Túnez, presionado por los partidarios de Leon Daudet por homosexual y porque según ellos la decadencia de Francia se apoyaba en tres factores, el capital financiero, los judíos y los escritos de André Gide y Jean Cocteau que habían llevado a la juventud al pasotismo, como diríamos ahora, era equidistante o no? ¿Cuándo Jean Cocteau asistía a las soirées de Arno Brecker y le comentaba a Marcel Ayme, que en el París ocupado no se vivía mal si no fuera por la falta de opio, era equidistante o no? ¿Cuándo un joven Jean Paul Sartre estrenó en el París ocupado Huis Clos y no pudo dormir el día anterior pensando si en medio de la representación se apagaba la luz, cosa frecuente en esos tiempos de apagones, era equidistante o no? ¿Cuándo Picasso, en el París ocupado, le decía a Ernst Jünger que si por ellos fuera la paz se hubiese firmado en ese momento, era equidistante o no? ¿Cuándo Manuel Azaña criticaba a los miembros de su gabinete en la guerra civil, al igual que a los militares rebeldes, era equidistante o no?…

Ante la avalancha de ejemplos que se me ocurren paro aquí. Lo de los quirúrgicos está más claro: son los que proponen soluciones radicales, precisas, contundentes, llevadas a cabo sin miramientos y todo ello en favor de ese Ente Superior que nos espera en el futuro… no sé quién puede ser equidistante pero si quirúrgico porque quizá la palabra no ha sido utilizada todavía por políticos y periodistas… Ahí se encuentra Robespierre, ahí se encuentra Trotsky, ahí se encuentra Lenin, ahí se encuentra Stalin, claro, Hitler, Goebbles, cómo no, Mao, Trujillo y Castro… Ante la avalancha de ejemplos paro aquí, también, no sin antes recordar que si he citado a escritores en los llamados equidistantes debería hacer lo propio con los que han sido calificados de quirúrgicos: ¿era quirúrgico Drieu La Rochelle cuando aceptó dirigir la NRF durante la ocupación? ¿Lo fue Brasillach o sólo de boquilla, al igual que Louis Ferdinand Céline o Ezra Pound? Y no hablo de nosotros porque ya sabemos que es el país de los garrotazos.

Esa polémica, inventada pero más real de lo que muchos suponen, entre equidistantes y quirúrgicos, amenaza en un futuro no muy lejano en convertirse en algo similar en otros ámbitos a la polémica entre los antiguos y los modernos.

Por si acaso, ahora más que equidistarme, me oculto. Hasta otra ocasión.