El escritor Javier Marías. / J.P. Gandul / EFE

 

Posar ante tu librería

 

La pandemia, esencialmente, tuvo buena parte de culpa. Aunque ya antes, generalmente sólo en fotografías, bastantes en blanco y negro, uno podía descubrir el afán que tienen los escritores por salir posando delante de sus bibliotecas, como si el fondo de una pared a secas, calada, la cisterna o la jaula con los periquitos fueran a restarle importancia a sus palabras. Una de las escasas veces que tuve que contestar preguntas a través de zoom yo estaba en Cabo Verde y dejé la posición de mi silla y mesa de la misma manera que cuando escribía: delante la terraza y detrás un mueble azul de cocina, horrendo. No entiendo el afán de aparentar. Si ya eres escritor, ¿por qué posar delante de tu librería? En China, sobre todo, se compran falsas librerías para decorar salones. Son libros de tapa dura, bonitos colores, y títulos sugerentes, que dentro no contienen páginas. Están huecos. Pues bien, ante esa tropelía, debo dejar claro que, aunque los libros de los escritores orgullosos de sus librerías sí contengan páginas, el fin es el mismo: aparentar. Y por este medio denuncio tales hechos. 

 

 

Primera página de Ulises de James Joyce

 

 Libros que no he leído pero hago como que sí: fardar sin saber. 

 

De la misma forma que parte de la sociedad dice haber estado en un lugar en el que nunca estuvo –conozco a una que tras defender Riga como ciudad a visitar, tras tres vinos, decidió romper su silencio: jamás había estado en Letonia–, o cuando éramos jóvenes las gentes se apuntaban raciones de sexo inauditas para no pasar desapercibidos en los bares, existe también un grupúsculo de lectores que van por ahí aconsejado libros que no han leído, o como poco, no han terminado, cuando si se diera el caso de sí haber llegado hasta el final la pregunta sería la siguiente: ¿Si no lo comprendiste, y por lo tanto no te pudo gustar, por qué lo recomiendas? El ejemplo más claro acontece con la incomprensible novela Ulises, de James Joyce, que tanta gente no ya es que la haya leído, ¡e incluso comprendido!, sino que la analizan de manera pormenorizada como si aquello tuviera sentido alguno. Yo mismo tiré la toalla en la página 312. Y ahí sigue, esperando a que termine de volverme loco para continuar su lectura. Y no sólo hablo de mí, porque con la confianza íntegra he preguntado a no pocos lectores empedernidos, directores de periódicos, periodistas y escritores, que qué opinan de Ulises, y sin que mediara presión alguna por mi parte, la inmensa mayoría o no la había terminado o al hacerlo se quedó sin pena ni gloria. Debo aclarar que leo filosofía a propulsión. Por lo que no estamos hablando de un caso evidente de falta de comprensión lectora. Pero hay más obras que participan de un parecido desequilibrio. Y la que les cuento ahora no lo hace por incomprensible, sino por larga, ardua y estar escrita en un castellano que ya no se lleva. Y claro está, les hablo de El Quijote. Aquí, sin embargo, hasta los que no la han leído continúan manteniendo la mentira hasta el final porque saben que desprestigia ser español y no haber leído su obra cumbre. Con Proust y su En busca del tiempo perdido ocurre algo parecido. Y coinciden entre varios de mis conocidos una novela de Pynchon llamada El arco iris de la gravedad, que todos califican de insufrible, además de incomprensible. En Inglaterra han realizado hasta una encuesta –¿y cómo la habrán hecho?–, donde se dice que el 42% de los que dicen haber leído 1984, de Orwell, en realidad no lo han hecho. El 31% mintió aconsejando Guerra y Paz, de Tolstoi, cuando es el ya citado Ulises es el siguiente con un 25%, y a un palmo, con el 24%, La Biblia. Conocí a un tipo que, de nuevo, tras la exposición en un bar a varios vinos notables, reconoció que disertaba en su grupo sobre la novela de Bolaño 2666, la cual no pudo finalizar, pero que en Wikipedia terminó por hacerlo a modo de resumen. Y todo esto en la civilización donde mentir es pecado, hoy necesidad. 

 

 

Foto de Christof Stache (AFP)

 

La polémica está servida

 

La inmensa mayoría de los libros escritos desde que el inicio de todo este sueño deficitario, han pasado sin pena de gloria por este mundo. Algunos, incluso, consiguieron ser muy leídos, encumbrando a sus autores en vida, con mucho dinero y poder, o después de muertos, lo que sólo sirve para los gobiernos que se quedan con los derechos y los herederos con permisos explotar sus imágenes. Pero hay libros, que con mayor o menos éxito de ventas, han generado polémicas inauditas e incluso violentas. Sin ir más lejos, el Lolita de Nabokov, exhibición prosística culmen del mundo de la literatura, que en su día fue censurado en Europa, y al que hoy le cambian portada y sinopsis en España para que siga vendiendo sin necesidad de amoratar a la nueva moralina. Hay libros que vaticinaron el futuro, y sus autores fueron tildados de brujos. Por ejemplo, Orwell y su 1894. Le sigue el hasta hace muy poco prohibido libro de Ted Kaczynsky, alias Unabomber, del que hoy día no son pocos los que han leído su Manifiesto: la sociedad industrial y su futuro. Es como el Mein Kampf, o Mi lucha, traducido al español, libro antisemita que Adolf Hitler escribió, y al parecer con serias carencias literarias, en vida, y que tras ser prohibido volvió a editarse en Alemania y buena parte del mundo en 2016. Pues bien, en la que fue tierra de Hitler se llevan ya vendidos 100.000 ejemplares que han permitido a la obra alcanzar su séptima edición. Aunque para polémica generada por la prosa el libro de Rushdie Los versos satánicos, que provocaron en el mundo islamista un auténtico terremoto que obligó al escritor inglés a vivir con protección de forma semiclandestina, y que el año pasado en Nueva York fue macheteado por alguien que aún se sentía ultrajado. Aunque a ciencia cierta, hoy el mayor empuje de la censura, sobre todo en Occidente por su novedad, es capar las redes sociales como China viene haciendo desde los albores de la nueva era tecnológica. Libros, se leen cada vez menos, pero tuits siguen escribiéndose muchos, y a ver qué dices y contra quién si no quieres que tus cuentas se paralicen y/o clausuren.