A Eduardo Salas

 

                  “yo que soy algo más que un gustador superficial de Madrid…” Ramón Gómez de la Serna. “Pérez Galdós”.  En Nuevos retratos contemporáneos (1945), pg.213.

 

PRIMERA PARTE

I

Porque de eso trata esta nueva entrega para LAS PALABRAS VUELAN, del Madrid evocado, de un cierto Madrid al fondo, el Madrid que aparece como escenario inequívoco de las emblanzas que Ramón Gómez de la Serna escribió de distintos escritores y artistas recogidas en dos de sus libros fundamentales dedicados a biografías, Retratos contemporáneos (1941, cito por la segunda edición de 1944) y Nuevos retratos contemporáneos (1945), ambos editados por Editorial Sudamericana de Buenos Aires, ciudad donde Ramón vivió hasta el final de su vida, tras salir a toda prisa del Madrid de los primeros días, aciagos y turbulentos, del inicio de la Guerra Civil. Ya nos hemos referido sucintamente, en una entrega anterior para las PALABRAS VUELAN,al método empleado por nuestro escritor para trazar estas breves biografías, y remitimos al lector a lo dicho allí. Ahora vamos a repasar lo escrito por Ramón, en estas semblanzas, sobre Madrid; un Madrid que siguió vivo en la conciencia y en la escritura de Ramón, y de tantos y tantos escritores que se vieron obligados en aquellas circunstancias a abandonar España. Un Madrid al fondo y de fondo.

Entre ambos libros, Ramón recogió y publicó 50 biografías de escritores, artistas, músicos y humoristas. De esas 50 biografías, en el primer volumen, Retratos contemporáneos incluyó las de Juan Ramón Jiménez, Eugenio Noel, Francisco Vighi, Luis Ruiz Contreras, Santiago Rusiñol, Fernando Villalón, Emilio Carrere, Antonio de Hoyos y Vinent, Ramón del Valle-Inclán -la más extensa-, Eugenio d´Ors, Pío Baroja y Miguel de Unamuno. De escritores extranjeros incluidos en este libro, solo nos interesa mencionar aquí en función del objeto de este texto la biografía de Paul Morand. En el segundo volumen, Nuevos retratos contemporáneos incluyó las de los hermanos Machado, Manuel y Antonio, Ventura García Calderón, José Echegaray, Benavente, Adriano del Valle, Amadeo Vives, Vicente Blasco Ibáñez, Emilia Pardo Bazán, José Pijoán, Pedro Luis de Gálvez, Enrique de Mesa, Pérez Galdós, Darío de Regoyos, Gabriel Miró, Pedro de Répide, Cansinos-Asséns y Manuel de Falla, además de las de Pablo Neruda o Marc Chagall que incluimos por la relación que ambos tuvieron con Madrid. El resto de las biografías incluidas en ambos libros son de autores extranjeros que apenas tienen relación con el tema que nos ocupa.

¿Qué Madrid está al fondo de la semblanza de Juan Ramón Jiménez (1881-1958) por Ramón? Un Madrid, al que “le insta a ir” Villaespesa y que se concreta en una primera imagen de la llegada del poeta “al invernadero hundido de la estación de Mediodía”. Ese Madrid de entresiglos que, como apunta Ramón, “le causa [a J.R.J.] una impresión desabrida a la luz de los últimos resplandores del cabo de vela del siglo” que, sin solución de continuidad, se materializa en el choque que al poeta le producen “las escaleras de madera desgastada, lavadas con asperón, como las artesas”,  al subir “a la casa de huéspedes que Villaespesa le ha preparado” en la calle de Jacometrezo, una calle que “tenía en aquel momento la concentrada lección de la literatura y la vida […]. Quiero dar valor a esa calle porque por ella transita, se ajetrea y se complica la vida de Juan Ramón”, escribe Ramón. Y asociado con esa calle, Ramón se refiere a un café -no da ahora su nombre- en el que Juan Ramón “se está con Villaespesa todo el día de su llegada”. Otra imagen acuñada por Ramón nos retrata ese entorno de la ciudad que sufriría años después un cambio extraordinario con la apertura de la Gran Vía: “en la proa de ese barrio en que era vena principal la calle de Jacometrezo, se le suponía viviendo y moviéndose al poeta” y “desde los balcones de Juan Ramón se veían las afueras por encima de los tejados y se mezclaba al ocaso lo episódico y lo bohemio”. “Ese barrio -apostilla Ramón- que medio se ha comido después la Gran Vía, tenía letreros de artistas, destacándose el de una tienda de compraventa de sellos, el de una carbonería con las letras hechas con leñas y una gran esquela de defunción que aparecía como esquela de la noche cuando cerraba sus puertas la litografía en que estaba pintada”. Ahonda aún más Ramón en la descripción y caracterización de ese entorno, subrayando la presencia de cafés de ínfima categoría y prostíbulos. “Por allí andaba el Café Habanero -escribe- con sus reservados de diván y mesas de mármol en que se volvían más cubanas y mimosas las mujeres, y había algunos cafetines que, como no podían despachar alcohol pasadas las doce, daban vasos de agua que eran vasos de aguardiente” o “Por allí andaba la casa de la Matildona, una especie de marquesa de Esquilache de la complacencia […]”, “abundaban las casas de huéspedes llenas de estudiantes de farmacia. Al pasar se sentía el rizo de los dramas misteriosos y parecía que nos llamaban gentes para que subiésemos a arreglar lo que sucedía en los pisos terceros”. “Era la calle -continúa Ramón- por la que volaban sardinas escapadas de las cubetas en que formaban estrellas de los vientos en plata de mar”, hermosa greguería que nos hace ver y sentir  la condición menestral de ese entorno urbano, en el que se incrustan -ahí reside el matiz de la semblanza- los primeros libros del poeta: “Por allí estaba precisamente Pueyo, el editor y librero del movimiento [modernista], esquina a Mesonero Romanos. Era un librero con una gran nariz, nariz palillero, que guardaba los libros en su sótano, colgaba las vitrinas a los dos lados de la puerta, y en sus exiguos estantes se veían Ninfeas y Almas de Violeta, de Juan Ramón”, tienda que Ramón califica de “sórdida”. Que Ramón era un flâneur empedernido lo demuestra la intercalación yoista que hace de esta calle en cuestión haciéndonosla revivir de la misma forma en que él la está recreando desde la distancia: “Allí, en la misma calle de Jacometrezo, vi despedirse como para siempre a dos tipos de Dickens: ella con una capotita overa -color melocotón en conserva-, él con un gabán de emigrante, como quien se va a ir muy lejos”. También en la semblanza de Juan Ramón descubrimos un Madrid periférico y suburbano, el de la Moncloa, posesión que en aquel Madrid de principios de siglo era todo campo: “Juan Ramón Jiménez sigue visitando […] a su amigo Villaespesa […] con el que a veces iba a la Moncloa acompañado de Elisa, la amada del poeta, y la hermana de Elisa que, como cuñada del poeta, recibía el homenaje de los poetas sin novia […]”, a la que el moguereño le dedicó un soneto que Ramón incluye en la semblanza. Ramón que apenas escribió unos cuantos poemas en toda su vida -un soneto, de tono casi dadaísta, que empieza, continúa y termina con una misma palabra, “nieva”-, sí desarrolló una cierta labor de antólogo de poesía como se aprecia en los numerosos ejemplos que recoge a lo largo y ancho de estas semblanzas, labor a la que no sé si alguien ha dedicado algún comentario, pero que, en caso negativo, habría que hacer.

También en la proximidades de aquella primera pensión en que Villaespesa alojó a Juan Ramón, “en un piso bajo de la calle de Andrés Borrego, en las líneas que cortan Jacometrezo, Tudescos, Silva, Desengaño y Luna, está de huésped Rubén Darío, que ha llegado por primera vez a España”, donde “Juan Ramón le va a buscar muchas tardes y le encuentra escribiendo en pie, junto a una cómoda, con el sombrero de copa puesto y en mangas de camisa”. Tras esta primera estancia y “ante la inmovilidad del aire de Madrid” -metáfora que encierra la decepción del moguereño- “Juan Ramón piensa volverse a Moguer y un día deja la calle de Jacometrezo que    -observemos el detalle con que Ramón retrata un momento histórico- se está atestando de familias que vuelven de Cuba y de Filipinas cargadas con muebles recargados que había que cortar para que pudiesen entrar en los pisos angostos”. Sin la presencia del poeta en la ciudad esta “se quedó como desahuciada la pulmonía poética de Madrid”. “En su ausencia -escribe Ramón en ese registro yoista que tanto cultivó y que le caracteriza- cuajó el libro más amarillo y puro de la época: Arias tristes […]”, que se publicó en 1902. Y ese yoismo se amplifica cuando a renglón seguido recuerda: “Íbamos a la Casa de Campo para leer en el paseo de los álamos blancos las estrofas de ese libro que situado en el 900 tiene una importancia colosal y de él nacen todos a la nueva poesía. Solo en el otoño de la Casa de Campo con su fondo de humedad en el Madrid seco, con sus fuentes de posesión Real, iban bien las Arias tristes, y aprovechamos el tener papeleta para entrar, pues había épocas en que eso era muy difícil porque no se concedía ninguna y se retiraban las dadas porque era época de anarquistas, época que se presentaba en periodos variables y que vedaba las posesiones del rey”. Esta posesión real fue cedida el 20 de abril por el Gobierno provisional de la Segunda República al Ayuntamiento de Madrid “para ser destinado a solaz y recreo de los habitantes de la capital de la Nación”, después de ser proclamada aquella el 14 de abril de 1931. El Articulo 1º del Decreto especificaba que “se ceden al Ayunta­miento de Madrid para que sean des­tinados a parques de recreo e instrucción, los terrenos de la “Casa de Campo y del “Campo del Moro, sitos en esta capital”. Probablemente en la época que recuerda Ramón su acceso a la posesión real se deba a alguna gestión realizada por su padre, funcionario del Estado. Allí se recordaba a sí mismo Ramón “con el libro de cubierta amarilla -a la moda de Francia- debajo del brazo […] frente a las colinas de la ciudad de Lope, de Góngora, de Quevedo y de Calderón”, símbolos del Madrid literario del Siglo de Oro. A aquel Madrid “cochambroso, chamarilero, manirroto, eremítico” de 1902, nos dice Ramón que vuelve, necesitado de él, Juan Ramón en 1902 y que “frente a los cafés, esquinas y casas grises” cae el poeta en la neurastenia, acogiéndole el doctor Simarro en “un hotel extraño, húmedo, cipresal” en la calle de Serrano, que Juan Ramón -dado a bautizar los lugares en los que vivió- llamaría Sanatorio del Retraído, cuyo jardín califica Ramón de “tétrico”. Ramón se arroga la vuelta a Madrid del poeta y también del pintor Gutiérrez Solana, al que dedicaría una biografía completa. “Juan Ramón me escribió pidiendo que le buscara una pensión cerca de una casa de socorro. La petición era inquietante; pero yo sabía que el poeta vivía una sensible neurastenia […] le busqué la casa cerca de una policlínica de urgencia de esas que disfrazan de rojo el farol de la calle que le corresponde enfrente, y un día fui a esperar al poeta”. Nada más llegar, nos cuenta Ramón, Juan Ramón quiso visitar lo primero a varios amigos, el primero, a un tal Ortiz de Pinedo, “empleado en una sucursal de la fábrica de luz eléctrica”; el segundo, a Cansinos Assens en el periódico de La Correspondencia de España, “viejo edificio de la calle del Factor, en el que trabajaba de redactor Cansinos”. “La ´Correspondencia de España´ -nos dice Ramón- olía a ratones y a folletines y tenía una tristeza infinita del periódico viejo, el periódico de las restauraciones y los pasteleos”. Por contraste, la tercera visita fue a Francisco de Acebal, director de La Lectura que “estaba junto a una casa de Robes en Recoletos, y tenía gabinete silencioso con cortinas grises, digno marco a la revista de lujo con la literatura sobre papel couché una vez al mes”. Aquella jornada termina con una referencia a la noche madrileña, en día de lluvia: “ante unas gotas de lluvia se habían abierto unos cuantos paraguas que eclipsaban un momento los escaparates. Le acompañé a su casa, y nos abrazamos como el cicerone y su forastero en el primer día de Madrid”. Ramón reflexiona a continuación sobre esa jornada y llega a la conclusión de que Juan Ramón Jiménez “necesitaba la compañía de un introductor de embajadores más que la compañía de un literato bohemio empedernido y manso como yo”.

Los saltos temporales son una constante en las semblanzas ramonianas. De aquellos primeros años del siglo XX que acabamos de recordar, salta al Madrid de 1917, año en que Juan Ramón Jiménez publica Platero y yo (edición completa): “¡Qué ejemplo dio a Madrid, al Ateneo, a las tertulias, a las redacciones de las revistas y de los diarios con aquel Platero que traía las arganas de sus serones llenas de libros amarillos!”. Y evoca, aunque sin citarlas, las librerías en la que apareció el libro. Para entonces la relación de Ramón con el poeta se hace más distanciada: “Yo disminuyo mis visitas al poeta, porque es difícil hablar con él, ya que de tanta confidencia penosa como exige había que entrar en una hipocresía a la que yo no me acostumbraba”. A seguido, Ramón relata el que considera el hecho más grave “que sucede en su vida”, al que califica de “la tragedia de su pleito”, que había, por fin, llegado al Tribunal Supremo, paredaño con la iglesia de Las Salesas Reales que sufrió un incendio en 1908. “Yo era -nos cuenta Ramón- oficial letrado de la fiscalía del Tribunal Supremo, y esa mañana del suceso había decidido ir a la oficina, cosa que no solía hacer casi nunca […] las llamas llegaban al cielo y todo el edificio estaba acordonado […] la justicia ardía aparatosamente, y se veían humos negros que salían de los legajos de los procesos […] se depuraba la propia justicia y parecía libertarse el peso almacenado de las sentencias. Tenía más prisa en arder que otros edificios. Y estando contemplando aquel volcán con ventanas y cúpulas, me acordé de pronto del pleito de Juan Ramón, que yo sabía que estaba en estrados, sobre la mesa del tribunal ya. Hubiera corrido a la sala 2ª, intentando el salvamento de los documentos que abonaban el derecho del poeta al resto de su fortuna en la empresa vinatera, pero ya se derrumbaba el ala de aquel salón”. También recuerda Ramón relacionado con este luctuoso hecho, que “en el cajón de mi mesa se quemaba una biografía con láminas, de Rosetti, y un diccionario”. El incendio de los documentos de su pleito dejó al poeta “triste, arruinado” y “más melancólico que nunca”, situación superada por su casamiento con Zenobia Campubrí, “mujer activa y moderna”, a la que había conocido “en sus ratos de miradas a los lejos desde el balcón de la vieja Residencia de la calle Fortuny, pues había encontrado en una ventana la silueta de una esbelta profesora de colegio norteamericano vecino a la Residencia”. A partir de ese 1917, “y después de muchos azacaneos y de saber cómo son Nueva York, Boston, Filadelfia, Baltimore y Washington, vuelve a España y publica su Diario de un poeta recién casado”. Momento que Ramón califica de “feliz y estable”, pero en el que pronto “comienza su inquietud” que da paso a lo que define como “época de muchas mudanzas” (grandes “carros de mudanza” a su puerta)”. Y esa inquietud y malestar del poeta es consecuencia de “los ruidos modernos” de la ciudad, “con las pianolas, con las radios, con los tranvías de la calle que se convierten en tranvías de juguetes en las cabezas” y “hasta no puede resistir esa voz que suena en el teléfono, ahogada como la de un polichinela, mientras él llega al receptor”. “La hiperestesia del poeta -concluye Ramón- es atroz”.

Esta semblanza de Juan Ramón Jiménez por Ramón concluye con el escenario inmediato al estallido de la Guerra Civil. El salto cualitativo vivencial del poeta en aquel Madrid de principios de siglo “cochambroso, chamarilero, manirroto y eremítico”, da paso a la descripción de un Madrid burgués plasmado en esos hotelitos que “la mujer de Juan Ramón, alquilaba -con muebles, cubiertos, copas, deshilados sobre los tableros barnizados a muñeca, jarrones de cobre con cardos de la sierra, libros escogidos en estantes de rinconera, cocina eléctrica- a los extranjeros, más bien norteamericanos, que iban a Madrid a ampliar sus estudios filológicos o históricos. Esos hotelitos estaban en el barrio nuevo del Hipódromo, y con eso vivía cómodamente el poeta, que como es natural podía escoger el mejor de ellos siempre. Todo era pulcro, bien elegido, silente, en sus hospederías para turistas estudiosos. Pero cuando ya estaba en ese equilibrio, surge la revolución”. El lector interesado en este momento de la vida del poeta puede consultar Juan Ramón Jiménez. Guerra en España (1936-1953). Edición de Ángel Crespo. (Barcelona, Seix Barral, 1985) y la aumentada recopilación Juan Ramón Jiménez. Guerra en España. Prosa y verso (1936-1954). Edición de Ángel Crespo, revisada y ampliada por Soledad González Ródenas. (Sevilla, Editorial Point de Lunettes, 2009).

II

A la semblanza del poeta de Moguer, le sigue la del escritor madrileño Eugenio Noel (1885-1936), seudónimo de Eugenio Muñoz Díaz, bohemio empedernido. Madrid queda apuntado en las primeras líneas de la semblanza: “Yo conocí a Eugenio Noel cuando comencé a estudiar la carrera de leyes en la calle de San Bernardo”, para acto seguido evocar que “me iba con él al Retiro -haciendo novillos a la Universidad- y le oía recitar los más extraños versos”. El Madrid en el que vive el polemista escritor es un Madrid miserable cuyo retrato fija Ramón en el tabuco en el que este habitaba que no era otro que el sótano que le cedió la duquesa de Sevillano -en otra semblanza del escritor, publicada en el periódico La Tribuna Ramón habla de la marquesa de la Vega del Pozo, pero ahora no vamos a entrar en esta cuestión- en “uno de sus palacios de la calle de Leganitos”, donde sirvió la madre del escritor. “En aquel caserón triste -escribe Ramón- con tipo de sarcófago, que estaba donde hoy está Molinero, Noel sintió los favores de la señora que a veces adecentaba al niño y lo sacaba de paseo”. Líneas más abajo describe Ramón con minuciosidad escatológica ese antro: “Al final del banquete [el primero que le habían dado a Ramón en la célebre Bombilla con motivo de la publicación de su libro, Morbideces, en 1908] les propuse a todos que fuésemos a ver la vivienda misteriosa de Noel y allí estuvimos pasada la medianoche. A todos nos sorprendió aquel sótano sin luz donde vivía el escritor como una rata y, cuando alguien pidió un vaso de agua, Noel produjo tal ruido de fuentes que nos consternamos (la tomó del registro de todas las cañerías), pero mayor fue nuestra consternación y, sobre todo, la del que se la había bebido, cuando Noel dijo: -¡Si seré pobre, que solo tengo este vaso para beber y… desbeber…!”. El anecdotario de la pobreza se amplifica con una historia que le cuenta a Ramón un tal Severiano del Mazo, estudiante de farmacia, que “vivía en la misma casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo”. “Todo -apostilla Ramón- les pasaba a aquellas gentes en la calle de Jacometrezo”. El carácter de esta vía lo definió muy bien Pedro de Répide en los años veinte cuando escribió de ella: “El sórdido aspecto de esta calle, en todos sentidos reducida, con sus librerías de viejo, sus tiendas de objetos de deshecho, algún que otro establecimiento misterioso y sus casas con toda suerte de pupilaje, es todavía un curioso rincón de la ciudad” (Pedro de Répide, Las calles de Madrid, Afrodisio Aguado, 1981).

A propósito de la muerte del padre de Noel cuenta Ramón cómo este le quitó los zapatos a su cadáver. “En su pobreza tenía algunos días espléndidos e inconcebibles en que nos deslumbraba con su revuelo. Yo le acompañé algunos de esos días en que se compraba zapatos de charol” y sin solución de continuidad, Ramón, con ese desorden cronológico y de temas con que confecciona estas biografías, señala que Noel “entraba en la librería de Fe y adquiría en italiano las cartas de D´Anunnzio a la Duse y después invitaba a comer en los italianos”, un establecimiento que no específica dónde estaba situado. Por esa época, Ramón recuerda que “yo vivía con mi padre en la calle de la Puebla -Ramón vivió en este domicilio, en el número 11, entre 1904 y 1920-; pero apenas podía socorrer a Noel y le daba levitas viejas, algún libro, lo que podía”. En esos años -en 1909- cuenta Ramón que algunas veces Noel “tuvo que acogerse, a la caída del sol, a la cola de miserables que cenan, pernoctan y desayunan en el asilo de la calle de la Corredera”. En una ocasión, Ramón le acompañó al Ateneo, pero su situación no mejoró aunque consiguió a través de Ortega y Gasset publicar artículos en El Imparcial. Antes de enrolarse Noel como voluntario en la guerra de África, Ramón le evoca con su “tipo estrambótico que paseaba airadamente su melena por el Madrid de entonces”. Con relación a la faceta antitaurina  y antiflamenquista del bohemio escritor, Ramón le recuerda “en la calle de Sevilla, llena de toreros, vilipendidado por ellos […] con la vista baja, melenudo […] dando miedo de toro a los toreros valientes” y “en Fornos, lleno también de toreros, le hicieron una vez bailar sobre un velador”. Después de una vida azarosa que le llevaba a dictar conferencias aquí y allá, “cuando volvía a Madrid, después de sus viajes, se le veía boyante, sentado en las terrazas y concitando a su alrededor con verdadero ensañamiento un enjambre de gitanas vendedoras de décimos, buenaventuradoras, floristas…”. También Pombo aparece en la semblanza dedicada a Eugenio Noel en forma de anécdota. “Una noche, en Pombo -escribe Ramón-, me encontré con que había un niño de once a doce años en la tertulia. -¿Y tú quién eres, niño? -Yo soy el hijo de Eugenio Noel […]. -Pide lo que quieras. El niño pidió un doble de cerveza y comenzó a contar proezas de su padre, consignando que era el escritor que había cobrado más por un soneto, pues lo había publicado en veinte repúblicas americanas y se lo habían premiado en diez concursos”. Un salto temporal con el que termina la semblanza de Noel, nos lleva a abril de 1936, año de su muerte. “Yo le dediqué -finaliza Ramón- una necrológica por radio, en Madrid y fue -confiesa- la última vez que hablé con García Lorca, que me llamó por teléfono después de oírme y me dijo que estaba llorando”.

III

En la biografía que le dedicó al escritor argentino vanguardista Oliverio Redondo (1891-1967), cuya amistad y ayuda fue decisiva para Ramón en sus primeros años en Buenos Aires tras su salida de España en agosto del 36, Madrid es apenas un esbozo representado por el periódico El Sol donde Ramón le dedicó un artículo “de primera plana” a su libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, publicado en 1922. Más adelante desvela Ramón una anécdota relacionada con este libro muy en la línea de esos juegos verbales a los que era tan dado. “Los poemas son de 1921 y de 1922 y están llenos de visiones y matices rotundos. […] Ese es el momento de nuestro encuentro, cuando yo escribí sobre su obra suponiendo haber leído sus poemas en un verdadero tranvía, en el Nº 8, que es el que hace mayor trayecto en Madrid, pues va del Hipódromo a la Bombilla y aun así tuve que sacar dos billetes porque todavía seguía leyendo el libro después del recorrido y entonces le pedí al cobrador: ´Billete hasta el último poema´”. Esta verdadera o falsa anécdota -más parece ocurrencia- obedece a lo que líneas antes se ha propuesto hacer con Oliverio Redondo: “voy a hacer su biografía de creador y de personaje”. La distinción es muy importante, porque en el escritor argentino ve un par del personaje que siempre asumió Ramón. “Íntimamente me dije: ´He aquí un poeta en prosa hijo de los tiempos que corren, descubridor, precursivo, digno de compartir nuestro derecho a la primogenitura y a sentarse a nuestra mesa sin previo aviso”. Y esa mesa no era otra que la de la tertulia de Pombo a la que se refiere Ramón en los siguientes términos: “En vista del feliz encuentro cenamos en mi café de Pombo y con la última botella de un licor de rosas, un Rosoli que quedaba en la bodega del viejo café desde tiempos de Espronceda, brindamos por una amistad que había de intensificarse con el tiempo” o “En Madrid vivimos noches inolvidables de Botín y de Pombo”.

IV

La biografía que Ramón dedica al hispanista francés Jean Cassou (1897-1986), figura fundamental en la difusión de la obra ramoniana en Francia, aunque no muy extensa, se centra sobre todo en el Madrid de la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931. “De vez en cuando Cassou visitaba España y entonces había fiesta en Pombo. El año 31 llegó Cassou a Madrid para dar unas conferencias en el Colegio Francés y precisamente el día en que iba a dar la primera sobre El elogio de la hipocresía, se declaró la República en España. Yo fui a buscarle aquella tarde al Colegio Francés y después de pasearnos por en medio de la revolución, ya que no era día de hacer elogios de la hipocresía, cenamos juntos en mi Café. A los postres le dije: -Ahora dígame qué prefiere, que nos paseemos viendo la revolución o vayamos a un teatro. –Cassou me respondió, riendo efusivamente: -¡Hombre! Ver la revolución”. La mayor parte de las veces  Ramón utiliza en sus escritos biográficos y autobiográficos este término de “revolución” para referirse bien a la proclamación de la Segunda República, como en este caso, bien a la Guerra Civil. “La última vez que lo veo [a Cassou] en Madrid -escribe a continuación- es en el Madrid visperal de la segunda revolución. Había ido a España, con Lenormand y Malraux, en visita política. Yo solo asisto al banquete íntimo que se le da en un figón castizo”, sin decir cuál, probablemente Botín. “A los pocos días estalló la revolución, pero no la que preparaba en Francia Cassou, sino la revolución de la pobre España”. Con relación a este viaje de Cassou con Henri Lenormand y André Malraux, recogí esta visita, por otros motivos, en mi libro Los despachos de Ramón Gómez de la Serna. Un museo portátil “monstruoso” (2014) -véase la nota 74-, a partir de un texto de Vicente Molina Foix que, en apariencia, nada tenía que ver con el tema que yo trataba allí. Los tres vinieron a Madrid en mayo de 1936, invitados por José Bergamín. Y el recuerdo de Ramón confirma aquella visita y refuerza la posibilidad que yo planteaba en el libro, la de que Malraux bien pudo haber visitado en esos días el despacho de Ramón.

V

La biografía de Francisco Vighi (1890-1962) es, sin duda por la amistad que tuvieron ambos, una de las más entrañablemente escritas por Ramón. Recordando su etapa de interno en el Colegio de San Isidro en Palencia, confiesa Ramón que entre los medio internos del colegio “se destacó siempre para mi afecto: Paco Vighi, sano y simpático muchacho […] hijo de italiano con palentina”. Lo retrata así: “Paco Vighi era ya enfático, fantasioso, pero cordial como nadie y traía dentro de la gorra dura y galoneada pájaros que parecía haber cazado en las acacias”.  Años más tarde coinciden en Madrid: “cuando años más tarde me lo encontré en Madrid recitando en la noche sus versos llenos de imágenes nuevas, me di cuenta de qué calidad era aquel albayalde luminoso que blanqueaba su rostro […]”. Un Madrid de tertulias sobre el que gira este compañero de andanzas, pero sobre todo la de Pombo. “Francisco Vighi, después de muchos años de pertenecer a la tertulia de Valle Inclán en el castizo Café de Levante, pasó a ser mi brazo derecho en la tertulia de Pombo. Al verle entrar por el arco de la Sagrada Cripta siempre le gritaba yo: -Pase el noveno poeta español. Era lo que más le satisfacía y con cierta socarronería recababa para sí ese noveno puesto en la poesía contemporánea”. “En los días  solemnes [de Pombo], Vighi recurría a sus versos camperos, de la vega, de la alta meseta, de sus ríos, de sus campesinos y de sus piedras. Había que dejar bien sentada la fama de que en Pombo había buenos poetas y así ese americano, esa dama hermosa o ese extranjero se podían llevar una buena idea de la noche”. También evoca Ramón en esta semblanza el Madrid noctívago por el que “Paco Vighi, recobrado, pasea por el Madrid nocturno junto al pintor Solana, cantando vaqueiras y asturianas, que conmueven a los serenos […]”. Pombo es, como hemos comentado, el marco principal que encuadra y fija sobre las demás anécdotas la semblanza de este magnífico poeta, también ingeniero industrial, que escribió el mejor poema, sin duda, de cuantos se escribieron sobre Pombo, una de las mejores síntesis sobre el café y la tertulia, que comienza: “Este café tiene algo talanquera / y de vagón de tercera”, de ecos machadianos. Con este poema concluye Ramón “la silueta de ese estudiante pirandón sin mengua que es un inconfundible poeta”. “Como un recuerdo y una síntesis que renuevan nuestra amistad, y que prueba lo buen poeta que es este condiscípulo de colegio, vayan sus versos titulados Tertulia, dedicados a mi Café de Pombo”, otro ejemplo de la faceta antóloga de Ramón en estas semblanzas.

VI

Paul Morand (1888-1976), escritor y viajero cosmopolita: “su destino era de viajero”, dice de él Ramón. Lo vemos en el Madrid de la Primera Guerra Mundial “durante una larga temporada, cuando la guerra, [donde] adquirió una claridad especial de la imagen”. A ese momento pertenece el evocativo caligrama urbano “En la Puerta del Sol” o “Antología, “deslumbrante collage de anuncios“ como lo define Juan Manuel Bonet, que inserta Ramón en su relato con el siguiente pie: “humorístico poema a la Puerta del Sol escrito por Paul Morand durante su estancia en Madrid como secretario de la Embajada francesa”, aparecido en la revista ultraísta Grecia, el 10 de junio de 1919. De vuelta de un viaje a Nueva York del que dejaría constancia en su libro homónimo de 1930, Morand visita el ya famoso por entonces Torreón de Ramón: “De vuelta de esa Nueva York que tan bien había descrito, me encontré con él en mi torreón madrileño. Estaba como en el intermedio de dos viajes y se le notaba. Durante unos momentos no sirvieron de nada todos mis cachivaches para que mi estudio pudiese defenderse de convertirse en andén”. En el resto de la semblanza el escenario de encuentros y relaciones entre ambos escritores es París.

VII

El Madrid del 900 es el que aparece evocado en la semblanza del escritor, periodista, crítico teatral y dramaturgo, y también traductor, Luis Ruiz Contreras (1863-1953). “Fue -nos dice Ramón- un literato de gran prestancia, de fino espíritu, con una vocación por las letras con ferocidad de tigre”. Ramón le atribuye la fundación de una singular tertulia: “exaltador de aficiones, médico de impaciencias literarias que hasta llegó a fundar la única taberna literaria como Le Chat Noir, en el Madrid del 900”. Un jovencísimo Ramón le visita en su casa: “vivía en la calle de Alcalá y a aquella hora en que le visité -en plena adolescencia, ha señalado antes- pasaba por el écran de sus balcones una serie de entierros negros”, lo que me hace pensar que vivía próximo a las Ventas camino del cementerio de Nuestra Señora de la Almudena. Sin embargo, en las Memorias inmemoriales de Azorín (Editorial Magisterio Español, [1946],1967) leemos que X -personaje que encarna al escritor- “lo ve en su casa de la calle de la Madera, hace medio siglo”. “Las tardes en casa de Ruiz Contreras eran cuajadas, largas, hechas con tiempo de dos siglos -XIX y XX- y no sabía uno irse de su lado. Planteaba constantes e intensos problemas sobre el teatro, sobre la amistad, sobre el amor”. En cuanto al primero, Ramón recuerda que “Ruiz Contreras era célebre en el Madrid de ese tiempo, porque cuando iba a un teatro y se quitaba el sombrero quedaba un solideo de seda, con el que asistía a la representación”. “Me iba a ver a Pombo -dice Ramón más adelante-, de vez en cuando. Ya necesitaba el calor de las tertulias, porque se atería en su casa de soltero viudo. Yo siempre le estimaba y le admiraba por su condición de literato sutil y de viviente libre y bohemio. –Siéntese, siéntese aquí a mi lado, don Luis. Todos le trataban con deferencia y los más jóvenes se quedaban asombrados ante su gorro de seda. –¿Pero cómo se ha venido de levita?”. Su presencia en Pombo debió ser en los primeros años de la tertulia, cuando el escritor había sobrepasado la cincuentena. Cierra la biografía Ramón con una anécdota del escritor bien significativa que ejemplifica los turbulentos momentos iniciales de la Guerra Civil en Madrid: “Vino la guerra civil. Todos nos desperdigamos y supe que el pobre Ruiz Contreras estuvo a punto de ser fusilado por los rojos, porque les pareció un señor muy raro, con aquel solideo de canónigo, en zapatillas y de golondrinesco frac dentro de casa […] El anciano bohemio y animador de las letras andaba por casa desolado, con el recorte de un periódico socialista, en que escribió un artículo una vez, clavado con un alfiler en la solapa de su eternal gabán, por si volvían los escopeteros, enseñárselo rápidamente y que no le matasen”. Andrés Trapiello en Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1936-1939) (Ediciones Destino, 2010) cuenta que “le confundieron con un clérigo y se lo llevaron a darle el paseo […] A los de la patrulla les confundió el gorrito -el solideo del que habla Ramón- que usaba al estilo Anatole France”.

VIII

De nuevo Pombo aparece como única referencia a Madrid en la breve semblanza dedicada al ganadero y poeta Fernando Villalón (1881-1930), quien, como señala Ramón, “comenzó a vivir la vida del arte tarde. Pero ¡con qué prisa y qué avidez se sorbía los ambientes literarios y le picaba el sol de la corte de los poetas! Yo le tenía siempre que iba por Madrid en mi tertulia de Pombo y colocaba en la redecilla para los gabanes su pesado paletó, como torero que coloca la capa sobre el balaustral de la barrera”. Ambientes literarios decisivos para fraguarse un nombre en el Madrid de las letras del primer tercio de siglo pasado, que frecuentó Villalón tanto en Madrid como en su Sevilla natal de los que también Ramón ofrece algunas referencias.

IX

A Emilio Carrere (1881-1947), escritor que encarna como pocos el gremio de los escritores bohemios, Ramón recuerda que le “veía pasar bajo mi balcón […] siempre me decía con emoción: ´Ahí va el poeta´”. Anécdota de juventud pues líneas antes dice: “Yo vivía en otros avatares, en otros proyectos de vida, en un afán de literatura nueva con locura de adolescente”. Y eso ocurría, nos dice Ramón, “cuando yo vivía en el barrio de los cafés poéticos de principios de siglo y enfrente de mi casa había un estanco en el que Carrere compraba tabaco para su pipa y salía encendiéndola con los ojos disparados hacia el cielo”. Sin duda, se trata de la casa de la calle de Fuencarral, 35-37,  en un barrio de claras connotaciones galdosianas donde, como dice el biógrafo de Ramón, Gaspar Gómez de la Serna en Ramón (Obra y vida) (Taurus Ediciones, 1963), “la vida irradiaba con mayor penetración sobre la ciudad, en un ambiente de ´modesta vida mesocrática´, barrio popular con redacciones de periódicos, imprentas, teatros y cafés”, donde Ramón vivió entre finales de 1901 hasta 1903, habiendo despertado ya a la vocación literaria. La calle, los cafés y las tabernas de Madrid son el escenario esencial del escritor bohemio. “Carrere -nos dice Ramón- “ha sido el poeta que vive sinceramente en la calle sin excesivos alardes. Es el que más asiduamente ha vivido en el arroyo y ha entrado embarrado en los cafés y las tabernas, clarividente, lunático […]”. Quizá debamos entender aquí arroyo por suburbio, por barrios bajos, por las afueras. Como ejemplo de ese Madrid “que ya no era capital más que de España” recoge una composición poética de Carrere  cuyos primeros cuatro versos dicen: “Cruzábamos lentamente / las calles llenas de luna, / y el hambre bailaba una / zarabanda en nuestra mente.”, y siguiendo el hilo de ese escenario urbano confirma que “el poeta tenía la cortesanía exquisita, noble, hidalga, que necesitaban y merecían las esquinas del Madrid de aquel tiempo y era como peregrino que elevaba el vagabundaje y el vivir literario casi sin esperanza en aquellos tiempos”. Calles y cafés: “fuimos amigos siempre y nos era grato estar en divanes próximos en los cafés llenos del aliento espiritual de los que solo pretendían tener alma y vivir bien su agonía”. Y frente a estas realidades poetizadas -transmutadas, sin duda, por el recuerdo- la realidad más prosaica del Tribunal de Cuentas frente al Hospicio en la calle de Fuencarral, donde le dieron un empleo. ¡Cuántas veces no coincidirían por las tabernas próximas él y Manuel Machado, primer director del Museo Municipal, abierto, en aquel edificio antañón y barroco de Pedro de Ribera, en 1929. Calles del Madrid “pobretón” como lo califica Ramón al referirse a ese deambular constante del poeta, quien tras derrochar una herencia inesperada, “volvió a la pobreza y a su nocturnidad sin blanca”. La semblanza de Carrere termina también en el Madrid de la Guerra Civil, en la ocultación del poeta “en un manicomio” para salvar la vida y a ese hecho añade Ramón una apostilla: “Ahora -es decir, en los años en que escribe Ramón este retrato- se cuenta otra verdad de lo que sucedió durante los años homicidas -otra forma de referirse a la Guerra Civil-, que estuvo en el mismo cementerio que el escritor José María Carretero [El Caballero Audaz] y tan bien guardados los tenía el enterrador, tan en herméticos y distintos panteones, que durante sus tres años de panteonizados no supieron que estaban cerca para evitar la conversación literaria y divagatoria que pudo haberles perdido”.

 X

Otro gran frecuentador de aquel Madrid suburbial fue el escritor Antonio de Hoyos y Vinent (1884-1940), nacido en el seno de una familia aristocrática, del que Ramón traza un retrato en cierta forma moralista y con un cierto aire de ajuste de cuentas. Así nos lo presenta en aquel Madrid previo y en los primeros momentos de la Guerra Civil: “Antonio de Hoyos, con su traje gris violeta de mangas estrechas, su camisa de seda y su monóculo -la imagen del dandy-, llevaba un carnet de sindicalista en el bolsillo. El marqués de Vinent -marqués de Hoyos, era su hermano mayor- exhibía de vez en cuando en la España anterior a la revolución su carnet rojo, el carnet de por si acaso. Parecía una broma del artista decadente y lo que sorprendía es que los sindicatos aceptasen aquella adhesión cínica […]. El pobre Antonio no tenía idea de cómo el porvenir había de complicarle en su vorágine de muerte, aunque tuvo días de novelería trágica mientras duró la inconsciencia -otra forma de referirse a los aciagos días de la Guerra Civil- y acudía el marqués vestido con su overol o “mono” de seda azul, a los bares con mostrador de barricada”. De la turbulenta vida del escritor (que impregnaba sus novelas) refiere el hecho de que un “día […] apareció medio muerto en la Plaza del Progreso, con una profunda herida en la cabeza”. Y, relacionada con su sordera, cuenta Ramón una anécdota que muy bien pudo ocurrir en Pombo, tertulia a la que Hoyos fue asiduo: “Alguna vez, aprovechando su sordera, algunos hablaban mal de él en el corro, pero recuerdo que un día lo notó y con su voz de sordo apocalíptico dijo para lección de todos: -Es una villanía hablar mal de alguien, aprovechándose de que no puede oír”. Sí, debió de ocurrir en Pombo, porque por asociación de ideas, Ramón habla a continuación de que “en las tertulias mundanas de la Condesa de Pardo Bazán, aparecía siempre de frac la alta figura de Hoyos, con su sonrisa belfuda y su ojo con disco de cristal”. En esas referencias a Madrid al fondo de estos retratos no podía faltar, en este caso, una a la casa natal del escritor en el “palacio de los marqueses de Hoyos, en la calle del Marqués de Riscal” y a la terminación de sus estudios “en la Universidad de Madrid”, en claro contraste con otras referencias toponímicas más turbulentas en la vida de Hoyos. En un momento de la semblanza se refiere al tándem formado por el dibujante José Zamora -Pepito Zamora, otro asiduo de Pombo- y Antonio de Hoyos a los que recuerda de esta guisa: “Junto al dibujante Zamora pasaba en parodia de la misma silueta en pequeño y en grande, los dos con gabanes de cuello de piel, el uno un poco mastodóntico y el otro ligero y chiquito como un tití”, que coincide con casi total exactitud con el dibujo de Zamora que Ramón incluyó en La sagrada cripta de Pombo (1924), un dibujo de tono caricaturesco que lleva el siguiente pie: “Hoyos y Zamora, de paseo”, y que me hace pensar que Ramón lo tenía delante de sí, bien el original, bien la reproducción, cuando escribió estas líneas. Los barrios bajos, y otros lugares canallas, fueron la toponimia esencial y vivencial del escritor. “Antonio de Hoyos -escribe Ramón- recorría la ciudad [Madrid] de punta a punta en diagonales de curiosidad, con su paso fofo, con el que quería disimular su gran estatura y el aire zangolotino que le caracterizaba. Conocía Madrid hasta en el subterráneo de sus entrañas. […]. El escritor era cada vez más escritor, pero amaba el arrabal, tendía al arrabal, quería tener venia para entrar en sus cafetines y para pasar con cierto respeto junto a los faroles en que se apoyan las mujeres de la noche fumando los acres cigarrillos que las regala el golfo que pasa. En tiempos le bastó ser más chulo que los mismos chulos y sonreír con su sonrisa inerme […]”. La última imagen que nos ofrece del escritor es precisamente esa: “ya se le veía poco, solo al pasar, la última vez en la plataforma de un tranvía que iba a los barrios bajos”.

XI

La de Don Ramón del Valle Inclán (1866-1936) es sin duda la más extensa de cuantas incluyó Ramón en estos dos libros de retratos. No en vano publicaría una biografía del escritor gallego en 1944, tres años después de esta en Retratos contemporáneos (1941). La primera referencia a Madrid que aparece en la semblanza la sitúa Ramón en torno a los años de 1894 y 1897: “Llegó a la Corte como en la última diligencia -diligencia tirada por la primera locomotora gallega- y tardó días en traspasar esos puertos secos de las cordilleras […] Era el Madrid del año 97 que dentro de su pobreza valía mucho […]”. La fisonomía del escritor gallego que tanta influencia debió de ejercer en el comportamiento y actitud posterior de Ramón como personaje literario público la resalta este con precisión: “Traía don Ramón sombrero de copa alta, puntiaguda barba negra, larga melena que daba una vuelta hacia dentro sobre el cuello de terciopelo de su makferland y usaba quevedos atados con una larga cinta negra”. Esta prosopografía o retrato físico del personaje coincide en casi todo con una caricatura de Cilla publicada en Madrid Cómico en ese mismo año. “Vive en modestas casas de huéspedes”, en un Madrid que Ramón califica como “un Madrid boquiabierto, mansurrón, lleno de aguadores gallegos, y por eso Valle exageró su aristocracia volviéndose agresivamente contra aquel pueblo tan plebeyo”. El binomio corte/aguadores nos retrotrae al Madrid del Siglo de Oro, plagado de fuentes por entre las que pululaba aquel gremio de gallegos y asturianos que abastecía de agua a las viviendas, como ha quedado reflejado en la magnífica serie de estampas grabadas del francés Louis Meunier tantas veces reproducidas y algunas pinturas anónimas.

El relato biográfico de Ramón sobre Valle está plagado de anécdotas atribuidas al escritor y de sus ocurrentes e incisivas respuestas. Como ejemplo de las primeras, Ramón trae a colación la de que, en aquellos primeros años de su estancia en Madrid, “el sueño [de Valle] sería pasearse sobre un elefante blanco por la Puerta del Sol”. Una anécdota que suena a precursora de la conferencia que Ramón llevó a cabo subido en un elefante en el Circo de Invierno en París en 1928. Ramón asocia la figura de aquellos primeros años de Valle en el finisecular Madrid a la bohemia, donde no puede faltar una alusión a las tertulias de los cafés en las que nos vamos a encontrar con un Valle redactando sobre los mármoles de los veladores por encargo de un farmacéutico la publicidad de un “Harina Plástica y un Jabón de los Príncipes del Congo“ (cuya composición poética incluye Ramón en estas páginas: “Desde Toledo a Busdongo, / desde la China al Japón, / no hay nada como el jabón / de los príncipes del Congo. […]”) o años más tarde, en 1906, escribiendo en el Café del Nuevo Levante en la calle del Arenaluna decisiva carta que catapultó a la humilde bailarina Anita Delgado a su casamiento con el marajá de Kapurtala, una historia fascinante que ha sido recientemente novelada. Son varios los Cafés -y alguna cervecería como la Cervecería Candelas de la calle de Alcalá, “un gran local con frescos alegres y los primeros ventiladores de techo”-  que Ramón asocia con la figura de Valle, el Café de Madrid, el Café de la Montaña, pero sobre todo el antiguo Café de Levante o el Nuevo Café de Levante, donde Valle se reunía con Luis Bello, Anselmo Miguel, Paco Vighi, Leandro Oroz, Darío Regoyos, Vivanco, Cornuty, Corpus Barga, Ricardo Baroja y José Gutiérrez Solana. Ramón deja entrever el papel esencial que Valle jugó en el liderazgo de las tertulias y quizá fue un ejemplo determinante para él mismo, pues años después, lo ejercería en la suya propia, en Pombo, con mano de hierro en guante de seda. “Valle Inclán -escribe Ramón- se adelanta más en el Madrid literario, busca su colegiata y como si fuese un poco una horchatería para un pontífice tertuliano, se establece en el café Nuevo Levante de la calle del Arenal […] y allí va todas las noches el escritor fiero y mutilado”. Gran conocedor de la historia de los cafés de Madrid, y de otras ciudades europeas, Ramón destaca algunas características de este establecimiento: “era un café resguardado […] con un aire bohemio y japonés [con música] -música de refinados aunque baratos melómanos-, y cuando se abría la puerta en el crudo invierno salía una tufarada de humo de pipas y humo de notas”. Don Ramón “en el café se sentía el Papa rodeado de su capítulo y obligaba al silencio de un modo despótico y sublime: -Los españoles nos dividimos en dos grandes bandos… Uno: don Ramón María del Valle Inclán, y el otro: todos los demás”. Ramón describe con detalle y con precisos matices aquella manera valleinclanesca de estar y ejercer el liderazgo de la tertulia. Pero de entre cuantas cosas relata, destacaría, porque que nos dice mucho más que muchos ensayos o estudios que sobre esta singular institución de la tertulia, la siguiente: “No olvidaré aquellas noches del Levante en que se sentía una pesadillesca manía de persecuciones, todos disparados unos contra otros, todos en esa guerra civil estilo español, que hierve entre los familiares y los amigos y que tan incómoda hace la sinceridad del pensamiento”. Este comentario, producto de la experiencia directa -“no olvidaré”-, retrata aquellos foros con una veracidad que va más allá de lo meramente ingenioso, que es quizá la cualidad que se tiende a resaltar sobre todo como característica esencial de aquel mundo que orbitaba entre divanes y espejos. Lo que Ramón viene a subrayar cuando escribe este retrato de Valle, aunque sea a toro pasado y quizá influenciado por las consecuencias de la Guerra Civil, es que el ingenio mata la sinceridad del pensamiento y que ese todos contra todos parece definirnos a los españoles en cualquiera de los ámbitos de nuestra vida familiar o social. No creo que esa visión del nosotros pueda tildarse exclusivamente de esencialista. Quizá también esta reflexión de Ramón sea producto del pesimismo con el que el escritor vivió  sus años bonaerenses.

Ramón siempre marca diferencias entre él y sus retratados. Y en este caso lo hace también con una referencia a su tertulia de Pombo. Oigámosle: “El Nuevo Café de Levante tenía una cosa de viejo teatro, y al abrir su puerta de cristales se percibía la contradicción españolesca, la sarcástica esterilización, el escepticismo agresivo. Yo era de otro café, de un café aún no fundado y que años después habría de fundar, el Café de Pombo, un café más crédulo, más vuelto a la alegría pura, más dado a la broma con esperanzas de creación en cada uno de sus contertulios”. Probablemente Ramón al escribir esto último sobre su Café y tertulia de Pombo pensaría en lo dicho por Ortega y Gasset en su discurso sobre Pombo al que veía como la última barricada del liberalismo. No hace falta que citemos los nombres de aquellos que asistían al Nuevo Levante, solo rematar estas líneas con esa ajustadísima caracterización de Valle en el ámbito tertuliano: “Poseía la esgrima de la conversación”. A lo largo del relato aparecen otros Cafés vinculados con la vida de Valle. El Café Lion d´Or en la calle de Alcalá frente a la iglesia de las Calatravas, donde conoce a Ricardo Rojas en 1908 tras el estreno de Señora ama de Benavente, al que Ramón tuvo una antipatía y fobia toda su vida y que aquí ataca de nuevo por interposición de Valle: “-A mí no me gusta un teatro de esta manera. Con los recursos de presencia que el teatro tiene, nos echan a la cara trozos de realidad […] Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos”. En aquel Café “le conoce Ricardo Rojas –ignoro quién este personaje que no aparece en el índice onomástico de la reciente y exhaustiva biografía sobre Valle Inclán, La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán de Manuel Alberca (Barcelona, Tusquets Editores, 2015)-, que le asigna tertulia propia”. Tras estas líneas escribe Ramón a continuación unas palabras sobre la tertulia que no sabemos si se las está atribuyendo indirectamente a Valle o son producto de su propia reflexión: “¡Tertulia propia! Tertulia propia en España, en Madrid, es no tener nada, pues todos son rebeldes a la presidencia de la tertulia y solo tienen para el jefe de tertulia una constancia conmovedora en la asistencia”. En este contexto tertuliano, Ramón comenta además la escasa asistencia de las mujeres a las tertulias: “Pocas mujeres iban a la tertulia. Entonces las literatas tenían miedo a las tertulias literarias. Sólo la Dora -especie de asistenta de bohemios que tenía la manía de limpiarles todo […]-, se sentaba en los divanes rojos del café y, como es natural, enamoraba a todos, llegándole el turno a don Ramón, que a los pocos días reñía con ella y la echaba del café […]”. Esa situación cambiaría algo no obstante en la tertulia ramoniana de Pombo, donde está documentada la presencia de mujeres a lo largo del tiempo.

Tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, a cuyo frente ha asistido el escritor gallego invitado por Francia, a su vuelta a Madrid evoca Ramón que esa “es la hora del Café Regina, de donde había de salir años más tarde la torcedura de España, porque allí se reunían Azaña, Bello, Araquistain, Icaza, Canedo, todos ellos aún en vacaciones de sus destinos futuros”. Según Ramón, “catador de ciudades” como se gustaba definir y cronista avezado de la historia de los Cafés, “el Café Regina no tuvo nunca carácter, y tenía un aire de panteón lleno de columnas, sometiéndose la tertulia a convivir con lo que la tertulia literaria no soportó nunca, con las entretenidas de los peores señoritos. Unos cuantos escritores en aquel ambiente desorientador -subraya- en el que ya no se oía la polémica del viejo Madrid castizo -que es el que impera a la postre siempre- perdieron el sentido de la tradicionalidad de España y no se dieron cuenta de que Madrid es el maravilloso centro estático del mundo y que los mendigos son su equilibrio supremo”. Y, por último, en ese inventario de los cafés valleinclanescos también aparecen en la semblanza el Café de la Montaña, el  Café de Fornos, el Café Inglés o el de La Granja del Henar. Este último caracterizado como “más café de todos los advenedizos que sus otros cafés, más en medio de esos seudointelectuales que se han vuelto ambiciosos, que viven de sus gratificaciones, de cargos, de estafas políticas”, juicio adverso claramente dirigido a la Segunda República y a algunos de sus adalides. Y es en los aledaños de este Café donde Ramón vio a Valle por última vez en el frio invierno de 1935: “nos saludábamos bajo un árbol helado y no le importaba estar un largo rato de pie y parado en medio de la calle en que daban su más violenta carga los cosacos del frío. […] –Vengo del café de La Granja y voy al Lion. Supongo -recuerda así el momento Ramón- que voy a encontrar el otro vaso comunicante de la misma vaciedad. No sucede nada. El mismo café que no es café ni en un lado ni en otro, pero quiero estar a esa hora en que la historia contemporánea cierra su capítulo del día”.

Aunque, como hemos visto, los Cafés y sus respectivas tertulias ocupan buena parte de la semblanza de Valle-Inclán, el deambular del escritor gallego con sus congéneres por Madrid ocupa también una parte de la misma como si con ello Ramón quisiera evocar la peripatética y fatal noche de Max Estrella y Don Latino de Hispalis de Luces de bohemia. En ese deambular se inscriben los siguientes dos ejemplos: “Otros días a la salida del café se iban a la Plaza de Oriente a despertar al rey, y allí declamaban retazos de sus obras malas y buenas” o “Alguna noche se corrían hacia la carretera del Pardo, y hubo una vez que vieron llegar una manada de toros. Los vaqueros gritaban -¡Apártense! ¡Jujuí! ¡Fuera!. Pero don Ramón se quedó quieto en medio del alud, y después que hubo pasado el peligro les dijo a todos: -Un hidalgo de mi linaje no ze aparta por unos bueyez miserables ni tolera que le griten los vaqueros. […]”. Eran los tiempos de vivir todas las madrugadas, como riqueza tolerante de sus vidas pobres, mirando lavarse en las fuentes públicas al pordiosero de la mañana”. Largas noches en las que “Valle vuelve a su casa a las mil y tantas y se encara con lo inaudito. La ciudad, la capital de España, vive del rumor de sus serenos, de su ruido de llaves, de esa única vigilia de los abreportales”, en su mayoría procedentes de Asturias. “Ya era una obsesión ver a don Ramón y comentar sus apariciones.       –Ayer me crucé un momento con don Ramón en las Cuatro Calles, a las cuatro de la mañana. Fue un encuentro macabro y español, porque nos detuvimos junto a ese pobre de piernas cortadas y que canta flamenco hasta que amanece, rasgueando quedamente su guitarra”. Ese Madrid en el que, como dice Ramón, “hay que ganar la victoria literaria” y en el que “don Ramón intenta ser actor”, debutando un día con La comida de las fieras (1898) de Benavente. Vida que discurre entre las “casas de huéspedes y las reuniones en los divanes de los cafés”. Pero también Valle frecuenta instituciones más respetables. En la primera década del novecientos, en la que “Valle Inclán se siente el artista [y] se mezcla a los pintores […] aparece por el Círculo de Bellas Artes, que entonces está en el viejo palacio que abre la calle de Alcalá y cuyo balcón combinado con el portal es un modelo de barroquismo madrileño”, el que fuera el palacio del Marquesado de la Torrecilla. También el Ateneo de Madrid, en una de cuyas casas anexas vivió y donde dicta conferencias o lleva a la venerable “cacharerría su arte polémico del café”. El periplo madrileño que traza Ramón del escritor gallego termina con una referencia a uno de sus domicilios en Madrid: “Valle Inclán vive en esa calle de don Francisco de Rojas la mejor época de su vida […] era grato el barrio y eran anchas las calles”. Tanto identifica Ramón a Valle con Madrid, que tras la anécdota ocurrida en la Cuatro Calles, concluye diciendo: “Eran las últimas veces que lo veíamos como si fuese la clave del Madrid que se iba a derrumbar al faltar su grapa sostenedora”.

XII

Al comenzar el retrato de Eugenio D´Ors (1881-1954), Ramón alude a uno de los rasgos más esenciales de cómo entendía él la biografía: “Uno va muriendo y viviendo en estas biografías, pero bien merece la pena vivir y morir en este esfuerzo, si se hace un poco de justicia en la vida llena de injusticias. La biografía de Eugenio D´Ors me interesa más que otras”, apunta. La primera referencia a Madrid se refiere a que “se doctora” aquí. Luego le vemos dando una conferencia en la Academia de Jurisprudencia en 1920, “en la que habló de la posibilidad de una civilización sindicalista y ya entonces inició las ideas de las que hoy están en los programas llamados fascistas”. “Por fin -añade a continuación Ramón- aparece residiendo en Madrid”, donde “trae su catalonía”, como Valle había traído a la corte “su galaiquismo”. Entre los recursos retóricos utilizados por Ramón -etopeya y prosopografía, a los que ya he dedicado un artículo en este blog- no me resisto a dejar de citar cómo ve Ramón la llegada de d´Ors a Madrid: “Llega con su traje de palafrenero de carroza entre fúnebre y real, que fuese al mismo tiempo descendiente de Luis XVI y al mismo tiempo actor de la comedia francesa y al mismo tiempo artista de la pantalla literaria. Su mirada es bilingüe y dispara como flechas sus cejas voladoras sobre unos ojos inteligentes. Viene con gabán de pieles […] y se crea en Madrid una competencia de gabanes literarios, pues solo hay un escritor que usa esa clase de gabanes, don José Francés, y se llega a dudar si es que lo prestaba a D´Ors”. La llegada de d´Ors a Madrid “alegraba la mañana madrileña”. Una anécdota que relata Ramón es muy reveladora de la psicología del escritor catalán: “recuerdo -escribe Ramón- una noche de puro Eugenio D´Ors. Fue hace algunos años. Dábamos una cena en Villa Rosa en honor de Marinetti y su esposa. Había varias señoras y caballeros vestidos de etiqueta. El colmado de los castizos tenía reunión de grandes señoritos en su sala interior y hasta algunos escritores tomábamos parte en la farsa. Por fin llegó Eugenio D´Ors muy acicalado con un antifaz negro. No era carnaval, ni sus proximidades y no lograba encubrir ni un ápice que era D´Ors el enmascarado, pero aquella noche había creído que eso le iba a dar un gran misterio. -¡Pero Eugenio, que se le conoce demasiado, quítese el antifaz! –le dijo una amiga. D´Ors se quitó el antifaz negro, pero se lo atravesó sobre la pechera del smoking, como una banda de ojos gatunos. Marinetti estaba asombrado y dudaba de lo que veía. Aquel era un futurismo dieciochesco que no comprendía desde su futurismo veintista. Eugenio D´Ors había querido realizar una pantomima italiana arlequinesca, maquiavélica, clara como un día de niño en vacaciones”. Probablemente la conjunción de un colmado de lujo como Villa Rosa, lo dieciochesco del hábito del catalán y el futurismo marinettiano sea uno de los cocteles más sugerentes del Madrid evocado por Ramón. Frente a la figura de d´Ors, Ramón nos habla de un Madrid “centrador, equiparador, equitativo y berroqueño” que le va a dar lo suyo. Pone algunos ejemplos, no exentos de humor: “D´Ors escribe sus glosas en “ABC”, y hay quien las llama losas”. Del seudónimo utilizado por el escritor catalán “Un ingenio de la corte”, en los medio literarios “se dice que son de un “Eugenio de la Corte”.

XIII

Sabemos que la relación entre Ramón y Pío Baroja (1872-1956) fue de todo menos amable, por ambas partes. “Voy a trazar una biografía veraz y pintoresca del novelista don Pío Baroja. Ya está en la edad de las biografías completas porque ya ha pasado de los setenta años”, comienza así Ramón. “Vive en Madrid junto al campo de los ajusticiados y queda en su imaginación un vivo recuerdo del patíbulo y sus largas lenguas, que le hace preocuparse siempre de ahorcados y verdugos, andando él como un poco ahorcado por en medio de la vida”. Imagen que subraya lo sombrío. Idas y venidas de Pamplona a Madrid, médico en Cestona “con tan mala fortuna y con tal desgana que prefiere enderezar la tahona de las Descalzas que posee en Madrid su tía Juana Nessi”. “Mezclado con la bohemia literaria de su tiempo” por Camino de perfección (1901) “le dan un banquete en el Parador de Barcelona, al que acudió Galdós, Silverio Lanza, Ortega y Munilla, Mariano de Cavia, Azorín y el Comandante Burguete […] Al final hubo palos porque a la salida -al desembocar la calle sórdida en la calle de Alcalá- unos señoritos abuchearon a los melenudos y se armó la gresca”. También, cómo no, alude a los Cafés, entre ellos el Café de Levante: “Baroja entra en los primeros cafés literarios y entre aquella fauna que conoce está         -volvemos a verle de nuevo- un tal Cornuty, que decía haber sido el compañero íntimo de Verlaine, franchute que hablaba un español chapurreado. Traía la moda epatante de los cafés de Baudelaire […]”. Aquel Madrid de finales y principios de siglo es la materia de la que se nutre la literatura barojiana como subraya Ramón: “Dedicado a la novelística como al arte de pasar los inviernos en casa entretenido -con unas terribles zapatillas como apósitos de los pies- Pío Baroja ha ido creando una obra carbonera, densa, áspera, tanteada, que será la crónica somera, escueta, desganada, pero casi única del Madrid de principios de siglo. Muchas de las casas que pintaba Baroja se desmoronaban al día siguiente de su descripción, como si no estuviesen esperando para desaparecer más que ese momento, pero, gracias a Baroja, se habían salvado de desaparecer en la memoria. Recuerdo que en Los últimos románticos, por ejemplo, describía Baroja unas tiendecitas que había en el pedestal de la iglesia del Carmen -como las que hubo bajo las gradas de la célebre iglesia de San Felipe en la Puerta del Sol- y desaparecieron en cuanto apareció la novela” en 1916. “De ese ambiente madrileño de pobretería, conflictos espirituales y casas de huéspedes, surge El árbol de la Ciencia” (1911). La afición peripatética del escritor vasco y sus incursiones por los suburbios madrileños también la refleja en esta semblanza Ramón: “Las novelas de bajos fondos como La busca […] son las novelas de Baroja que representan sus paseos nocturnos por las calles, sus visitas atribuladas, su darse cuenta de lo que había de calvario humano y de pecado pobre y conmovedor en el Madrid simpático. Ni perversión, ni ensañamiento, sino una especie de vida cándida, con visos de misticismo, con sus alardes de filosofía del albañal. Son novelas que representan la hombrada del forastero que se propuso revelar la bohemia de la vida española, la pintoresca ingenuidad del suburbio que muchas veces estaba en el centro mismo de la capital”. Aunque no cita cuáles, Ramón alude también a las imprentas madrileñas que frecuentaba el escritor: “Baroja volvía en seguida a Madrid y tornaba a sus imprentas con El mundo es ansí y su Sensualidad pervertida. Ya  -continúa- casi no va a los cafés madrileños y se vuelve más empedernidamente él mismo. No sale de casa. Se pasea por los pasillos”. De forma tangencial y no muy clara hay en la semblanza sobre Baroja una alusión a Pombo, en un contexto en el que Ramón contrapone la realidad galdosiana y la irrealidad barojiana: “Baroja penetra en una misteriosa realidad segunda que tiene en España lo real y que bordea el trasgo e intenta una especie de heroicidad desesperada”, para a renglón seguido poner en boca de un mangante la siguiente frase: “Lo que decía un mangante en Pombo a propósito de esta irrealidad barojiana: -¿Es qué Baroja se ha matado alguna vez un piojo?”. Críptico, a veces, Ramón. Al tratar de las incursiones, fallidas, de Baroja en la política, refiere que “ya cuando comienza su vida literaria en 1899, cita en los altos del Café Nacional de Madrid a los intelectuales del momento para crear un partido revolucionario, pero la mayor parte se niegan a firmar el manifiesto […]”. En este ámbito también alude Ramón a la relación de Baroja con el republicano Alejandro Lerroux al que por indicación del crítico musical H. del Villar fue a recibir a la estación -no indica cuál- y cómo su amistad se fraguó “a los pocos días en una comida en el Café Inglés”. En el inventario de lugares madrileños que se citan en esta semblanza también aparecen las librerías de viejo: “Otra vez Baroja vuelve a sus novelas, a sus paseos por los pasillos, a las idas a esas librerías de viejo en las que no hay ni un libro interesante”, opina Ramón, sin citar ninguna en concreto. Una breve alusión a la Segunda República, incluido un juicio negativo sobre ella que se concreta en la anécdota de un dialogo del propio Baroja con alguien que se encuentra a los ocho o diez días después de proclamada en la calle de Alcalá. También aparece el Ateneo en un rifirrafe entre Baroja y un grupo comunista capitaneado por un tal Pumarega, corrector de pruebas, a favor y en contra de la República, en el que al parecer quien no salió bien parado fue Unamuno. Y cómo no, también, una estampa evocativa  del Madrid de la Guerra Civil. “Y así llega la Guerra Civil del año 1936. He seguido con pena los avatares de Baroja después de la revolución de julio. Don Pío tenía ya arreglada su vida modesta. […] Le veía pasar hacia su casa -antes se ha referido a su casa de la calle de Méndizabal- de vuelta de las librerías de viejo de la calle de Mesonero Romanos, al atardecer pasando al sesgo la puerta del café Capitol”. No queda claro si la imagen evoca días de la guerra o próximos a ella. A partir de este momento la narración discurre por los andenes de Vera de Bidasoa, la casa de Itzea y la marcha de Baroja a París y el Colegio de España. Madrid todavía aparece en esos momentos en forma de cita del propio Baroja: “en la actualidad, jefes y jefecillos van saliendo de Madrid, escapando del peligro, pero no solo salen de Madrid, sino que salen con sueldo. Los unos van a una embajada en las que no les dan el placet.Los otros tienen una comisión para estrechar los lazos con el proletariado de otros países”.

XIV

Las biografías o semblanzas de escritores españoles en Retratos contemporáneo termina con la de Miguel de Unamuno, en la que la ciudad que gravita principalmente en ella es Salamanca, aunque también hay algunas, y sabrosas, referencias a Madrid, al Madrid casi finisecular en el que un “Unamuno, con su rostro de búho joven” -como le vería en caricatura Bagaría- aparece en el Madrid de 1880, “hospedándose en la casa de Astrena, en una pensión del último piso, estudiando toda la semana menos el domingo, día en que don Miguel se iba a la Fuente de la Teja, sitio de baile de criadas y soldados y donde él buscaba el oír a las vascas el pues del Norte, ´respirando el aroma de lo vernáculo´”. Ramón se refiere como si se tratase de un leitmotiv -ya lo hemos visto en otros escritores- a “su época de las casas de huéspedes -antes de que se inventase la Residencia de Estudiantes […] allí adquirió la super experiencia de España, al poder generalizar con acierto […]. Precisamente una de las fotografías que inserta Ramón en esta semblanza de Unamuno es “su retrato en su habitación de la Residencia de Estudiantes” que muestra la zurbaranesca sencillez de la estancia, en la que vemos a un Unamuno escribiendo sobre una sobria mesa. En Madrid -continúa Ramón sobre ese mundo de las pensiones que tanta importancia tuvo en los comienzos de los jóvenes escritores de aquella generación- todo se ponía de relieve en la casa de huéspedes y allí se adiestró Ganivet y allí supo todas las marrajerías que sabía don Miguel”. En esas casas de huéspedes es donde le visitaba Ramón, quizá con algún otro joven escritor como Tomás Borrás: “Gran conversador de sobremesa, íbamos a verlo a su casa de huéspedes y, mientras hacía bolitas de pan con la miga sobrante, nos contaba su proyecto de novela o de obra teatral futura. Otras veces le encontrábamos haciendo pajaritas, pues era el creador de esa ciencia que él bautizó con el nombre de cocotología. […] su obsesión era llegar a hacer mamíferos con un pedazo de papel. […] Le di un papel blanco y en seguida surgió por arte de su pajaritismo un verdadero simio”. Es interesante esta anécdota unamuniana porque podemos relacionarla con algunas facetas lúdicas de otros escritores volcados en distintas formas de juegos que tuvieron como base el dibujo. Recordemos que Ramón dibujó a Unamuno como una pajarita, incluyéndolo en su libro Variaciones Iª Serie (1922) como ilustración del artículo “Unamuno, Venegas y la cocotología”.

Cuenta Ramón varios momentos y anécdotas que le vinculan directamente con el escritor vasco. Una, sin concretar dónde, en la que escribe: “Así le recuerdo en una mañana híspida y desabrida del Madrid invernal, haciendo la exaltación de Rizal, el separatista filipino” y otra más concreta que tuvo por marco el Teatro de la Zarzuela, en una fecha que, sin especificarla, fue 1906: “Unamuno ha sido en un momento dado el excitador del elemento civil contra el elemento militar. Yo era un adolescente cuando una mañana fui al Teatro de la Zarzuela para oír una conferencia que Unamuno había de pronunciar contra la ley de jurisdicciones, la ley más discutida de España, que daba a los militares un fuero especial”, promulgada en 1906. “Azorín     -escribe Ramón- había preparado aquel gran acto y me acuerdo del Unamuno de aquella mañana, como de un Unamuno profético, que iniciaba los párrafos de su discurso con un tono malagorero, dejando suponer más que lo que decía […]”. Y cómo no, también el Ateneo: “En el Ateneo tiene su hora de socio inquietante y de presidente libre de la cacharerría. Allí cuenta cosas divertidas”. Vemos también al escritor acudir a una audiencia en el Palacio Real para recibir la cruz de Alfonso XII que le impuso el Rey Alfonso XIII, de la que Ramón cuenta una graciosa anécdota surgida en la conversación entre ambos personajes, y las consecuencias que se derivaron de esa aceptación: “Aún me acuerdo -señala Ramón- de los denuestos y silbidos en el Ateneo, mientras él con los brazos cruzados se sonreía alegre y provocador”. En la semblanza hay una confesión de Ramón con relación a aquel Madrid que vivió Unamuno una tanto criptica pero que me parece interesante recogerla aquí: “Unamuno no malgastó su Salamanca y en el Madrid revuelto y promiscuo -yo sé lo que me digo- permaneció fiel a su Salamanca y sus santuarios […]”. También hay referencias en esta semblanza a las tertulias. En este caso a la de la Revista de Occidente: “La última vez que le vi fue en la redacción de la “Revista de Occidente”, en la tertulia que todas las tardes tenía José Ortega y Gasset. De vez en cuando aparecía por allí don Miguel. Venía del pueblo, con una vieja zamarra azul sobre la que caía caspa de su pelo blanco, esa caspa de los viejos que ya es ceniza. -¿Muchos días don Miguel? –Una semana […] He venido a presidir unas oposiciones […]”. O también: “La última vez que íbamos a verle todos -pues iba a quedar aislado en Salamanca a las pocas semanas- fue un día de últimos de junio del 36”. Madrid ya desaparecía definitivamente para Unamuno, quedando, como antes subrayó Ramón, aislado en su querida Salamanca, donde moriría la tarde del 31 de diciembre de 1936, último periodo  de la vida del escritor que han descrito y analizado magistralmente sus biógrafos Colette y Jean Claude Rabaté recientemente en El torbellino. Unamuno en la Guerra Civil (Marcial Pons, 2017).