Deshacerse de las bibliotecas

 

Llevo unos días pensando en el egoísta tuit que alguien esparció por las redes sociales, haciéndose el letraherido por un asunto que demuestra que la mayoría de la sociedad no es juez, sino sólo parte. El mensaje de esta persona venía a decir, más o menos, lo siguiente: “Es increíble. Llevo dos semanas tratando de donar los libros de la biblioteca de mi recientemente fallecido padre, y nadie los quiere. La cultura ya no es necesaria”. La verdad es que este asunto comienza a ser habitual. Bibliotecas que se heredan y que al tratar de donarlas nadie las quiere, siquiera librerías municipales. Y es una pena porque las personas que acumularon libros el siglo pasado, en no pocos casos, albergan entre sus inventarios auténticas joyas e incluso obras ya descatalogadas. Pero llegados a este punto a uno siempre le brota la siguiente pregunta: ¿por qué te quejas de que nadie acepte tu donación si ni tú mismo la deseas? El refrán capaz de ver la paja en el ojo ajeno e incapaz de hacer lo propio con la viga en el suyo, demuestra, muy a las claras, que para ser juez hay que estudiar muchos años y no irse al bar a ver pasar la vida mientras se beben calimochos. Porque opiniones tenemos todos, como decisiones erradas. Y esa biblioteca que él ofrecía y nadie quería, en realidad, no era más que algo que se quería quitar de encima con bastante más fuerza –y eficacia– que los que decidieron no quedarse con ella. Luego están los que venden los libros al peso en librerías de segunda mano, quejándose del poco dinero que reciben por sus añejas bibliotecas, cuando el colmo está en los que, directamente, se acercan al contenedor de reciclado e introducen en el azul tanto párrafo y tanta tapa dura. Al menos, los hay que, en montoncitos, los dejan sobre las aceras, por si alguien sin dinero –como es mi caso– deseara traérselos a casa. Y como no solamente hay que criticar sino exponer una posible solución, yo le diría a ese quejoso señor que haga sitio en su casa; que se desprenda de los clásicos cachivaches, de las estupideces adquiridas en Ikea, de los cuadros fabricados en serie que decoran paredes cuando unas baldas vendrían mucho mejor, e incluso que al hijo de treinta años que sigue pintando la mona, lo eche para que le quepa desde la biblioteca de su padre hasta 450 ejemplares más que podrá ir adquiriendo, a ser posible, en las librerías atendidas por libreros, y no por reponedores de supermercado. 

 

África

Yaa Gyasi (a la izquierda) habla en el centro femenino de la Universidad norteamericana de Stanford´s en 2016. Foto de Marta Hanson

 

¿Les suena de algo Chinua Achebe? ¿Y Akinwande Oluwole Soyinka? ¿Acaso sí alguna vez oyeron hablar de Abdulrazak Gurnah? ¿Tampoco de Yaa Gyasi? Pues bien, entre ellos hay dos premios Nobel de Literatura –el último de hace apenas tres años–; aunque todos ellos pivotan sobre el mismo denominador común: son escritores y africanos. Y eso, aunque a algunos les duela, es un auténtico rara avis, entendiendo que reducir todas las culturas, idiomas y naciones africanas a un solo continente, y por lo tanto, mercado, dibuja un muy sombrío panorama literario en esa inmensa área. Para tratar de entender por qué hay zonas del mundo, como lo es el continente africano, donde no sólo no se escribe, sino que no se lee, nos haría falta un ensayo contundente, no esta mísera entrada para una revista digital que versa sobre los libros y las artes. Pero como yo tampoco soy un humanista, sino uno que pasaba por aquí, les voy a exponer, además, los problemas que se ocultan al público, en este caso, al lector. Por ejemplo, que todos los anteriormente citados escriben en inglés y residen –o residieron; algunos ya han fallecido– en el Occidente más imperialista, porque además todos estos autores tratan la identidad propia masacrada por el imperio occidental del mal como si no hubiera otro tema a tratar. No sé, ¿se imaginan que el más importante comunista fuera el director general de una corporación bancaria? Bueno, eso a su manera ya trató de explicarlo Pessoa en El banquero anarquista. Pero seamos serios. No se puede uno quejar en cada trabajo del imperialismo, por ejemplo, anglosajón, y luego mudarte a Londres, escribir en inglés y vestir con traje de marca y zapatos de 500 euros el par mientras tomas té con la familia Windsor. La gente no va a la raíz del asunto: en África la literatura, como en buena parte de Asia –sobre todo en la que tanto nos gusta vacacionar: el sudeste Asiático– no interesa. Aunque en Occidente nos forcemos tratando no sólo de entender, sino de tratar de dar a entender a la masa, que es justamente lo contrario. Un ejemplo cuando lo son todos: Yaa Gyasi, escritora de cierto éxito que se vende como ghanesa, en realidad cuando tenía año y pico cambió su Ghana natal por los Estados Unidos de América. Y claro, escribe en inglés, vive en inglés y viste y habla como lo podría hacer una señora de Ohio. Pero el mercado se detiene en su lugar de nacimiento como si fuera la clave para que podamos decir que en África la literatura comienza a ser un milagro boyante, el cual no lo será hasta que cuando visites Cabo Verde, Guinea Bissau o Camerún, entre otras muchas naciones, te topes no sólo con gente leyendo en la calle, en los parques o en las playas, sino con un proyecto educacional que no se base solamente en querer llegar a ser Elon Musk, Mark Zuckerberg o Kylian Mbappé. Y, por cierto, la estupenda editorial canaria Baile del Sol, que maneja una importante –por cantidad y variedad– colección de literatura africana, es conocida por un superventas: Stoner; escrita por el blanquísimo norteamericano John Williams, la cual es una gran novela. Y que sí, que hay que leer de todo; pero uno ya sueña con un africano escribiendo sobre naves espaciales en donde nadie saque a relucir a su tribu. ¿O es que no nos dijeron que teníamos que globalizarnos?

 

Listas de ventas

 

El top ten de los diez libros más vendido en el 2013 según la revista «Diez minutos»

 

Vivimos en el mundo de las estadísticas. Cualquiera ahora podría obtener el dato que le permita saber qué diarios o revistas se leen más y en qué regiones de España, como podremos enterarnos del coche más vendido en Japón o del cuarto clasificado de la liga de hockey hielo en Bielorrusia. Sumemos a esto, el número de desempleados, la clasificación de mejores asistentes en la Eurocopa –la comanda Lamine Yamal– o la audiencia del programa televisivo que ustedes elijan. Vivimos en el mundo de los datos y de la inmediatez menos en un gremio: en el literario. Y sí, los muy desprestigiados suplementos literarios asoman cada semana una clasificación muy poco científica y siempre sin datos numéricos, que reflejan los libros que más se vendieron en los últimos siete días en las librerías que ellos decidieron, las cuales suelen ser muy pocas o las de siempre. Pero, ¿es que nadie va a ser capaz de mostrarnos las ventas reales de los nuevos lanzamientos literarios, como si en realidad, los lectores fuéramos a su vez inspectores de Hacienda? ¿A qué obedece este oscurantismo? Que la literatura no interesa y que los escritores ya no somos los espejos de nadie, quedó claro hace unos años. Sólo hay que ver que los superventas –aquellos autores que superaban con asiduidad el medio millón de libros vendidos– hoy, a duras penas, alcanzan los 20.000 ejemplares, siempre atendiendo a comentarios entre bambalinas de editores y escritores. Pero debería ser una obligación, sobre todo para ver las caras que pondrían los que dan el coñazo en las redes con sus subproductos alienados, conocer la clasificación exacta. Más que nada para que los que desean ver publicados sus libros, pensando que de esto se vive, desistan y se dediquen a cualquier otra cosa, incluida la de subir al monte a contabilizar heces de perros. Clasificación la cual sí sería expuesta para jolgorio de la sociedad. 

 

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