LUIS DE LEÓN BARGA

 

 

(Foto de  Mondelo)

Como animal relegado a la categoría de símbolo, el burro es prisionero de la mala fama que arrastra desde hace siglos. En la web y las redes sociales hay infinitos artículos, fotos y comentarios sobre todo tipo de animales, en especial si son domésticos como perros y gatos. Salvo pocas excepciones, son elogiosos. Lo que no sucede con el burro, aunque sólo sea porque está asociado a un montón de epítetos negativos.
Leyendo Hermano asno de Eliseo García Nieto y viendo las hermosas fotografías de Mondelo, te sorprende la amplia presencia del asno en la historia de la literatura. Desde El asno de oro de Apuleyo, donde un joven a causa de un maleficio es transformado en asno y sufre el maltrato de los amos, hasta Rebelión en la granja de George Orwell, en la que el burro Benjamín representa a la clase intelectual manipulada por el cerdo Napoleón.
También en la literatura española son varias las obras que tienen entre sus protagonistas al burro. Sin ir más lejos el Quijote de Miguel de Cervantes, no sería lo mismo sin Sancho Panza montado en su burro «Rucio». O Juan Ramón Jiménez con Platero y yo donde el burro Platero es visto con simpatía y comprensión. Un libro de cuya estructura cíclica bebe “Hermano asno”.
En general prevalece el símbolo del burro como ejemplo del ignorante perfecto o cosas peores. Así tenemos el Sueño de una noche de verano de Shakespeare o la fábula del burro flautista de Iriarte. O Pinocho, donde los niños que visitan la isla de los juegos se convierten en asnos por dejar de  estudiar.
Peter Brueghel. El asno en la escuela
Pero en Hermano asno no solo se habla de literatura sino también de mitos, sociología, física, medicina… Es por eso que este libro viene a rellenar un hueco que hacía falta (conocimiento) y pone las cosas en su sitio (defiende a quien no puede hacerlo por sí mismo). Cabe decir que los autores han conseguido pergeñar una enciclopedia acerca del asno desde los orígenes hasta ahora, tocando todos los aspectos. Pero como periodistas han sabido dar ligereza e interés a este volumen bellamente editado.
Un libro necesario y ameno y que si bien se titula Hermano asno, podría haberlo sido querido asno porque se nota que el sujeto de este trabajo está tratado con un cariño merecido. Así seguimos la larga historia del burro, pareja a la de la humanidad, con paradas en innumerables lugares y sucesos hasta llegar a un presente donde la despoblación del interior de España y la maquinaria agrícola ha puesto la supervivencia del burro más difícil.
Al final de la lectura nos queda la sensación de que muchas de las desgracias del eterno segundón del caballo tienen que ver con que el insulto que le acompaña por excelencia, hunde sus raíces en el desprecio hacia el pobre, que además de emplear el burro para su trabajo no solía ser una persona muy ilustrada. Ya en la fábulas de Esopo el burro representa a los humildes en situaciones diversas.
Desconozco si este libro servirá para rehabilitar y ayudar al futuro del asno, un animal que a diferencia del cerdo, otra víctima de la difamación permamente, no tiene la “suerte” de ser comestible. Ya sabemos que una de las reglas que existen para sobrevivir es la de ser útil.
Eliseo García Nieto y Mondelo han recorrido España para documentarse in situ sobre la situación pasada y presente del asno, pero también han hecho acopio de una ingente documentación. Un trabajo de años que merece ser reconocido porque aparte la calidad e interés del texto y la belleza de las fotos, defiende una causa no sé si perdida pero desde luego justa. Solo por eso merece la pena ser leído este libro. Larga vida al hermano asno.
Preguntamos al autor, Eliseo García Nieto, como surgió la idea de este libro y otros asuntos colaterales.

 

 

 

 

Mondelo, el sacerdote del que se habla abajo y Eliseo García Nieto.
¿Qué despertó tu interés por el asno y cómo surgió la idea de este libro con Mondelo?
Suelo contarlo y supongo que habrá quien lo tome a broma, pero es cierto por completo: mi primer amor de verano fue una burra. Se llamaba Platera y era de mis abuelos en Castro de Fuentidueña, un pueblo segoviano. Nada más terminar de comer, salía disparado hacia la cuadra con un pedazo de pan, que ella se zampaba moviendo las orejas mientras yo le cantaba a capella la canción de aquel verano: “El gato que está triste y azul”, de Roberto Carlos. Aquel primer contacto con la especie me descubrió en los asnos algo indefinible, cercano y entrañable, casi familiar. Se mezclaba ese vínculo puramente animal con sentimientos muy humanos, como la compasión que despertaba verlos trabajar, siempre en las labores más duras, siempre sin descanso y además con frecuencia maltratados, de palabra y con palo. La impotencia ante tamaña injusticia no hizo más que reforzar mi apego a los borricos. Con los años, esa simpatía nunca se extinguió, pese a vivir en Madrid, y cada vez que en un viaje veía alguno, experimentaba una alegría similar al reencuentro con un amigo. Un amigo al que cada vez me costaba más ver, y del que poco después empecé a leer que escaseaba tanto que ya estaba rozando la extinción. Eso reavivó la rabia que sentía de niño ante el desprecio que sufrían los asnos, y a la vez me removió la conciencia. Me hizo sentir que le debía algo a ese animal. Cuando tiempo después me despedí de la agencia Efe, ambicionaba dedicarme a un reportaje amplio y exhaustivo, y recordé mi deuda con los burros. Me acordé también de que, en una ocasión, tomando un café con Mondelo, nos pusimos, no sé cómo, a hablar de borricos y descubrí que también él tenía muy vivos recuerdos y sentimientos similares a los míos. En esa breve conversación casual, a la que entonces no di importancia ninguna, se plantó la semilla que crecería años después y acabaría fructificando en un libro con 560 páginas, dos centenares de fotos excepcionales y más de setecientas referencias documentales.
En general, ¿a qué debe la mala fama del asno?
Hay antropólogos y estudiosos que han trazado el origen del desprecio al asno hasta el Egipto faraónico, tan dado a encarnar en animales las fuerzas de la naturaleza y el poder. Los egipcios acabaron identificando al burro con el destructivo dios Set y con los invasores persas, que profanaron el santuario de la deidad solar Apis. Por eso, los asnos, pese a ser indispensables para la economía, pasaron a ser demonizados y maltratados de modo ritual en ese país. Es muy probable que el contacto entre las culturas egipcia y helena hiciera extensivo ese desprecio a Occidente. Por ejemplo, el mayor monstruo de la mitología griega, Tifón, era descrito con cabeza de asno.
A todo ese sustrato cultural arcaico se suma el más puro y simple clasismo: el burro siempre ha sido montura de las clases bajas, mientras que gobernantes, ricos y guerreros cabalgaban en caballo. El aire distinguido que siempre se le ha conferido al caballo viene de ahí, igual que la rudeza y tosquedad que se atribuyen al burro. La consideración del asno como animal estúpido tiene el mismo origen clasista. Según quienes tienen caballos y burros, no hay discusión alguna sobre que un asno da sopas con honda a cualquier caballo, y a muchísimos otros animales, en toda prueba de inteligencia a la que se les someta. En el desprecio al burro hay mucho de menosprecio al trabajador fiel y manso, del que se considera que tiene que esforzarse duro para ganarse el sustento porque no da para más, porque no es tan listo como para vivir del esfuerzo ajeno. Y en el maltrato del dueño del burro a su animal hay mucho de autodesprecio. De aversión a reconocerse trabajador sin posibilidad de dejar de serlo. Como si ser trabajador fuese un desdoro.
Pascual Rovira García, fundador de la Asociación para la Defensa del Burro de Ruta (Córdoba)
Ahondando un poco en lo mismo ¿Por qué el asno en algunas religiones es visto como algo sombrío e inquietante y en otras fue divinizado o símbolo de conocimiento iniciático?
Porque asnos y personas, aparte de compartir durante siglos trabajo y techo, comparten la insólita condición de ser los únicos animales con dualidad simbólica, al menos en Occidente. En ese simbolismo, patente en el fabulario, el refranero y los cuentos, casi todos los animales encarnan una condición humana: la zorra es astuta, el león es poderoso, el lobo es feroz, el cordero es manso… Pero el burro tiene la singularidad de que es capaz de encarnar condiciones diversas y contradictorias: la estupidez, la terquedad y la lujuria, pero también la mansedumbre, la dulzura y la sencillez.
Sólo el hombre comparte con el jumento esa ambigüedad bipolar, esa capacidad de ser referente de lo mejor y lo peor. Eso viene, en buena parte, de un detalle fisiológico: el burro macho tiene una verga gigantesca, y cuando está en celo lo manifiesta a rebuzno limpio y con enorme agresividad. De esa virilidad desbordante viene que los cristianos consideren al asno símbolo de lujuria, pero también que los egipcios, durante siglos, lo identificaran con el Sol, máxima divinidad del panteón faraónico siempre, lo que no impidió que tiempo después acabase siendo encarnación del mal, por motivos políticos de los que ya hemos hablado. Los griegos asumieron esa dualidad también, enfrentando al burro con Príapo, dios de la fecundidad, representado siempre con una voluminosa erección. Por disputas mitológicas sobre quién la tenía más larga, a lo que se unió que un rebuzno a tiempo despertó a la virginal diosa Vesta cuando Príapo estaba a punto de violarla, los seguidores del dios sacrificaban asnos, mientras que las sacerdotisas vestales honraban al animal. También se usó al asno para demonizar a los judíos. Primero lo hicieron los romanos, que les acusaban de adorar burros en sus templos, y luego los cristianos, que identificaron simbólicamente a la fe hebrea con el asno que, según los evangelios, montó Jesús a su entrada en Jerusalén. Menos simbólicamente, se consideraba popularmente en el medievo que hay que ser burro para no darse cuenta de que tienes delante a dios, como les pasó a los judíos. Ese es también uno de los motivos de que el camino a la hoguera inquisitorial se hiciese a lomos de asno.
¿La leche de burra tiene efectos benéficos para la piel?
Sí, contiene ácidos grasos esenciales y otras sustancias que no sólo son buenas para la piel, sino también a efectos alimentarios. Está documentado históricamente que la emperatriz romana Popea, esposa de Nerón, se daba baños de leche de burra para acrecentar su belleza, y durante siglos se siguió usando como cosmético. La que nunca lo utilizó, que se sepa, fue la faraona Cleopatra, por mucho que insista el cine en mostrarla dándose baños lácteos. En Bélgica, Francia, Italia y México se está trabajando desde hace años a escala industrial para explotar la leche de burra,  como cosmético y alimento, y puede que esa sea una salida para el asno, que o encuentra un empleo, o acabará como el lince. En España algo se está haciendo en ese sentido, pero poco y a escala artesanal.
Sostienes que el destino del burro es en algún modo paralelo al del hombre. ¿Por qué?
Siempre lo ha sido, al menos en las latitudes donde ambos han coincidido. La domesticación del asno en Asia y África fue la clave decisiva que permitió el paso de las sociedades recolectoras y cazadoras a las basadas en la agricultura y la ganadería, según demuestran hallazgos como el de unos esqueletos de burros de hace 5.000 años en la ciudad egipcia de Abydos. Las primeras civilizaciones fueron posibles gracias al asno, que asumió las tareas mecánicas más duras y posibilitó el transporte de mercancías y la construcción a gran escala. Donde no existía, como en América, hubo que importarlo. En todo el mundo, el burro ha sido durante siglos para las familias más pobres la herramienta básica. El compañero de trabajo que significaba la diferencia entre comer o pasar hambre, entre vivir o morir.
Porque el burro no sólo es quien ara la tierra, hace que gire la noria del agua y luego la acarrea y quien lleva los productos al mercado, sino también quien carga los niños a la escuela y transporta a la parturienta y al enfermo. Donde no hay mecanización, el burro es indispensable por todo eso, además de engendrar mulas, que ha sido su utilidad más comercial durante siglos. Y es trágico que en muchos países de África y América las familias estén desollando sus burros para vender la piel a mercaderes chinos que la usan para extraer una gelatina aplicada en medicina tradicional. Una medicina tradicional que es pura superstición y supercherías, pero que entre los cada vez más ricos chinos es un signo de estatus. A la vez, para el cada vez más pobre agricultor africano o centroamericano, es una inyección rápida de dinero que también le permite algún capricho, pero a cambio de ceder una herramienta insustituible. Así ha sido siempre la relación entre naciones ricas y pobres, y las que hasta hace bien poco estaban entre las segundas parecen no haber aprendido nada, lo cual puede acabar con el planeta antes de lo que creemos. Mientras, en los países más industrializados, donde la mecanización agraria ya convirtió al burro en una rara avis, ahora los trabajadores vamos camino de ser los nuevos asnos, merced a la robotización. Porque si el burro era insustituible hasta que apareció el tractor, ¿qué nos hace pensar que nuestro destino como trabajadores humanos será distinto, cuando esté funcionando una máquina que salga más barata que nuestro sueldo?
Asno en campo de amapolas. Foto de Mondelo
¿Cuál es la mayor similitud entre este equino y el hombre?
Hay dos tipos de animales: los que comparten vida con el hombre y los que no. Dentro de los primeros, otra diferenciación: los que comparten techo y los que no. Y aun dentro de los primeros, otra más: los que tienen nombre y los que no. El burro ha compartido con nosotros vida y techo y le hemos dado nombre, lo que lo ha convertido en miembro de la familia, como el perro, el caballo o el gato. Y ha compartido algo que ellos tres posiblemente no han hecho, o no tanto: todo el esfuerzo de trabajar para ganar el sustento. Quizás por eso, porque no sólo es una mascota, sino un compañero con el que se trabaja codo a codo, el burro es mucho más que un animal doméstico, y cuando le falta el empleo, no sabemos qué hacer con él, como con los ancianos
¿Quiénes suelen ser mas burros, los dueños o los animales?
Los asnos son animales y, por tanto, su comportamiento está exento de toda moral. Somos los humanos, animales simbólicos, que siempre andamos buscando rostros humanos en todas las figuras que vemos y gestos humanos en los animales, quienes tenemos la necesidad de adjudicarles a las bestias comportamientos conscientes y conductas morales que son sólo competencia nuestra.
En tus viajes a los largo de la geografía española durante cinco años con Mondelo para documentarte sobre este libro, ¿cuál fue la anécdota mas divertida que os ocurrió? ¿Y la más triste?
La más divertida, posiblemente, fue descubrir que hay en Cebolla (Toledo) un burro que caza conejos, quizás porque ha aprendido de unos galgos con los que comparte parcela. No se come los conejos, pero los mata con los cascos tras arrinconarlos. Planeamos hacer fotos con él a un cura de 101 años, que en principio era reacio a moverse de la casa sacerdotal talaverana en la que estaba, pero cuando le dijimos las habilidades del burro, corrió al coche para subirse a ver tal portento. Acabamos la tarde tomando café con el sacerdote y sus hermanas, que vivían con él. Una de ellas tenía 103 años y la menor, que había superado los 90, atendía a los demás, que la llamaban “la peque”, claro.
También fue muy especial la entrevista a un pastor guipuzcoano que perdió el uso de las piernas de niño y lleva casi setenta años pastoreando solo en el monte, gracias a burros con los que ha establecido una relación tan estrecha que juntos son prácticamente un solo ser, un onocentauro. Este hombre nos pastoreó en toda regla y hasta que no nos dejó claro quién dirigía el rebaño, no hubo manera de sacarle una palabra. Una vez asumimos nuestra ovina condición -lo que como españoles y periodistas tampoco nos costó mucho-, fue todo como la seda. Lo triste era escucharle decir que pronto llegaría el año en que no pudieran subir, ni él ni su burro, a recorrer esos montes. Y saber que, cuando eso ocurra, si es que no ha ocurrido ya, se habrá perdido para siempre un trozo de historia viva. Una sensación que tuvimos con muchos de los entrevistados de más edad, alguno de los cuales ha fallecido ya, al igual que sus animales. No es el caso de nuestro sacerdote talaverano, al que con casi 104 años tuvimos ocasión de llevarle el libro. Ver su cara de felicidad es algo que compensa todos los esfuerzos por sacar el libro.
¿La extinción del burro está vinculada  al desarrollo de la maquinaria agrícola o la despoblación de las zonas rurales de España?
A ambas cosas. En los lugares donde no puede usarse maquinaria por lo intrincado del terreno o los cultivos, como Moros (Zaragoza) o Villalcampo (Zamora), se han seguido usando burros, pero el avance de la despoblación hace que también allí se esté perdiendo. Lógicamente, no se puede pedir a los agricultores que renuncien a los avances que facilitan y optimizan su labor, pero sí que sería deseable que se generase utilidad para el burro que permitiese mantener su población. Eso se ha conseguido, por ejemplo, en Peñalsordo (Badajoz), donde el uso de burros engalanados para desfilar durante la fiesta local ha hecho que se tenga al animal, aunque sólo sea para eso.
La burra Platerilla en el cementerio de Moguer. Foto de Mondelo
¿Qué diferencias encuentras entre Rucius, el burro de Sanchez Panza y Platero?
Casi ninguna. Ambos son símbolos de la condición humana de sus dueños y ambos son los burros más famosos de la literatura universal. Quizás la mayor diferencia sea que el de Juan Ramón es el burro más famoso con nombre y el de Sancho es tan famoso como anónimo, aunque los anglosajones se empeñen en ponerle nombre en sus traducciones del libro.
¿Como habéis conseguido hacer un formato manejable con tanta foto y texto?
Bueno, manejable hasta cierto punto, porque es un libro hecho a ritmo asnal, con lentitud y paso firme, y que está escrito y hecho a propósito para leerlo también con calma. Es un reportaje periodístico, con lo que su objetivo esencial es entretener a la par que informa. Para eso, ha sido fundamental la maquetación de Iván Mezcua, que ha situado cada foto o dibujo en el lugar exacto para que tenga sentido en su relación con el texto.
Pero dada la cantidad de información que contiene, no es un libro para leer aprisa, sino despacio y asimilando. A ello ayuda también el formato, que no es de bolsillo, y el peso, casi dos kilos y medio, en una encuadernación de calidad máxima gracias al excepcional trabajo de la imprenta de la Diputación de Córdoba. No es un libro para leer mientras se hace otra cosa, como ir en autobús o estar en la cama. Es un libro a la antigua, hecho para sentarse a leer, en un sillón, con calma y poquito a poco. Sin prisas, como un borrico.
Por último, si por un maleficio te transformaras en un asno durante unos meses al igual que le ocurre el protagonista del libro “El asno de oro” de Apuleyo, ¿dónde crees que serías mejor tratado? 
Hay varios lugares a los que iría encantado, pero por la amistad que hemos desarrollado desde que nos conocimos, me iría sin duda a Rute (Córdoba) con los ochenta burros que cuida Pascual Rovira, fundador de la primera reserva de burros en España.
¿Quieres añadir algo?
Sí, que es muy triste que sigamos vilipendiando a un animal que no ha dado en su vida más que muestras de trabajo abnegado e inteligencia. Quizás sea una buena idea dejar de poner al burro como ejemplo de estupidez y empezar a ponerlo como ejemplo de laboriosidad, pacifismo e inteligencia. Yo, al menos, ya lo hago, aplicándomelo a mí y a los demás. Así que no puedo más que decir que los de Libros, Nocturnidad y Alevosía me parecéis unos auténticos jumentos.
Hermano Asno
ELISEO GARCÍA NIETO
Fotografía: Mondelo
ISBN: 9788481545272
Editorial: DIPUTACION PROVINCIAL DE CORDOBA
Año de la edición: 2017
Encuadernación: CARTONÉ
Páginas: 560
El leonés Mondelo (1950) es uno de los más experimentados reporteros gráficos de España. Los archivos de Efe atesoran unas 18.000 fotos suyas, fruto de 33 años de coberturas que incluyen veintitrés ediciones de la Vuelta Ciclista a España, dieciocho Tour de Francia, cinco Giro de Italia, cinco mundiales de ciclismo, tres mundiales de fútbol y otros tantos Juegos Olímpicos, así como conflictos bélicos y acontecimientos políticos.
El madrileño Eliseo García Nieto (1966) se centró en noticias internacionales y culturales durante sus veinticuatro años como redactor y editor en la Agencia EFE. Fue enviado especial a Israel y los territorios palestinos   ocupados, Egipto, Guinea Ecuatorial, los festivales de cine de Cannes, Venecia, Donostia y Marraquech y los Oscar de Hollywood.