El otro día, viendo un documental sobre el último Festival de Música Electrónica y Techno  en Berlín, la capital de ese estilo  en Europa, celebrado en el San Silvestre de 2019, me sorprendí a mí mismo relacionando esa imagen con una escena que Marcel Proust introduce en El tiempo recobrado, de A la busca del tiempo perdido y que cada vez que se lo he hecho notar a mis amigos ninguno de ellos había caído en la cuenta. Son los años de la Gran Guerra y Marcel pasea por un París ennegrecido por los dictámenes sobre iluminación nocturna a fin de evitar los bombardeos. En un momento determinado, al modo de una epifanía, a Marcel se le introduce una imagen como algo irremediable, imagina aviones alemanes acercándose a París mientras suenan los acordes de “La cabalgata de las valkirias”, la popular marcha guerrera de El anillo de los Nibelungos, de Richard Wagner. Veinte años más tarde, los audiovisuales de la Luftwaffe reproducían para la instrucción de los cadetes pilotos la música wagneriana y, a diferencia de la visión proustiana, no estaban situados desde fuera sino del lado mismo de las valkirias donde el Walhala había sido tomado ya por los tornillos, los relojes, las válvulas y el cálculo y  la lanza de Sigfrido, al lanzarla, formaba la parábola demoníaca de las V-2.

Veinte años despues, en el Sudeste asiático se estaba preparando una guerra de largo alcance para la sociedad occidental que culminó en el 69 en los que llamó la Guerra del Vietnam. Diez años después, uno de los grandes directores de la historia del cine, Francis Ford Coppola, estrenó un 15 de agosto Apocalipse Now, una inspirada película con guión de Coppola y John Milius basada en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad aunque, tengo la intuición de que o Milius o Coppola habían leído a Céline y no sé si lo tendrían presente o no pero el caso es que la película posee un aire celiniano poco corriente, amén del personaje fluvial que recuerda al Aguirre de la película de Werner Herzog, La cólera de Dios así como guiños al  The Waste Land, de Eliot y a La rama dorada, de Frazer. Pues bien, ¿quién no recuerda el bombardeo de los helicópteros de la Primera División de Caballería Aerotransportada acompañados de la música de fondo de “La Cabalgata de las Valkirias”?

Hasta aquí parecería que el mito actualizado de las deidades germánicas ha servido de vehículo simbólico de destrucción apocalíptica en nuestro siglo, comenzando por el propio Wagner y continuando por el Marcel Proust que imaginaba la escena como víctima de ese símbolo, continuado por los documentales de la Lutwaffe que miraban desde dentro, siendo ellos los que infligían el dolor y la destrucción gracias a una tecnología hecha de acero pero donde estaba imaginada con la épica de la soledad del héroe en una especie de Arcadia que Walter Benjamin definió muy bien como”estetificación de la violencia” y que tenía por objeto alejar el concepto de masa proletaria, ya fuera comunista o producto del capitalismo salvaje de los liberales y de los plutócratas judíos mediante el recurso al mito del origen y continuado por la mirada ya definitivamente eficaz por haber asumido el papel libre de ataduras míticas de la tecnología de Coppola que, aún y así, y aunque la toma está tomada desde fuera pero tan cerca que participa del “adentro” de la tripulación que bombardea la aldea, recurre a la última épica genuina de Occidente, la del Far West de la colonización americana, hecha carne de farsa en la figura del coronel Willian “Bill” Kilgore, con su sombrero del Séptimo de Caballería y a quién le ponía el olor del napalm, la generación siguiente a las bombas de fósforo que habían destruido buena parte de las ciudades alemanas, Dresde entre ellas, en la II Guerra Mundial.

Pero Coppola introduce sabiamente la continuación del mito de las valquirias de un modo distinto, mucho más moderno y que ni el mismo Thomas Mann supo resolver en esa obra que quería fuera su culminación pero quedó un tanto raté, Doktor Faustus, donde Adrian Leverkühn vende su alma al Demonio a cambio de 24 años de composiciones musicales geniales y que combinaba aspectos de Schönberg, Nietzsche y del Beethoven de la Sonata para piano número 32, donde según T. W. Adorno en su obra El estilo de madurez en Beethoven comenzó la ruptura en la música entre el gusto de las élites y el de lo popular que hasta entonces habían estado inextricablemente unidos. Y digo raté porque Mann, como buen guillermino, al igual que Jünger, no supo, y no pudo, ver más allá de una cierta estética que tuvo en cuenta el decadentismo de esa clase, de ahí la adhesión a Wagner, pero que no quería ir más allá, inquietos por esas manifestaciones que venían de las Américas, la música  rítmica, negroide, y que en el París de entreguerras había popularizado Josephine Baker bailando desnuda al modo de un Sioux epiléptico con unas frutas en la cabeza…

 

 

Pero Coppola comienza la película con la superposión de las imágenes que ve un capitán Willard, acostado frente a un ventilador donde se superponen bombardeos de helicópteros con napalm mientras suena la música de “The End” de The Doors en la voz de Jim Morrison. Esta imagen corresponde ya a la cultura pop que felizmente rompió esa dicotomía entre élites y música popular que de una manera desastrosa se había llevado en la revolucionaria URSS donde la música “seria” estaba simbolizada por la fascinación pequeño burguesa de El lago de los cisnes, de Tchaikovski y la “popular” por los coros con balalaika… Un desastre.

Las valquirias, entonces, cabalgan ya en otra dirección, acordémonos de la lancha que remonta el río con el capitán Willard en busca de Kurtz y al negro que le acompaña dándole a la ametralladora disparando a la selva mientras se oye música de los Rolling Stones. La cosa no es baladí y ya antes de que se filmara la película, recién acabada la guerra del Vietnam, el grupo alemán Kraftwerk inaugura la música electrónica dentro de la tendencia kraukok. Su álbum Autobahn prefigura el techno posterior que tanto arraigo tuvo en Detroit,  ciudad que tuvo en el teclista Bernie Woorell que cambió el Hammond por un sintetizador el padre del techno que tanto fascinó en años posteriores a los ingleses de Londres, Sheffield, Nottingham y Manchester y, sobre todo, sobre todo, a los alemanes, en Frankfurt en torno al Dorian Gray Technoclub, en Colonia y luego en Berlín cuya culminación desde la sala cutre Tresoral glamour de la Love Parade no tiene parangón y que muestra, al modo de un bucle, como las valkirias han cambiado de vehículo, adhiriéndose a las nuevas tecnologías una vez que el acero, materia en que todavía quedaba un resto del mismo mundo que las lanzas y las espadas, se trueca por mor de la inteligencia artificial en un Walhalla donde se nos ahorra el antiguo dolor de la sangre y finaliza en la paranoia más absoluta…

¿Y la literatura? ¿Dónde están los autores de ahora que hayan mirado la destrucción con los ojos miríficos de un Proust más premonitorio que nunca? ¿Quizá en el Thomas Pynchon de ¿El arco iris de gravedad?, ¿quizá en el Kurt Vonnegut de Matadero 5?, ¿quizá en el Joseph Heller de Trampa 22?

Quizá, pero en estas obras están ausentes las referencias musicales, algo que no consiente por suerte el cine y que tampoco consentía la literatura de la primera mitad del siglo pasado… Las valquirias parecen haber abandonado la letra impresa… se las oye pero no se las lee. Peor para nosotros.