Hemos mencionado tantas veces y con tal angustia a este frío y a este invierno, que la voz se nos ha vuelto áspera y el interior del corazón una caja de resonancia hueca. Contagiados por la misma enfermedad, hasta la memoria de la primavera tenía culpas, pero pasión y placeres prometidos a medias. El invierno perfecto en sus lluvias como lágrimas, y el presente, imperfecto, por ese enigma de septiembre sin preguntas claves y el polen de las primeras libertades de una cuarentena infinita para los sobrevivientes que cantan en ronda queriendo decir adiós definitivo. Pero a la gente de mi ciudad, tan común a otros mortales, le da igual el pasado, y el futuro que se escribe hoy en renglones torcidos, ¿cuánto nos dará de bailar y de beber? Dos temporadas absurdas, mucha muerte en derredor, y la puntual primavera anunciada en las florecitas de la hierba y en los jardines de infantes con burbuja y en las escuelas de pasillo, estudio y salón y en las salidas de los bares.

Dos vidas. De soledad y del mundo de los compinches. De relaciones tajadas y de los hitos románticos. La nueva —a estrenar— vida y la obligación de exhibir, en términos carismáticos, la risa y los vestidos, el maquillaje y el vino rojo y las rosas rosas, y el perfil exclusivo de las social media, declaración de condiciones, que la bellísima persona no es ni tímida ni aburrida ni menos contenta ni más triste. Buen humor de septiembre, con cielo despejado, sin precipitaciones en el alma soleada, porque las noticias, ya tediosas, no llevan la cuenta de camas sino de urnas, no computan respiradores sino votos, y la exigencia de la salud es mínima. La vida vieja ya atendió fielmente a las asignaturas del cuerpo paciente, ya se esmeró en las indicaciones de los poderes e hizo de cada habitación una estación solitaria. ¿Ha de resignarse a ser invernal y contrita? ¿Ha de ser víctima, quieta, pasiva a los rastros de amor de locura y de vida? Somos contradicción, diría Whitman, contenemos multitudes.

Recoger las flores, despedir a los muertos como Dios manda, llamar a la puerta del amigo, encontrarle la gracia a la cosa, que hace rato la cosa no tiene gracia. La nada ha durado un instante largo, los siglos se tomaron su pausa. El hombre de Chivilcoy va lento, con calma de pueblo, huyendo a pie del mundo que le cambió la identidad. Una mudanza, no de lugar sino de tiempo. A una casa de intemperie las paredes y el techo, porque la noche también es un inmueble y a la primavera se la contrata por tres meses. ¿Haremos la vida que se hacía? ¿Será loco el amor de nuevo y hasta el infinito y hasta el cielo irán los que prometen? Se ajustará la primavera a nuestros besos y a nuestros miedos u obligaremos al espíritu a encantarnos con el perfume a sol en el aire. Como los pibes, atreverse, aunque al principio salga mal y salga feo. Que no se haga tarde para el abrazo. Que sea notable la diferencia entre dejar el corazón y no dejar nada.