Francisco Franco en el Palacio de El Pardo (Madrid), en los años sesenta. Foto EFE

 

¿Franco leía? ¿Qué leen nuestros políticos?

 

Ahora que la política en España está de moda por el impulso de una ley de amnistía por parte del PSOE –¿y para cuándo una ley que no amnistíe a los políticos que no leen?–, y observando cómo el cabeza de lista de VOX en el Congreso, Abascal, accedió al hemiciclo hace un par de semanas con un ejemplar de la biografía que Jon Juraisti dedicó a Miguel de Unamuno –¿lo estaba leyendo? ¿Lo habrá leído ya? ¿Sería acaso un movimiento propagandístico de cara a la galería?–, me gustaría saber qué leyeron alguna vez otros endiosados hombres de paja que, con los votos del pueblo amaestrado, empujaron al diputado al cielo de los pobres, tan lejos de los libros, en ese jardín inmenso que en realidad es lo que es el Palacio de la Moncloa. Debo hurgar en la santa madre Internet para saber qué leían, además de algunos cercanos de aquellos cabezas de lista. Y esto es lo que he sacado en claro. De Adolfo Suárez rescato su amor por las biografías, y una especialmente: Napoleón de Emil Ludwig; además, lo que más leyó en su vida, tanto que enmarcado decoraba su despacho, fue el poema de Kipling If (Sí, en español). En cambio, de Felipe González, el presidente más joven en llegar al cargo, con tan sólo 38 años, dijo tantas veces que su libro de cabecera era Memorias de Adriano, de Margarita Yourcenar, que en aquellos años de apariencia libertaria se dispararon sus ventas además de que Vázquez Montalbán lo trató con sentido del humor. De José María Aznar no sabemos libros en concreto, aunque sí su afición por la poesía. Aunque entre sus autores favoritos comentó en persona a Sánchez Dragó, en su divulgativo programa televisivo Negro sobre blanco, que Octavio Paz, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados eran sus autores de cabecera. Luego llegó Zapatero, que solía elogiar tanto El Quijote de Miguel de Cervantes, pero que nos sorprendió con su admiración por Borges, asunto sobre el que publicó en 2021  No voy a traicionar a Borges. Tras él llegó Rajoy que, aunque alardeara de leer a diario el Marca, también tuvo tiempo para recomendar Donde los escorpiones, de Lorenzo Silva. Y dejamos para el final a nuestro presidente actual, Pedro Sánchez, que tampoco arriesga mucho: sus libros favoritos son El lobo estepario Demian, de Herman Hesse y Crimen y castigo, de Dostoievski. Uno desconoce hasta cuándo va a estar confeccionando listas de libros de tapadillo, pero lo que debe quedar claro es que uno sospecha –y seguro que no soy el único– que el político de profesión, y aún más un alto cargo, lee poco o nada y normalmente mal. Por eso no fui político. Aunque yo todos los lunes también leo el Marca. Por los resultados y clasificaciones. P.D: ¡Me olvidaba de Franco! Según me cuentan fuentes cercanas, era seguidor de Jacinto Benavente.

 

Regalar libros (otra lista encubierta)

 

 

Para una persona, como yo, a la que le va la vida en los libros, que me los regalen, acaba por bloquearme. Y lo dice alguien que siempre regala libros, en el colmo del sadismo egoísta. Pero me afecta sobremanera el caso contrario. Porque siempre tengo la sensación de que nadie podrá mejorar en mi biblioteca la lista de obras que en un documento Word, aguarda el momento de que mi dinero sea el suficiente para hacerme con ellas. Son listas trabajadas concienzudamente, fuera de todo modismo. Las mismas, están divididas por géneros. Y cada libro, junto con su autor y la editorial donde debo adquirirlo, se muestra ante mí sin una X, con una, dos o incluso con tres, lo cual querría decir que a más equis más cercano está el viaje de ese ejemplar hasta Asia, donde resido. En la sección de poesía aguantan desde hace tres años, esperando su oportunidad, poetas como Wallace Stevens o Ernestina de Champourcin cuando en la rampa de salida –tres equis– están la Poesía completa de Dylan Thomas así como Sin fin. Antología personal de Antonio Orihuela. En teatro espera su pronta oportunidad el gran Arrabal con su trío de obras Pic-nic, El triciclo, El laberinto. En ensayo, aguardan prestos la Ética de Spinoza, Sueños de ácido. Historia social del LSD de Martin A. Lee y Bruce Shlain, además de Contra el Estado de James C. Scott. En novelas, relatos e historias varias daré una oportunidad, más pronto que tarde, a José Luis Alvite y Las historias del Savoy cuando el otro que se va a llevar el gato al agua, por probar, será el último Nobel de literatura, el noruego Jon Fosse con su Septología. He abierto una sección de comic, pero aún ni las obras ni las equis abundan. Bueno, si se dan cuenta ya les acabo de meter una lista de libros. Otra. La mía, les aseguro, no tendrá nada que ver con las del resto. Y sí, antes de regalarme un libro piénsenlo bien. No me obliguen a leer aquello que no está entre mis sueños. Que cada vez queda menos vida y más libros. 

 

Sensitivity readers 

 

Balthus. Teresa soñando

 

Que en una editorial te avisen que en tu novela faltan negros o moñas o señoras no es más que un allanamiento de morada literario insoportable. Que por qué siempre asesina el moro o cuándo el noruego será maestro paellero. Es todo tan terrible que si antes no existía esa función –la de censor instructivo, o sea, sensitivity reader–, y cada uno podía escribir lo que le viniera en gana, por qué ahora, en estos años de supuesta libertad, te dicen qué falta en lo que escribes –o sobra–, aunque nunca tenga que ver con la mejoría de la obra, sino con el supuesto avance de la sociedad hacia un estado más igualitario, beneficioso y armónico. En mi próximo libro el protagonista no sólo será pederasta, sino que habrá nacido en Tánger, cuando se casará con una niña de trece años entristecida antes, durante y después de la boda. En mi próximo poema eyacularé sobre la persona que quiero hasta mancharla tanto que en el último verso le cueste respirar, con las fosas nasales atoradas de semen, sobre una sonrisa efervescente. Ojalá Xi Jinping aborreciendo a sus herederos occidentales: aquellos que quisieron mejorar el mundo a base de rodilleras, cuando en China desde siempre se supo que el censor es la clave y no sólo en el proceso editorial. Suena a tópico, pero si hoy Nabokov tuviera treinta y tantos años y un manuscrito llamado Lolita, éste jamás habría visto la luz tal y como sí lo hizo en 1955. Por lo que, ¿existe, de verdad, la máquina del tiempo, para poder viajar allí donde la sociedad no palidecía por estupideces ni los aires acondicionados empeoraban la salud del pueblo llano?

 

 

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