Retrato de «Napoleón Bonaparte, emperador» (detalle), por François Pascal Simon Gerard, 1805.

 

Los grandes líderes históricos de la antigüedad te miran desde la portada del libro que te dispones a leer con una mirada fija y desafiante, y este Napoléon, un retrato imparcial, de Walter Scott (Fórcola, 2024) no es una excepción. Napoleón aparece en su gabinete de trabajo dibujado por Jacques-Louis David, en 1812. Un gesto que se reproduce cuando ya existe la fotografía. Churchill te observa con la misma fijeza que Mao Zedong. Así son los grandes líderes, personajes que salvaron o hundieron a su país en un momento decisivo del mismo. Curiosamente, esta tradición se perpetua en las biografías de los grandes capitanes de la industria, sea Steve Jobs o Elon Musk.

Tal vez sea un reflejo de la escasez de líderes verdaderos o de una crisis en la noción de liderazgo, y que no conviene confundir con el autoritarismo. Lo que llama la atención es que en las biografías de los “grandes hombres”, aunque se critiquen aspectos de su forma de actuar, siempre hay una invitación a la admiración, bien por la genialidad, la inteligencia y la forma de saltar obstáculos.

En el fondo celebran el éxito, algo que siempre está de moda y gusta  a tirios y troyanos, y se soslayan otros aspectos desagradables del líder y su liderazgo, y nos invitan a ser vencedores en nuestras pequeñas vidas. Si él pudo, tú también puedes ser un gran hombre. Un amado líder, aunque también es cierto que la Historia está repleta de amados líderes que resulta que no lo fueron tanto. Pero para esa siguiente fase biográfica hay que esperar un tiempo y un historiador imparcial que  nos cuente algo más que un pasado glorioso.

El escritor Walter Scott (1771-1832) fue uno de los muchos biógrafos de Napoleón (1769-1821) que surgieron a la muerte del corso en la isla de Santa Elena. Le dedicó nueve volúmenes titulados The Life of Napoleon Buonaparte que tuvieron mucho éxito, según señala Javier Jiménez en las notas a la edición del libro. Dos años después, en 1829, José Ferrer de Orga, imprimió para la librería de Cabrerizo, de Vsalencia, una breve selección del gigantesco relato napoleónico de Scott.

 

Napoleón cruzando los Alpes (detalle). Jaques-Louis David, 1801

 

De entrada, se pensará que al haber sido escrito por un autor del país “enemigo” y que fue causante de su derrota definitiva, será muy crítico con la figura de Napoleón. Pero como señala en su inteligente prólogo Ignacio Peyró, “la biografía de Scott es inexplicable sin esa seducción casi luciferina que provoca Napoléon, imposible de resistir, al que se añade el pathos de grandeza de su destierro y muerte en Santa Elena y un juicio que, con los años, se irá viendo coloreado por la generosidad hacia el vencido”.

Scott consigue en estas páginas rehuir de la crítica innecesaria y del halago. Napoleón fue grande en su ambición y es evidente que no sirve de faro para guiarnos en nuestro inestable mundo. Tampoco creó una gran corporación ni inventó nada trascendental. Su poder duró pocos años. Scott destaca que en sus escritos no hay ninguna autocrítica y considera que todo lo hizo bien. En eso se acerca a nuestro presente. Confiado en su estrella, tuvo las alucinaciones típicas de los grandes hombres: creerse únicos y distintos a los demás, capaces de llegar donde nadie pisó.

Ya sabemos cómo acaban estas hazañas sean bélicas o no, pero el breve relato de Scott, que se lee en un momento e ilustra más que la reciente película de Ridley Scott, incide en su forma de actuar. Así, Scott no se cansa de repetir que el “fundamento más sólido de su poderío y de su gloria no fue otro que el libre y expedito camino que abrió al talento en todas las carreras” y no solo en la militar donde también supo ganarse el aprecio de los soldados con recompensas y honores.

Fue un hábil estratega en el campo de batalla y modernizó el ejército, sin descuidar la propaganda y dar la versión de los hechos que le interesaba. De la derrota de Trafalgar los franceses se enteraron meses después, algo que tiene que ver con la poca importancia de esa batalla naval entre nuestros vecinos, y entonces aliados, a diferencia nuestra. En resumen, blanco y negro se funden en gris y al final debemos responder la gran pregunta ¿el líder hace la historia o la historia hace al líder? Un hombre puede hacer historia pero en momentos y circunstancias que no son las que él ha elegido. Y ese es el momento en que la suerte puede cambiar.

 

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