Quico Rivas, 2003. Foto de Juan Carlos Muñoz

 

Hay muchos Quico Rivas (Cuenca, 1953- Ronda, 2005) en el perfil biográfico que le ha dedicado Fran. G. Matute en A Quico Rivas. Por una revolución de la vida cotidiana (Athenaica, 2024). Por brevedad los resumiremos en su papel como agitador cultural, tarea acometida desde joven y en la que dio salida a un catálogo de saberes excesivo.

Fran G. Matute es un periodista y gestor cultural que tiene una querencia hacia los años sesenta y setenta como enseña su anterior libro, Esta vez venimos a golpear. Vanguardismos, psicodelias y subversiones varias en la Sevilla contracultural (1965-1968) (Sílex, 2022). Tras leer el archivo personal de Francisco Rivas Romero Valdespino guardado en el Museo Reina Sofía de Madrid, ha escrito este libro a modo de carta dirigida a Quico Rivas. También es un homenaje a su figura ya que como el mismo Rivas escribió, las mejores biografías no son las más documentadas o exactas, sino las más apasionadas.

Fran G. Matute cuenta bien al personaje y algunas de sus peripecias. Autor de escasa obra, una biografía sobre el escritor bohemio Francisco Luis de Gálvez (Zut, 2014); los poemas El poeta sordo (Huerga y Fierro, 2019) y Cómo escribir de pintura sin que se note (Ardora, 2011), Rivas deja una novela no publicada, entre otros papeles.

Coquense de nacimiento pero sevillano de adopción, hijo de un padre que fue asesor jurídico del Banco de España, y título carlista de Conde de la Salceda que no aireó, Quico Rivas empezó desde muy joven a salirse del troquel. Siguió el rito de iniciación entre los jóvenes rebeldes en los años finales del régimen franquista. Tras una breve estancia en un grupo de falangistas disidentes, pasó luego a militar en las juventudes comunistas y, una vez en la Universidad, en Acción Comunista, un grupo marxista revolucionario, para desembocar en el sindicato anarquista CNT, lo que valió alguna que otra detención e incluso una breve estancia en la cárcel en la época de Franco.

 

Quico Rivas y Juan Manuel Bonet. Foto: Tony Catany, 1972

 

En paralelo, desarrolló una intensa actividad cultural en Sevilla, con la fundación de colectivos como el Equipo Múltiple que la galería de Juana de Aizpuru adoptó. Otra iniciativa fue el Centro de Arte M-11 con el que llevó a Sevilla a lo más granado del arte contemporáneoespañol. Le acompañaba en estas correrías su amigo Juan Manuel Bonet que acabará siendo director del Museo Reina Sofía de Madrid y del Instituto Cervantes. Siendo adolescentes colaboraron en las páginas de crítica de arte de El Correo de Andalucía. Si en Bonet predominó siempre el intelectual, en Rivas tuvo mayor peso la acción.

Por razones familiares, ambos terminaron en Madrid, primero Bonet y, años después, Quico Rivas, convertido a los dieciocho años en padre de una hija y con muchas poesías escritas. Aficionado a crear redes, frecuentar mundos opuestos y conspirar en contra del orden establecido, aunque este último podía extenderse a sus límites más cercanos, la vida de Rivas empieza a tomar velocidad para recuperar el tiempo perdido. En el caso de Quico, como en muchos otros jóvenes, sin cinturón de seguridad.

Aparte de colaborar con Juan Manuel  Bonet, integrado entonces en la galería Buades, un lugar clave de aquel momento, Quico Rivas sigue con sus ajetreos políticos. Infatigable luchador en pro de una amnistía general que abarque a los presos comunes y, de paso, suprima las cárceles, ingresa en la CNT como sindicalista en RTVE. Trabaja para un programa de la que luego fue uno de los personajes de la Movida madrileña, Paloma Chamorro. Son las cosas de un tiempo en ebullición donde se podía trabajar en lugares insospechados. La aventura televisiva termina cuando un día desaparece el dinero de la cajafuerte de los trabajadores de la CNT de Televisión y los indicios apuntan a Rivas. Otro desencuentro con el anarquismo será cuando en una manifestación unos jóvenes le agredan por lucir en la solapa un pin de la Virgen de la Macarena, devoción que traspasa lo religioso y alcanza ribetes místicos en Quico Rivas.

En el Madrid de los años setenta, el tándem Bonet-Rivas elaboran el corpus teórico de la figuración madrileña de los años setenta y que dará lugar a una exposición en el Reina Sofía, en el 2009. El catálogo está dedicado a Quico Rivas. Tiempos de recuperación y revisión como de los escritores Rosa Chacel (exiliada republicana) y Ernesto Giménez Caballero (fascista convicto) a los que se ensalza como artistas de la vanguardia de los años veinte y treinta.

 

Ernesto Giménez Caballero. Ilustración de Barradas

 

Las devociones de Rivas son amplias pero con un cariño particular por escritores como el poeta Pedro Luis de Gálvez, anarquista y fusilado al final de la Guerra Civil, o César González Ruano, del que Quico Rivas editó una selección de poesías. Gálvez y Ruano fueron dos referencias en el universo de Rivas, no sólo en lo literario, sino también en la forma de entender la vida literaria, en especial el primero. Y ambos fueron autores de mil anécdotas y sablazos. A estos dos se les puede añadir el artista argentino Alberto Greco (1931-1965) que anunció su muerte a sus conocidos y se suicidó en Barcelona escribiendo en la pared de la habitación la palabra Fin y Esta es mi mejor obra. Rivas investigó la vida y obra de este último, incluso viajó a la Argentina. Su trabajo forma parte del catálogo de la primera exposición sobre Greco organizada por el IVAM valenciano en 1991.

En el Madrid de la segunda mitad de los setenta Quico Rivas encajaba en el troquel. En lugares como La Vaquería de Emilio Sola, que colaboró después en algún proyecto de Rivas, o El Figón de Juanita, hubo un noctambulismo ilustre que aprendió a hacer uso de alcoholes y drogas. Siempre infatigable, también se adentró en la música. Colaboró en la revista Disco Exprés, presentó a Herminio Molero con los hermanos Auserón que crearon el grupo Radio Futura, y escribió con Santiago Auserón una canción.

Pero también sin olvidarse de la pintura en exposiciones colectivas como 1980 y Madrid D.F. En el Madrid de la Movida, comisarió junto a Pablo Sycet Su disco favorito, portadas de discos creadas con cuadros, fotos, dibujos con formato elepé por artistas como Guillermo Pérez Villalta, Pedro Almodóvar, Miguel Trillo, Alberto García-Alix, Ouka Leele, El Hortelano, Ceesepe, Pablo Pérez-Mínguez, Costus, el propio Sycet.

Para los que le conocimos, el retrato de Fran G. Matute es impecable. Buen conversador, divertido cuando quería serlo, excesivo siempre, acento sevillano, gafas de miope, aspecto aniñado, sonrisa ambigua en los labios, exitoso con las mujeres y generoso con los amigos. Propició que la galería Buades aceptase a Ceesepe, entonces un dibujante de comic underground, y que hiciese la primera exposición de su íntimo amigo el fotógrafo Alberto García Alix.

 

Foto de Juan Carlos Vázquez

 

Creó una editorial que publicó cuatro libros antes de hundirse, participó en dos bares de éxito en los años de la Movida, el Cuatro Rosas y La Mala Fama, de estética roquera y motorista. Colaboró en la prensa oficial y marginal donde su nombre era familiar.

Quico Rivas vivía al día. Lo que entraba por un bolsillo salía por otro con la misma rapidez. Pedía préstamos que no devolvía y otras picarescas para mantenerse a flote. Encajaba mal que no se aceptasen sus proyectos. Al final quemaba a su entorno. Cuando Bonet era director del Reina Sofía, salió dando un portazo del despacho por una exposición que deseaba hacer de inmediato, y a García-Alix le retiró el saludo.

Un cierto hartazgo apareció en su semblante y la salud empeoró. Siguieron las retiradas temporales en lugares distantes de Madrid. En los años noventa colaboró en revistas como El Canto de la Tripulación, Sur Exprés o El Europeo y regresó a un anarquismo particular con publicaciones como el Refractor y La Infiltración para amigos y ensoñaciones vanas.

Los últimos años los vivió en Sevilla, reconciliado con la CNT.  Incluso participó en una huelga de hambre en apoyo de los basureros del pueblo de Tomares. Siempre atento a su leyenda, afinales de mayo de 2008 celebró una exposición que coincidía con su cincuenta y cinco cumpleaños. Celebrado en el ático sevillano de una amiga y titulada Before the poison expuso diversas pinturas suyas. Lo que nadie sabía era que se trataba de un adiós definitivo. Dos días después falleció.

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