Hay libros de historia y libros con historia. Plegarias atendidas de Truman Capote tuvo bastante historia antes y después de publicarse, con consecuencias desastrosas para el autor, como si Capote hubiese hecho estallar antes de tiempo una granada de mano en medio de un círculo de gente y la onda explosiva le hubiese alcanzado también a él de lleno.  Llevaba décadas trabajando en ese libro, incluso llegó a decir que sería su gran obra, una crónica de la buena sociedad neoyorquina. Después se enredó y dijo que sería su novela póstuma porque la tarea empezaba a ser gigantesca. «O la mato yo», contó, «o me mata ella a mí”.

Capote tenía muchas amistades entre la alta sociedad neoyorquina, en especial entre lo que él llamaba “Los cisnes” y que venían a ser sus amigas y confidentes. Como era bastante cotilla, estaba al tanto de todo lo que ocurría. Se pasaba horas al teléfono para conocer el último chismorreo. Y Capote no dudó en novelar estas confesiones. 

Cuando se publicó en noviembre de 1975 un capítulo de adelanto en la revista Esquire, la andanada expansiva tuvo efectos demoledores. La Côte Basque 1965 era el título del capítulo. El protagonista de la novela, un pícaro moderno que se codea con los ricos y los famosos, visita este restaurante francés de la Quinta Avenida y donde todo aquel que era alguien en Manhattan frecuentaba con regularidad. Allí está Jackie Kennedy y su hermana Lee Radziwill, a las que describe como un par de “geishas occidentales”. Y sigue la lista: Babe Paley y su hermana Betsey Whitney, la artista Gloria Vanderbilt y su amiga actriz Carol Matthau. Algunas aparecen tal cual mientras que otras están cambiadas pero se las puede reconocer con facilidad. Todo el mundo sabía que otra de las que aparecen,  Ina Coolbirth era Slim Keith, (acude al restaurante con su amiga Jonesy), y que practicaba el adulterio como otras mujeres se hacían la manicura habitualmente. Debido a sus aficiones al Champagne sufría de mal aliento.

 

Capote, con su premio Emmy, acompañado por Lee Radziwill, hermana menor de Jackie Kennedy

 

Jonesy habla con Ina pero también se escuchan las conversaciones de las mesas de al lado. El retrato que surge de la alta sociedad es de una serie de personas desesperadamente insatisfechas. Aburridas de la vida que llevan incluso fantasean con el suicidio. Pasan los días bebidos y las noches empastillados por prescripción médica, para escapar de matrimonios infelices, relaciones desastrosas y el tedio.

El almuerzo continúa con una sórdida exposición de los trapos sucios de la jet set. Algunos reales, otros inventados y la mayoría entre la verdad y la mentira.  Joseph Kennedy, el padre de JFK, es acusado de violación. Johnny Carson, presentador de un programa de entrevistas, desaparece. Cuando reaparece al cabo de dos días, llama a su mujer para decirle que ha estado de juerga en Miami y culpa a la chica con la que se ha enrollado del desliz. Bill, el marido de Babe Paley, la engaña con una «cretina de talla cuarenta» cuya sangre menstrual cubre las sábanas con «manchas del tamaño de Brasil». Bill se pasa las siguientes horas fregando frenéticamente las sábanas, intentando secarlas en el horno y volviendo a colocarlas mojadas antes de que su mujer llegue a casa.

Pero la que peor sale librada en el libro es Ann Woodward, una exmodelo y arribista social que había conseguido entrar en la alta sociedad. Una noche dijo haber escuchado a un ladrón entrar en casa. Entonces agarró una escopeta de caza y disparó antes de dar el alto al intruso que no lo era tanto porque se trataba de su marido. Salió bien librada pese a que el cadáver fue encontrado  desnudo en la ducha. A la exmodelo le preocupaba que su marido se divorciase de ella, desheredase a sus hijos y le diese la patada fuera de la alta sociedad. Así que planeó su asesinato, escribió Capote. Para preparar el terreno, divulgó el rumor de que había ladrones por el elegante barrio de Long Island. Según Capote,  la madre del marido apoyó públicamente a Ann porque no quería crear un escándalo. Incluso sobornó a la policía para que hubiese una investigación falsa y no presentara cargos por asesinato contra su nuera. También invitaba a Ann a cenar para demostrar a sus amigos que no había tenido nada que ver. 

 

Truman Capote junto a Gloria Vanderbilt (izqda)

 

Esta mentira duró veinte años, hasta que Ann se enteró de los planes de Capote de volver a tratar la muerte de su marido en Esquire. Unos días antes de la publicación de la revista, se suicidó. “Esta historia se ha acabado», dijo la madre del asesinado tras el suicidio de Ann. «Disparó a mi hijo y Truman la asesinó, así que supongo que ahora ya no tenemos que preocuparnos por eso».

Los cisnes y sus maridos se sintieron traicionadas y se desató el infierno. «La próxima vez que vea a Truman Capote le escupiré en la cara”, dijo Gloria Vanderbilt. Slim Keith, a la que había bautizado como Lady Ina, una divorciada que buscaba nuevos maridos ricos que estuviesen “vivos” propuso que no volviesen a hablar a Capote y le boicoteasen.

Pero mas allá de los verdaderos motivos de Capote para escribir este libro, si se debió a una venganza por ser considerado una especie de bufón de corte  algo ridículo y escandaloso, o porque lo que empezó como un intento literario de primera magnitud se desbocó. 

Desde Desayuno con diamantes (primero un libro de 1958 y luego una película protagonizada por Audrey Hepburn) y A sangre fría (una «novela de no ficción» de 1966 sobre asesinatos en la Kansas rural), Capote era un autor célebre que se movía en los mismos círculos que los muy ricos y, ante su sorpresa, descubrió que en su mayoría se aburrían mucho.

Además, Capote fue uno de los pocos hombres abiertamente homosexuales en una época de profunda homofobia. Aunque frecuentaba la alta sociedad pese a su orientación sexual, no todo el mundo le daba la bienvenida, según George Plimpton, uno de los biógrafos de Capote. Ann Woodward se burló de él en una ocasión y dijo: «Sí, ese es el maricón de Truman Capote». Sus biógrafos coinciden en que Capote tenía una vena perversa. 

 

Capote en el Studio 54, junto a Jerry Hall, Andy Warhol, Debbie Harry y Paloma Picasso.

 

Gerald Clarke, otro biógrafo de Capote, recuerda una conversación previa a la publicación en la que le dijo al autor que se preparara para reacciones airadas. «Son demasiado tontos. No sabrán quiénes son”, respondió Capote. Estaba convencido de que su libro tendría buena acogida. Como mucho, enfados temporales. Pero se equivocó. Sólo una minoría de cisnes lo aceptó. «Los escritores escriben», dijo Carol Matthau. «Quien no lo sepa es tonto». No fue suficiente y los intentos de Capote por firmar la paz fracasaron. Había perdido a sus mejores amistades. Se encerró en su piso de la Plaza de las Naciones Unidas, llorando mientras decía: «No era mi intención, pensé que volverían”.

Según recuerdan sus amigos, fue entonces cuando Capote empezó a ahogar sus penas con la bebida. Hasta entonces, había dicho en las entrevistas que el alcohol era incompatible con su trabajo. «La bebida es lo peor que le puede pasar a un escritor», dijo tras la publicación de A sangre fría. «El acto creativo tiene que ser la acción más disciplinada del mundo, la mente tiene que estar tan quirúrgicamente equilibrada que cualquier cosa que la distorsione constituye un arte falso”. Empezó a darle a la botella, descubriendo las pastillas con receta y, en los años setenta, la cocaína. Por entonces se convirtió en un habitual de las salas VIP del Studio 54.

La producción literaria de Capote empezó a resentirse, por no hablar de su salud. Había prorrogado tres veces el plazo de entrega de Plegarias atendidas  y seguía sin dar señales de estar terminado. Su dieta a base de alcohol y pastillas le hacía desvariar. Sus borracheras se volvieron épicas y tristes.

Tal vez presintiendo que se acercaba el final, en 1984 Capote reservó un vuelo de ida a Los Ángeles para alojarse en casa de Joanne Carson, una de las pocas cisnes que siguió siendo su amiga íntima. Al decirle que se sentía frágil, Carson bromeó: «Truman, no te atrevas. Si te mueres, nunca volveré a hablarte». Cuando su respiración se hizo difícil, Capote suplicó a Carson que no llamara a una ambulancia, y murió en sus brazos diciendo «Mamá». Tenía 59 años.

De Plegarias atendidas se publicó una versión incompleta de tres capítulos a título póstumo en 1987. Se dice que el manuscrito está escondido en una estación de autobuses de Nebraska, o en la cámara acorazada de un banco, o que hace tiempo que se incineró en la chimenea de Capote, o que nunca llegó a terminarse. El libro estaba encabezado por una cita de Santa Teresa: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por la no atendidas”. Nunca una cita fue más exacta.

 

 

 

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