Jordi Gracia es un ensayista que, además de su labor docente (…), 



pues es catedrático de filología hispánica en la Universidad de Barcelona,
lleva publicado un buen puñado de libros sobre diversos aspectos de la
literatura española del siglo pasado. 

Se esté de acuerdo con él en muchas o
pocas cosas hay que reconocer que se aleja de las teorías más trilladas y ha
tenido el valor de reconocer que la democracia española hunde sus raíces en el
propio franquismo, debido a intelectuales desencantados con el régimen como,
entre otros, Dionisio Ridruejo, al que ha dedicado un par de libros y
rediseñado su figura al igual que ha hecho con su biografía sobre Ortega y
Gasset.




Sin embargo, no le traemos a nuestras páginas para hablar de
ello sino de su último ensayo: Burgueses imperfectos. Heterodoxia y
disidencia literaria en Cataluña. De Josep Pla a Pere Gimferrer
, publicado
por la editorial Fórcola, en el que trae a colación a una serie de escritores
catalanes caracterizados por cierta actitud rebelde, irónica y antidogmática lo
que nos permite hablar también de una Cataluña que siempre ha sido un semillero
de excelentes escritores, tanto en catalán como en castellano.
Al leer su ensayo, me ha dado la impresión de que ha elegido a
unos autores catalanes, como Pla, Gaziel, Castellet, Gimferrer, Ferrater Mora,
Joan Margarit, que son un tipo de escritor muy catalán, en el sentido de un
tipo de creador al que le gustaría imponer una visión ilustrada, desde un
cierto escepticismo, y que tiene la ventaja de que no se deja arrollar por la
conveniencia o el oportunismo. (Algo que no veo en el resto del país).


La elección nace del interés en ellos desde
hace muchos años y la razón de ese interés sin duda conecta con tu impresión:
han sido ellos, y algunos otros más, como Eugeni d’Ors, Josep M. de
Sagarra
o Joan Fuster, personajes con un alto grado de independencia
e imaginación moral, marcada quizá por una vocación tácita de moralistas,
aunque suficientemente escarmentada y lúcida como para disimularla. Ni en
Cataluña ni fuera de Cataluña es precisamente el talante más común.
Jordi Gracia


¿Eso es posible solo en Cataluña o también en el resto de
España? ¿El lector catalán es distinto al mesetario (por llamarlo de algún
modo) aunque solo sea por un mayor nivel cultural o una clase media más amplia
y con una visión más ilustrada?


En absoluto: todos los autores que he incluido
se han nutrido precisamente de fuentes españolas (e hispánicas, en general), y
sin Baroja no hay el Pla que conocemos y sin Ortega, Ferrater
Mora
sería otro; sin Juan Ramón Jiménez tampoco Margarit
sería el que es como sin Rubén Darío o Lorca Gimferrer
tampoco se parecería a sí mismo (y sin la cultura española Castellet
sería ágrafo, si me permites la broma).
La lista de heterodoxos intraburgueses, en el
sentido que propongo para los catalanes, aplicada a la cultura española, sería
notoria, extensa, densa y estupenda: otra cosa es que no siempre figuren en la
primera fila del canon colectivo del pasado, o que hayamos tardado tantos años
en restituir a su lugar a un maquinador de contradiciones integradas como Baroja,
a un moralista francés metido a político como Azaña o a reconciliarnos
con el estupendo Ortega que hay dentro del Ortega global.
Tú (dejo el usted si te parece) los defines como «perfectos
burgueses», disidentes de su clase, pero lejanos del idealismo banal, del
«utopismo» y de la provocación de las «vanguardias», mucho
más corrientes por estos pagos en esos años. ¿Hay alguna razón específica?
Sí: la desconfianza hacia la farfolla
retórica, la incredulidad ante promesas ilusas (o chantajistas), la valentía
para decir no cuando todos dicen sí y hasta la murrieria (difícil de traducir
al castellano: zorrería, quizá) de rebelarse calculadamente para no ser
expulsados del todo de la tribu, para mantener los lazos sin someterse
sumisamente a ellos.
Pero también asumen que están muy alejados de las retóricas
nacionalistas tal vez porque son conscientes de la inexistencia de un público
lector objetivo que comparte esa retórica (me refiero sobre todo en su época),
lo que sería un rasgo posmoderno, o al menos antes de tiempo. Construir al
propio lector.


La efusividad nacionalista es, como todas,
bascular y más o menos excitable en función de las coyunturas. Tú y yo seríamos
frenéticos nacionalistas catalanes en el año 1945, sin ninguna duda,
como pura reacción civil y moral contra la opresión arbitraria y feroz de la
dictadura. Pero durante la República hubiésemos asumido que las vías de
entendimiento propiciaban una rebaja de las fiebres para acentuar los acuerdos
y la mutua tolerancia dentro de un plan superior: los procesos de construcción
civil y moderna de una sociedad compleja, y eso equivale a construir lectores
libres, críticos y díscolos.

Esa situación ha cambiado hoy día. ¿Podemos hablar de lectores
(autores los hay) que demandan una novela de corte nacionalista con toda su
retórica? Si es así, se ha perdido esa ironía y ecuanimidad de la que tú hablas
en tu libro de esos autores críticos con su clase, y que son más moralistas al
estilo del XVIII que ilusos revolucionarios del siglo XX.


No estoy nada seguro de que se haya perdido,
pero sí estoy seguro de que no forma parte del escaparate cultural y literario
de la Cataluña más reciente porque estropea el cuadro macro, desentona y
estorba. Pero existe, claro que existe, en catalán y en castellano: tanto Empar
Moliner
como Francesc Serés, que son independentistas, han sido
valiosos burlones de las taras de la tribu, como lo han sido dos escritores sin
asomo de patriotismos pasionales, como Sergi Pàmies y Jordi Puntí,
mientras que algunos van a su aire sin que su obra pierda fuerza crítica, como Eduard
Màrquez
.
¿Se ha perdido también en el camino ese tipo de escritor catalán
de lengua y origen, que ocasionalmente escribe en ambas lenguas, sin complejos
de inferioridad respecto a la literatura castellana, con la que mantiene una
pareja de hecho y que no necesita sentirse defensor a ultranza de un «purismo»
catalanista y sí en todo caso de una ética personal, ciudadana y liberal más
allá del «tribalismo» propio de los nacionalismos?


Naturalmente que no se ha perdido, aunque lo
parezca bajo la presión mediática y política de una corriente que tiene dificultades
para integrarlos como patrimonio propio: Vila-Matas, o Cercas, o Pérez
Andújar
son catalanes nativos que usan el castellano sin la menor
dificultad con el catalán (ni con la literatura española, claro).
¿Hoy día hay continuidad o es un tronco muerto la tradición
heterodoxa de un, por ejemplo, Joan Fuster, Villalonga, D’Ors y Sagarra?


¿Y no hacen un papel semejante escritores en
activo como Pere Gimferrer, Valentí Puig, Ponç Puigdevall,
Enric Sòria, Antoni Puigverd, Jordi Amat o Miquel Bauçà,
que ha muerto hace poco? Hablas de autores que fallecieron hace mucho tiempo y
cuya institucionaización cultural fue muy diversa: Sagarra hace setenta años
era poco más que un autor folclórico y Josep Pla no pasó de ser durante mucho
tiempo un gacetillero con lectores. Ya no, claro, pero para eso ha hecho falta
mucho tiempo.
¿Por qué no hay ya conexiones y encuentros entre unos y otros (y
no me voy a remontar a la primera época de Giménez Caballero, sino en los años
cincuenta u ochenta del siglo pasado? Por no hablar de las relaciones e
influencias entre Pla y Baroja, Castellet con Aleixandre, por no hablar de Gil
de Biedma o Vázquez Montalbán y sus relaciones con el resto de España.


Prefiero enfocar la pregunta en sentido
inverso: ¿cuál está siendo la ruta que hoy siguen esas relaciones literarias,
por qué vías se ha superado la desconexión dictada desde el poder político,
cómo se ha superado la muy equivocada política del PP hacia Cataluña en
distintas etapas, con campañas literalmente ofensivas? La ruptura de relaciones
no es tal en medios universitarios o intelectuales, tampoco literarios, aunque
las conveniencias oportunistas y a veces la más estricta miopía política haya
intentado reducirlas al mínimo incluso anularlas. Yo creo que sin éxito a medio
plazo pero con evidente efectividad en la actualidad: es, en efecto, como si
unos y otros viviésemos sin vernos. Pero el cine premia con un montón de goyas
a una peli catalana, un montón de productoras televisivas trabajan para
televisiones españolas, la mitad de las caras de los hombres/mujeres del tiempo
y de los presentadores de noticas radiotelevisivas son catalanes y hasta al
menos dos de las próximas biografías de Cervantes serán obra de catalanes. No
es un mundo perfecto pero no estoy seguro de que el modelo anterior que tú
evocas sea posible sin el resto de las condiciones (y casi ninguna de ellas era
muy ventajosa, ni para unos ni para otros).


¿Fue Ferrater Mora, el filósofo que vio su exilio como una
oportunidad entre el universalismo abstracto y el tribalismo enfermizo, y pensó
una relación entre España y Cataluña no agónica o emocional, el más interesante
desde un punto de vista ideológico al plantear el bilingüismo y el federalismo?


Fue el más perspicaz y desapasionado con
respecto a la ordenación territorial del estado porque fue el más viajado y el
que menos hizo por cebar sentimientos de patria porque tuvo muchas y todas le
parecían estimulantes. Sus meditaciones sobre este asunto han ido quedando
apartadas incluso de aquellos que mejor podían utilizarlas, quizá porque la
sensación de inutilidad acabó apoderándose de ellos. Pero sigue siendo quien
vio más lúcidamente, junto a algún otro, como Gaziel, la vía estructural
para desactivar los focos de tensión o al menos aflojarlos. Su exilio, en este
sentido, fue una escuela de escepticismo ante misticismos de cualquier tipo, a
la vez que lo fue contra voluntarismos sin demasiado sentido civil y social
(pero muy respetables como opción individual: el sentimiento de pertenencia
exclusiva a Cataluña me parece reductor y empobrecedor, pero no una villanía ni
un delito).
¿Cuál fue la realidad del franquismo y la literatura catalana?
¿Persecución, tolerancia o clandestinidad?


Antes que nada fue una inmensa sorpresa porque
la mayor parte del franquismo catalán descubrió de inmediato que Franco
cumpliría con los peores augurios y desarbolaría cualquier rastro de
continuidad en el respeto y la legalidad del catalán, su cultura, su prensa
(variadísima y potente). El mal ya estaba hecho, y desde entonces la
subsistencia del catalán es resistencialista a la fuerza, buscando aliados
entre los intelectuales autocríticos del franquismo, años después y a veces
décadas después, y es por tanto una historia de éxito contra la barbarie y
contra los mismos derechos humanos. No hubo ninguna tolerancia singular con el
catalán sino la impotencia para controlar sus múltiples focos de resistencia
progresiva, de igual modo que el franquismo no tuvo armas suficientes desde los
años sesenta para tapar la boca a todos los comunistas, cristianos
posconciliares, socialistas, catalanistas, que fueron conquistando sucesivas
parcelas de espacio público en revistas, editoriales y periódicos. Franco se
muere cuando el franquismo como ética y cultura es un zombi a la defensiva.
¿Qué le hace falta a la literatura catalana actual frente al
poder nacionalista que la apoya, promueve y subvenciona: la vieja disidencia
literaria, civilizada e irónica de los autores antes mencionados o una
transversalidad frente al oportunismo y cualquier ideología?


No tengo respuesta a esta pregunta pero sí dos
convicciones: la literatura conquista poderes distintos del poder político (y
su esfera solo a veces tiene alguna tangencia) y el apoyo económico carece de
sentido dispensado acríticamente pero lo gana si responde a criterios de valor
objetivable: géneros caros, como el teatro, estudios minoritarios o
traducciones de obras no comerciales pueden tener un respaldo financiero en la
medida que construyen una sociedad más y mejor civilizada (no más patriótica o
leal al poder).
Por último, un pregunta de actualidad para alguien que vive en
Cataluña. Aunque parece que el proceso independentista se ha desinflado algo,
al menos visto desde Madrid, ¿qué debería ofrecer Madrid a Cataluña para
permanecer dentro de ella y que no fuera un conflicto de peticiones constantes
y trapicheos sin fin?


Hay dos planos de reflexión, al menos: en el
político no hay respuesta útil hoy, porque depende del año electoral y del
nuevo mapa que saldrá (aquí y allí). En el otro, el teórico y especulativo, sí
hay respuesta y mucho trabajo pero no muy difícil de hacer. Poner en marcha los
mecanismos de pedagogía sobre la realidad federal que es España podría
facilitar la vía de solución hacia un Estado federal. Pero no instantáneamente
y tampoco por las buenas: el federalismo nace de la convicción de aprovechar
las riquezas de todos sin que nadie sienta opresión o desequilibrio; acuerda un
reparto de poderes y una instancia federal (compartida por todos) que los
regula y administra no desde Madrid hacia Cataluña o el País Vasco sino desde
un gobierno federal que incluye a cada federación y a la vez respeta el espacio
de cada una de ellas.
No parece ningún disparate, ni a años luz del
Estado Autonómico actual, pero la codicia miope de los partidos y el desfondamiento
del socialismo en España con la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero
dieron lugar a una tormenta perfecta donde dos nacionalismos básicamente
conservadores actuaron como señores de taifas que fingieron no tener que pactar
entre ellos nada porque los dos carecían de límites a su poder: uno con su
mayoría absoluta, el PP, y el otro con las calles abarrotadas.

Terminado ese ciclo, las posibles soluciones
están más cerca que lejos, y quizá la primera condición es el cambio del
lenguaje sobre egoísmo de unos y la rapiña de los otros porque se anulan
mutuamente y aumentan la trinchera. El acuerdo político nunca es fruto de un
decreto o un nuevo ordenamiento sino de una convicción asumida y después
defendida con palabras y con iniciativas legales o constituyentes: desde asumir
la bicapitalidad efectiva del país hasta programar la descentralización de
instituciones del Estado o grandes empresas nacionales hacia el resto del
territorio. Mejor red de cohesión dispersa que esa no se me ocurre, al menos después
de esta larguísima respuesta.

Pere Gimferrrer

LIBROS
EN CASTELLANO DE JORDI GRACIA
•   Crónica
de una deserción. Ideología y literatura en la prensa universitaria del
franquismo, 1940-1960
, PPU, 1994, antología.
•   El
ensayo español. Los contemporáneos
, Crítica, 1996;
antología ampliada en 2009 con Domingo Ródenas
•   Estado
y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo

(or. Toulouse, 1996), Anagrama.
•   Los
nuevos nombres, 1975-2000
, Crítica, 2000.
•   Hijos
de la razón. Contraluces de la libertad en las letras españolas de la
democracia
, Edhasa, 2001
•   La
España de Franco. Cultura y vida cotidiana
, Síntesis, 2001;
con M. Á. Ruiz Carnicer.
•   La
resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España
,
Anagrama, 2004; Premio Anagrama de Ensayo de 2004 y Premio Caballero Bonald,
2005. Reeditado en 2014.
•   La
llegada de los bárbaros. La recepción de la narrativa hispanoamericana en
España, 1960-1981
, Barcelona, Edhasa, 2004, antología con
Joaquín Marco.
•   La
vida rescatada de Dionisio Ridruejo
, Anagrama, 2008.
•   Más
es más: sociedad y cultura en la España democrática, 1986-2008
,
Iberoamericana 2009 ISBN
978-84-8489-461-2
, con Ródenas de Moya
•   Prólogo
a Alfonso Reyes, La
experiencia literaria y otros ensayos
, Obra fundamental de la FSCH, 2009.
•   A
la intemperie. Exilio y cultura en España
, Anagrama, 2010 ISBN
978-84-339-6301-7
•   Derrota
y restitución de la modernidad, 1939-2010: Historia literatura española 7
,
Crítica, 2011, con Domingo Ródenas
•   El
intelectual melancólico. Un panfleto
, Anagrama, 2011 ISBN
978-84-339-6333-8
•   Cartas
íntimas desde el exilio
, Fundación BS, Cuadernos de Obra
Fundamental, con Jordi Amat (edición del epistolario de Ridruejo), 2012 ISBN
978-84-92543-37-3

.
José Ortega y Gasset
, Taurus, 2014.