La filósofa y escritora Simone de Beauvoir (París, 1908-1986) publicó en 1970 un interesante ensayo titulado La vejez, al darse cuenta de que es una edad que suele despertar miedo y aversión, por lo que intentamos escapar de los que ya son ancianos, una tribu extraña y ajena al resto de los humanos según la escritora.

Beauvoir tenía 56 años cuando escribió el ensayo. Había vivido la vejez de su madre, Françoise, que murió en un hospital, historia que contó en su libro Una muerte muy dulce (1964). En el criticó la actitud del médico que debía atenderla, que veía a su madre como un objeto de una interesante experiencia y no un ser humano.

En su libro, Beauvoir dice que los ancianos son vistos y tratados  «desde fuera» por lo que a partir de memorias, cartas y otras fuentes, intenta comprender la vejez «desde dentro» para romper lo que ella llama la «conspiración del silencio» que rodea a los ancianos.

Para la escritora francesa, la mayoría de las sociedades prefieren cerrar los ojos antes que ver los abusos y tragedias que sufren. Sin embargo, todas las personas saben que acabarán siendo ancianas si no fallecen antes. Por eso se indigna con la mala fe con los ancianos de los que todavía no lo son pero terminarán siéndolo.

 

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir

 

Los adultos suelen reconocer que los ancianos merecen respeto, pero a muchos les interesa tratarlos como a un ser inferior y convencerle de su decadencia. Otros adultos no creen que pueden aprender algo de los ancianos, ya que la vejez no es sinónimo de sabiduría. Además pueden desear lo que los mayores tienen y a ellos les falta. Beauvoir cree que muchos hijos adultos hacen todo lo posible para que sus padres «sean conscientes de sus deficiencias y se sometan a un papel pasivo».

Trastornos de la memoria como la demencia senil y la arterosclerosis que son más frecuentes en personas de edad, les convierten en personas discapacitadas. Muchas familias no quieren o no pueden cuidarlos y no todas las residencias proporcionan las atenciones esperadas. Esta es una de las razones por las que hay más suicidios en la vejez debido a problemas de soledad, cuestiones económicas y problemas de salud dolorosos.

 

Además, como el valor humano se mide cada vez más en función del coste-beneficio, y se juzga a las personas por su utilidad, se les acusa de ser una generación privilegiada gracias al crecimiento económico de la posguerra. También que a través de las pensiones y recursos sanitarios perjudican el futuro de los jóvenes. Se les culpa de forma simplista de una serie de males que tienen causas complejas y estructurales.

 

Un desprecio no exento de repugnancia

El ensayo está dividido en dos partes. En la primera  se trata la vejez desde la biología, la etnología, la historia y la sociología. Simone de Beuvoir se niega a definir el término “vejez” ya que es un conjunto  de aspectos que no se pueden reducir a uno solo. En la segunda parte se centra en lo que el cuerpo y la mente del anciano viven. Describe los cambios que experimentan en relación con el tiempo, la actividad, la memoria y la vida cotidiana.

Aunque la herencia biológica juega un papel en la longevidad, el sexo es un factor clave.  Sin embargo, la frecuencia de las relaciones sexuales disminuye con la edad. Según la escritora francesa, biológicamente, los hombres están en desventaja, aunque la  condición de objeto erótico resulta desfavorable para las mujeres.

En cuanto a jubilarse o seguir trabajando, los gerontólogos apoyan una jubilación tardía, mientras que los sindicatos favorecen una jubilación temprana. Como recuerda Beauvoir, en ninguna sociedad se ha experimentado una jubilación por etapas, con una reducción de las horas trabajadas. Los cambios tecnológicos también representan un problema para el adulto mayor, asunto que trata en el ensayo.

La discriminación por motivos de edad está tan arraigada que pasa desapercibida. A las personas mayores se las suele considerar incompetentes e incapaces de realizar actividades significativas o socialmente valiosas, aunque no suele ser así. Se supone que padecen demencia cuando todavía no han perdido la agudeza mental, y a menudo se les habla en un tono condescendiente e infantil. La escritora dice que se supone que tienen pocas necesidades o deseos que la sociedad deba atender. Se espera de ellos que vistan y actúen como personas de su edad. En resumen, los ancianos siguen siendo tratados con un «desprecio no exento de repugnancia» que, en palabras de Beauvoir, pretende situarlos «fuera de la humanidad». Tales actitudes sirven para legitimar su exclusión social y para justificar la despreocupación general por sus necesidades materiales y existenciales.

Beauvoir sostiene que debemos «cambiar la vida misma», para que, en lugar de sufrir exclusión, privación y miseria, los ancianos puedan ser reconocidos como miembros activos y valiosos. Por eso deben seguir persiguiendo fines que den sentido a su existencia: dedicación a personas, grupos o causas, trabajo social, político, intelectual o creativo… También seguir teniendo pasiones lo bastante fuertes para no replegarse sobre si mismos.

 

 

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