Con ánimo de ser reduccionistas, podríamos pensar que toda nuestra vida no es sino un deseo de apropiación y, al mismo tiempo, una imperiosa necesidad de desprendimiento. Es decir, compramos, nos hacemos con cosas, acumulamos y al mismo tiempo no podemos evitar asentir ante la sabiduría de la austeridad bien entendida. Pero siempre quedan algunos objetos, reliquias que, como Simone de Beauvoir supo señalar muy acertadamente, deben estar exentas de toda culpa: son  llave, recuerdo vivo y permanente, materia plena de significado. Quizá algo así es el vestido azul que Camille Claudel vistió en su última visita al mar, un color que trascendía la tela y el agua: era también el del cielo y el de sus ojos. Y así se titula también –El vestido azul– un original libro de Michèle Desbordes (Saint-Cyr-en-Val, Francia, 1940 – Beaugency, Francia, 2006) que tras elogiosas críticas en Francia ha sido publicado en nuestro país por la editorial Periférica con traducción de David M. Copé.

Es ese vestido azul, «como los de antes», el que golpea sus tobillos a cada paso por la orilla de Saint-Maries. Camille Claudel (Fère-en-Tardenois, Aisne, Francia, 1864 – Montdevergues, Vaucluse, 1943), a la que muchos tendrán la tentación de definir por las relaciones personales que la marcaron, fue una escultora brillante y visceral. Pero, en efecto, es inevitable recordar que el diplomático y poeta Paul Claudel fue su hermano, quien tomó, junto a la madre de ambos, la decisión de encerrar a Camille en un manicomio durante los últimos treinta años de su vida. Egoístamente, no soportaban la idea de verla en la rue das Flores, en su taller, golpeando las esculturas hechas de barro una vez las terminaba para destruirlas; la idea de los vecinos dejando alimentos en su ventana por compasión, para ella y para sus gatos, para su encierro. Al fin y al cabo, la trampa se pregunta «¿qué diferencia había en que estuviera encerrada en un lugar o en otro? Sí, ¿qué diferencia había?». Es él, Paul, quien la acompaña al mar en aquel último encuentro, es a él a quien ella espera durante tiempos oscuros, confundiendo los días con los meses y los años, es él el único que la visita, de tanto en tanto, a la vuelta de sus viajes por el mundo, cumpliendo así el sueño de tierras desconocidas que de niños compartían. Solo así, con la condescencia residual, Camille se sustrae a «las locas por los pasillos y los comedores, que gritan tan fuerte y desde hace tanto tiempo; la incomparable, insólita soledad; e incluso el olvido al que la han relegado». Pero él, su pronombre, se confunde en El vestido azul con otro referente: en ocasiones, él es Auguste Rodin, maestro y amante de Camille Claudel. Rodin compartió con ella la obsesión por la materia que moldeaban con las manos y el cuerpo entero, la recreación del ser amado a través de la escultura, algo que traducían desde el año 1884 o 1885 en los momentos más intensos de su amor, «la alumna y el maestro a quien pronto se sometería antes de someterlo a su vez», antes también de que la resignación filtrase toda su vida.

La narración de Desbordes trasciende en este libro la mera exposición de acontecimientos, la biografía de un personaje recuperado: tomando lo real y testificado, El vestido azul relata las elipsis y lo hace sin artificio, desde un plural mayestático que duda, baraja hipótesis y termina aceptando las que abren el camino de lo verosímil. Al tiempo, es la idea de finitud la que impregna el libro a través de una reiteración obstinada y lúcida, como si las verdades, una vez aprehendidas, no nos dejasen fácilmente: «[Ella] Piensa en lo que acaba, en lo que se termina para siempre, y que eso, el final de las cosas, los últimos días, se imagina y se ordena de un modo parecido a como se imaginan y se ordenan, para que uno no pueda olvidarlas, las fiestas y las celebraciones, también la postrera, la última de todas, con sus alfombras de flores y los sofocantes olores alrededor de las tumbas». Y como todo acaba, desde el principio se vive el final de los días, pero también, al cabo, la memoria y su sustancia: un vestido color de mar, color de verano, «un vestido largo y azul, tan largo y tan azul, tan ligero al viento, que a él le parece de otra época, le parece un vesito de otros tiempos». Solo así son convocados.

 

 

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