Ilustración de Milimbo para el libro

 

Por azar -quizá aquel azar objetivo con el que los surrealistas designaban “la confluencia inesperada entre lo que el individuo desea y lo que el mundo le ofrece”- ha llegado a mis manos, entre el enorme caudal de libros que nos ha ofrecido la recientemente clausurada Feria del Libro en el Retiro madrileño, este pequeño gran libro de Antal Szerb, Budapest, guía para marcianos, pulcramente editado, en 2017, por libros de trapisonda, dentro de su colección “viruta de boj”, en la traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo, con prólogo y bibliografía de Márton Soltész e ilustrado por Juanjo G. Oller (Milimbo).

Un libro cuya escritura y percepción que nos ofrece su autor de la ciudad, se aviene con aquella consideración que hacía Pío Cid, el protagonista de la novela de Ángel Ganivet, Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, a propósito de la profunda diferencia entre contemplar y ver: “Nuestro organismo está hecho para percibir en reposo o en movimiento no muy apresurado, como es el que naturalmente marcan al andar los pies, que son nuestro propio medio de locomoción. Si apresuramos artificialmente el movimiento, las cosas que nos rodean son percibidas con tanta rapidez, que sólo queda de ellas lo más grosero de la forma, desapareciendo cuanto de espiritual y delicado tienen. Cuando viajamos muchas horas en tren, al descender, todos los objetos son prosaicos; hemos perdido momentáneamente la facultad de contemplar y nos queda sólo la de ver, y al ver nos parecen más vulgares las cosas inmóviles que las que antes fugaces cruzaban delante de nuestros ojos”. Tomémonos, pues, un tiempo, y acompasemos nuestra mirada de lectores con la que aflora en este recorrido imaginario y demorado por la Budapest que el autor evoca en 1935, fecha de la publicación del libro.

Los paratextos incluidos en el libro nos ofrecen una sucinta, pero útil, información sobre el autor que podemos completar con una sencilla búsqueda en Internet y la consulta, si se conoce el idioma húngaro, de la bibliografía a la que nos hemos referido, incluida inmediatamente después del prólogo. Además de esa primera incursión biográfica, el paratexto de la contracubierta nos aproxima a la poética del autor acerca de “su amor arrebatado y sin embargo lleno de ternura a su ciudad”. Antal Szerb(1901-1945) se definió a sí mismo como “un judío cuya lengua materna es el húngaro”.

Budapest, guía para marcianos es un libro que podemos incardinar en esa extensa y anchurosa corriente de la literatura sobre ciudades, pero también de las imágenes urbanas, que tiene su origen en la literatura griega y que, a partir de entonces, atraviesa toda la cultura europea, manifestándose bajo ropajes muy diversos y proliferando de manera intensiva en la Europa de mediados del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, en autores tan diversos como son Charles BaudelaireMarcel ProustJames JoyceStefan ZweigFernando Pessoa o Ramón Gómez de la Serna, por citar tan solo algunos. Un París baudelariano -el de El pintor de la vida moderna, ilustrado por Constantin Guys que inaugura la visión moderna y autónoma del arte– o proustiano, un Dublín joyceano, una Viena zweigniana, una Lisboa pessoana o un Madrid ramoniano, cada uno con sus notas diferenciadoras.

Ilustración de Milimbo

 

La lista sería infinita. Cabe también recordar, no solo como complemento sino con autonomía propia, imágenes como las elaboradas por Frans Masereel, cuyo libro La cité (1925) nos puede servir de ejemplo en el ámbito de la representación moderna, por no citar ese inmenso corpus gráfico que han generado las ciudades a lo largo de su historia, imágenes plasmadas en una cartografía tanto realista o verosímil como a veces imaginaria. Pero Budapest, guía para marcianos, de Antal Szerb no es estrictamente una guía, un género en sí mismo dentro de la literatura de ciudades, que tiene también una genealogía dilatada que arranca en Grecia con el viajero, geógrafo e historiador Pausanias, o quizás ya en el mismo Homero, quien en sus poemas –Ilíada y Odisea- asigna características diferenciadoras a cada ciudad.

¿Qué es entonces Budapest, guía para marcianos? Esta pregunta la intenta contestar Márton Soltész en el prólogo “La Budapest de Antal Szerb” que abre el libro en los siguientes términos: “El libro que sostiene el lector en sus manos, fue editado en 1935. Aunque sería difícil precisar su género  -¿relato?, ¿apuntes de viaje?, ¿colección de microensayos? o ¿poema en prosa?-, su contenido habla por sí mismo: es una declaración de amor hecha por el escritor, con el entusiasmo propio de los enamorados, a su Budapest natal, unificada en 1873”.

Precisamente esa disolución de fronteras, implícita en el propio título del libro, al desdoblar o transmutar en otra cosa el concepto de guía al asociarla con el término “marciano”, es lo que le dota a este hermoso libro de una carga de modernidad sutil y ambigua, que como dice Fernando Castillo, en su reciente libro Atlas personal -otro libro sobre ciudades- la modernidad “encuentra literatura en cualquier pormenor”. El pequeño detalle, un nuevo ángulo de visión y una cierta carga de ironía nos lleva por esa Budapest que, como nos dicen los especialistas, tanto amó Antal.

Budapest, guía para marcianos se compone de una breve introducción a manera de obertura y veintiún pequeños capítulos, cada uno con su título específico, que aluden a la geografía urbana de la ciudad por la que el “marciano” del título, o el “forastero”, como se indica en ella, caminará de la mano del autor. Dante con su Virgilio. Recuerde el lector también la inmensa proliferación de Guías de Forasteros que se publicaron, por ejemplo, en Madrid, durante los siglos XVIII y XIX, con datos útiles y una prosa funcional, de la que Antal Szerb, en su libro, se aleja considerablemente. Así, el “marciano” o “el estimado Señor Forastero” que invoca en el prologuillo, caminará de su mano, no por una Budapest “objetivada” en datos y utilidades, sino por una Budapest vista bajo una mirada que transforma la trama urbana y su historia en otra realidad. No exenta, a veces, de toques irónicos al cierre del capítulo.

Ilustración de Milimbo

 

En este breve prologuillo, previo a los capítulos concretos, el escritor hace una referencia que me parece pertinente subrayar. Diferencia entre los habitantes, que no parecen importarle  -“¿qué importancia -escribe- tienen los habitantes en una ciudad?- y las casas –“Yo quiero mostrarle la ciudad -concluye- pues considero que lo primordial son sus casas”. No sé si Antal Szerb –que como señala Márton Soltész en su citado prologo era un “erudito de la literatura húngara y universal, ensayista de saber enciclopédico y novelista de visión europea”- era consciente en ese momento de que estaba aludiendo a la teoría urbana de la antigüedad clásica que consideraba la ciudad en una doble vertiente: la urbs-la parte física- y la civitas -el aspecto humano-, distinción, y discúlpeseme por la referencia, que recogió el polímata San Isidoro de Sevilla en su Etimologías, una de las primeras enciclopedias sobre el saber de la antigüedad clásica, escrita en su madurez. “Con el nombre de urbe (urbs) se designa la fábrica material de la ciudad, en tanto que civitas hace referencia, no a sus piedras, sino a sus habitantes”, escribió el obispo de Sevilla.

Pero Antal Szerb no se queda ahí, lógicamente, sino que añade algo capital a su referencia urbana, el erotismo, mostrando al forastero “no tanto sus casas, como el erotismo de sus calles que se abrazan, en donde se revela ora su fuerza, ora su gracia, acaso la intensidad del tráfico, la atmósfera en torno a sus plazas y estatuas, incluso los números de autobús que encierran oscuras referencias literarias. Usted ya me entiende”. Ese erotismo urbano, atemperado en Szerb, me hace recordar, salvando claro está procedimientos y formas de escritura, la novela de André Breton, Nadja (1928), porque el libro de Antal Szerb, aunque no convulsa, sí trasluce una belleza poética sobre la ciudad. “Usted ya me entiende”.

El Puente de Cadenas; el Danubio –con sus poetas y la fugacidad a lo Jorge Manrique– , la calle de la Paloma, las tardes de domingo en Gallérthegy –fragmento que me recuerda el maravilloso cuadro de Seurat, Tarde de domingo en La grande Jatte o la referencia a las brujas que en el monte Gellért “se congregaban como en los aguafuertes”, me hace evocar automáticamente a Goya-; la alusión al “turismo” en el capítulo titulado “El Tabán”, fenómeno casi ya de masas en los años en que se escribe este libro, muy distante ya del aristocrático Grand Tour dieciochesco por el sur de Europa, del que nace; la referencia a realidades ya desaparecidas como restaurantes donde “resonaba la música Schrammel” –algunos de estos breves capítulos están cuajados de maravillosas resonancias antropológicas y etnográficas-; los jardines del Castillo, capítulo en el que Szerb da rienda suelta a sus recuerdos de niño -hay otros a lo largo del libro- enmarcados en el periodo histórico de la República de los Consejos de Béla Kun (entre finales de mayo y comienzos de agosto de 1919), como nos aclara la nota a pie de página), “meses terribles y apocalípticos” que el escritor resume apodícticamente con el sintagma escrito sobre un cartel, que parece que estuviera viendo de nuevo, a las puertas del Castillo: “Todo es de todos”. Es decir, “Nada es de nadie” (“Usted ya me entiende”); el barrio del Castillo en el que evoca los paseos del filósofo Ákos Pauler -son muchos los personajes reales que evoca en su deambular, pese a su declaración de no importarle los habitantes, parece que los ilustres sí, porque son los que refuerzan sus propias sensaciones de la ciudad, perfectamente aclarados cada uno a pie de nota, un valor a tener en cuenta de los editores; la iglesia de Matías, pretexto para evocar “las estampas de ciudades medievales” que nos catapultan a ese fecundísimo capítulo, en el ámbito de la imágenes, ya lo hemos señalado, de la representación urbana en el arte gráfico y pictórico, del que me he ocupado al glosar “El Grabado de Madrid de Fernando Bellver.

Ilustración de Sándor Kolozsvary (1935)

 

Tradición y renovación en la iconografía de las vistas de ciudad”; la plaza de Capistrano y la iglesia de la Guarnición, “inmenso edificio [que] carece de ornamentación, nada que despierte una sonrisa, ni un asomo de ternura”; palacios como los de los Esterházy o Karástsonyi, “elegante y burlón en su pose melancólica”; la iglesia de Santa Ana, “el edificio más bello de la ciudad. Sobre las torres, la cúpulas con el rábano de los Habsburgo” -cuyo alcance semántico, el del rábano, aclara Márton Soltész en la nota 2 de su prólogo-; el barrio de Józsefváros –por el rey José II– donde alude, creo que no podría ser de otra forma en un escritor que viajó, entre otros países, por Francia, al Montparnasse parisino y se introduce en el domicilio de una casera del barrio “cuyos retratos [de sus antepasados] cuelgan en la habitación, un poco por encima de las flores de papel pero por debajo del trofeo de una gallina real disecada”, descripción que hubiera hecho las delicias de nuestro Ramón Gómez de la Serna, intenso ejecutor de decoraciones interiores; un cierto París demótico también es objeto de comparación por parte de Szerbal tratar de la Plaza de Abastos, que se “transforma al caer la tarde en un París, [de] sucios cafetines [y] colmados que desprenden el olor estimulante de frutas, guisos y carnes, tipos curiosos como personajes de novelas, detrás, la ribera del río, descuidada, como la del Sena, y la Ciudadela iluminándolo todo a sus pies, como la Torre Eiffel”, lugar, nos dice Szerb que “nadie conoce como yo este rincón” -¿qué soñaría Szerb en esos “sucios cafetines?-; o la modernidad arquitectónica a lo bauhaus del barrio de Új-Lipótváros, por contraste con lo anterior, “con sus modernas mansiones de tejados rasos”, en cuyo interior “psicoanalistas jóvenes tendidos en divanes se desnudan mutuamente sus almas, esbeltas amazonas del Brigde sueñan en el fondo de níveos cuartos de baño, funcionarios sobradamente inteligentes sintonizan el dial de Radio Moscú”; la Isla Margarita “paraje donde nos traen de niños y volvemos de viejos”, capítulo lleno de melancolía que acentúa la inserción -lo hace también en otros capítulos con otros poetas- de unos versos de János Arany, “el más fidedigno de los poetas húngaros”; y, por último, el paisaje de fábricas, máquinas y sirenas, de obreros y obreras “con zapatillas de tenis [que] pasean agarradas del brazo por delante de los obreros que levantan la vista de su merienda de pan con tajadas de tocino” del Nuevo Pest, verdadero contrapunto a la ciudad “histórica” -Buda- que ha desfilado por sus anteriores capítulos. “Buda -concluye el escritor- quizá sea la orilla opuesta, pero lo verdaderamente opuesto es Újpest”.

Cada capítulo de este hermoso librito –inventario urbano a medio camino entre la realidad y lo imaginario, por donde se cuela permanentemente un fluido constante de sensaciones (“Podemos subir en funicular, aunque no es menester, dado que el nuestro es un viaje imaginario”), escribe al comienzo de la estampa dedicada a “Várket, los jardines del Castillo”- es una tesela refulgente y magníficamente tallada de un mosaico íntimo y propio.

Los editores de librosdetrapisonda han tenido la gentileza de incluir en las páginas finales una de las ilustraciones de Sándor Kolozsváry “perteneciente a la primera edición de la obra en 1935”, artista que tuvo un final tan trágico como su amigo el escritor. Desconozco el dato de cuántos dibujos de este pintor y dibujante húngaro se incluyeron en aquella primera edición. Por el incluido aquí -una imagen casi a vista de pájaro- podemos deducir que se trataban de dibujos de línea muy sencilla, casi impresionistas -que me hacen evocar a un Raoul Dufy-, acordes con la poética sucinta y elemental que destila la escritura de Szerb.

En claro contraste formal con el dibujo de Kolozsváry, se han incluido diecisiete ilustraciones, más la de la cubierta, que junto con otras del interior del libro, tiene un claro sabor a los collages de Max Ernst, aunque despojados de la densidad gráfica que tenían los del pintor surrealista, a cargo, ya se ha dicho, de Juanjo G. Oller (Milimbo). Salvo la de la cubierta y alguna otra del interior, estas ilustraciones de Oller son, podríamos decirlo así, pequeños collages de línea clara, en los que el ilustrador valiéndose de los lenguajes visuales y tipográficos de las vanguardias de entreguerras -cubismo, futurismo, dadaísmo, neoplasticismo- combina y asocia imágenes de muy variada temática: edificios, veletas, coches, barcos, fabricas, vagonetas, paseantes y obreros con formas procedentes del ámbito decorativo tradicional eslavo. Especialmente significativos son -al menos para mí- los personajes de la página 37 –alusivo a la bodega del tío Poldi- y de la página 61 -quizá el “retrato imaginario” del poeta János Arany mencionado en el capítulo sobre Isla Margarita- que podríamos calificar de recreaciones figurativas a lo Lissitzky. Este último, János Arany, es una figura compuesta por tres formas geométricas -sombrero, ojos y cuerpo- que contiene en su interior la reproducción de un plano en perspectiva axonométrica de la ciudad. La ciudad en el corazón del personaje. Como la sintió Antal Szerb en esta sugestiva guía para marcianos de su Budapest natal.