Salman Rushdie es trasladado a un hospital después del atentado sufrido en el 2022

 

Salman Rushdie vio correr hacia él a un joven vestido de negro armado de un cuchillo mientras se encontraba en el escenario de la conferencia que iba a dar en una pequeña localidad del Estado de Nueva York sobre “Como proteger a los escritores”. Entonces se acordó del sueño que había tenido la noche anterior en el que un gladiador le atacaba con una lanza y pensó con fastidio por qué no le dejaban en paz. Todo ocurrió en segundos, como cuenta en Cuchillo. Meditaciones de un intento de asesinato (Random House, 2024). Hadar Matar empezó a acuchillarle haciendo honor a su apellido, mientras el público pensaba que era una escena dramatizada para subrayar la necesidad de proteger a los escritores.

Cuando la gente comprendió que no era una broma y la sangre real, redujeron al agresor, un norteamericano de 24 años hijos de inmigrantes libaneses, al que Rushdie llama en el libro “A” de asesino. El joven había leído un par de páginas de “Los versículos satánicos”, la novela que le valió a Rushdie la fetua del ayatola Jomeini en 1988 en que le condenaba a muerte por lo escrito en el libro, y que le supuso al escritor vivir largos años en la clandestinidad. En la fetua se hacía un llamamiento a todos los musulmanes valientes para que matasen sin demora al autor y sus editores, con el fin de que nadie se atreviese a insultar las creencias sagradas de los musulmanes en lo sucesivo.

El libro, de carácter confesional-documental, y escrito después del atentado ocurrido en el 2022, se narran los hechos, la lenta rehabilitación del escritorio y su historia de amor con la novelista norteamericana Rachel Eliza Griffiths, treinta años más joven que él, y con la que llevaba casado once meses.

Al leer el libro, se agradece que Rushdie no pierde el sentido del humor. Una vea apuñalado, cuando le rompen la ropa para los primeros auxilios, él piensa en su bonito traje de Ralph Lauren estrenado para la ocasión y echado a perder, o el ojo que cae sobre la mejilla como un huevo pasado por agua una vez que el atacante le hundió el cuchillo hasta el nervio óptico. Afectado de sobrepeso, debido a las secuelas del atentado perdió 18 kilos, una cura adelgazante que no recomienda a nadie pero que le vino muy bien, ya que los médicos le habían advertido de los peligros de su excesivo peso.

 

Salman Rushdie

 

Bromas aparte, el escrito angloíndio tuvo mucha suerte. Un bombero jubilado que se encontraba entre el público le apretó con el dedo la vena del cuello acuchillada hasta que le hicieron un torniquete, y otros le colocaran bocabajo para que no se desangrase de las otras heridas. Cuando llegó al hospital, los médicos, con la sinceridad que les caracteriza hoy día, le dijeron a la mujer de Rushdie que no iba a sobrevivir. Sin embargo, la fortaleza física de Rushdie ganó la partida, con un ojo fuera de combate, el otro con mácula y el riesgo de terminar perdiéndolo y el brazo izquierdo inutilizado cual un moderno Cervantes, solo que en lugar de perderlo en la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos pasados (la batalla de Lepanto), lo fue en el condado de Chautauqua.

Rushdie hubo de pasar largos meses de rehabilitación y tampoco le permitieron mirarse en un espejo. Sus recuerdos en los primeros momentos fueron borrosos, pero luego fue desenredando el ovillo, y pensó en lo equivocado que estaba cuando creyó que los islamistas radicales se habían olvidado de él y tenían asuntos más urgentes que resolver, y enemigos más poderosos. Sin embargo, treinta y tres años después seguía siendo un objetivo. También tuvo mucho tiempo para preguntarse por qué no intentó defenderse. En el momento del atentado tenía 75 años y el joven que le quería matar 24. Pero entre el estado shock, la situación irreal que le parecía vivir, sólo pudo levantar el brazo izquierdo.

Las primeras alegrías llegaron cuando le enseñaron las pruebas de su anterior novela, Ciudad Victoria, que había terminado de escribir poco antes del atentado. Precisamente, su presencia en esta conferencia se debió a que el dinero que le iban a pagar pensaba emplearlo en un nuevo sistema de ventilación para su casa, según cuenta.

En el libro hay un diálogo imaginario con el autor del atentado, nacido en el vecino estado de Nueva Jersey. De la playstation y las películas en Netflix, se fue radicalizando con los vídeos islamistas y un viaje al Líbano. En el diálogo, el escritor angloíndio busca respuestas o entender el sinsentido de esa acción, pero es un diálogo forzado, primero porque no es real y segundo hay diálogos que resultan imposibles.

 

Hadi Matar con sus abogados defensores

 

Matar ha rechazado la acusación de intento de asesinato, declarándose inocente. El juicio contra él debería haber comenzado en enero de 2024. Sin embargo, la defensa ha declarado que su cliente tenía derecho a ver el manuscrito del libro como posible prueba y se ha aplazado.

La historia de amor con su última mujer (Rushdie ha estado casado en varias ocasiones) la cuenta desde el principio, cuando impresionado de su belleza la siguió en una velada hasta un balcón sin darse cuenta de que había una puerta corredera de cristal contra la que se estampó literalmente y perdió el conocimiento. Ella estuvo a su lado durante todo este tiempo y parece que la relación ha salido más reforzada que antes.

También hay reflexiones sobre escritores atacados con cuchillo como Samuel Beckett, o Naguib Mafuz, y habla de los fallecimientos de escritores amigos suyos, cómo Martin Amis o el cáncer de Paul Auster. Son reflexiones que giran alrededor de la muerte y que parece haberse equivocado de fechas y personas, un pensamiento generalizado cuando uno es el afectado.

Atrás quedan las pesadillas que tuvo antes de la fetua, las visiones apocalípticas y los diez años de clandestinidad. Una vida complicada la de Salman Rushdie desde su infancia, con un padre maltratador y que envió a su hijo interno en un colegio inglés donde su color de piel y escasas habilidades deportivas le hicieron sufrir acoso. Este libro se lee enseguida, es menos literario que sus anteriores memorias, Joseph Anton escritas en tercera persona y donde nos contaba los años que pasó escondido. Sin embargo, tiene otro tipo de enganche. A sus 78 años parece decidido a seguir en la brecha. ¿Cómo no simpatizar con su causa? La causa de la libertad de expresión, de las palabras, de los libros.  

 

 

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