Primera Avenida de Manhattan. Foto de Chris6d.

 

La falsedad es la cara absoluta de nuestra vida,  afirma uno de los protagonistas de Avenida (Dr. Scott, 2024). Puede que sea cierto o no, pero la última novela de Joaquín Campos interesa y se leen de un tirón, aunque no vaya por los carriles de las convenciones aceptadas por los biempensantes.

El marco geográfico y espacial de Avenida está limitado a la Primera Avenida de Manhattan, entre la calle 52 y la 53, a lo más que llega es hasta la 55. Tenemos una sucursal del Chase Bank con su cajero automático, un apartamento, un restaurante griego, una cafetería, un andamio y poco más. Hay dos personajes principales y media docena de secundarios. Un tiempo breve, apenas dos jornadas.

La afroamericana Sheila fue modelo y actriz antes de ser la inquilina del cajero del Chase Bank. Mendiga y toxicómana se prostituye ocasionalmente para mantener sus mínimas necesidades. La dosis de Ice (metanfetamina), vino, algunos cigarrillos que pide a unos y otros, un café matutino que intenta gorronear con éxito desigual y acceder a un servicio para asearse y, a ser posible, defecar son sus preocupaciones cotidianas. Sheila interactúa con su medio sin complejos: “la única diferencia entre ellos y yo es que yo no tengo casa. Pero yo parto con ventaja: no trabajo ni pago impuestos ni tengo jefes ni descendencia”.

 

Foto de Stefan Nadelman

 

La prostitución de supervivencia no le crea complejos. “Chupar una polla en un cajero por cincuenta dólares es lo de menos. Y entre el cliente y yo nadie se lleva a engaños El eyacula, que lo necesita, y yo me saco 50 dólares exactos, de curso legal”. En sus tiempos de modelo y actriz ha visto cosas más indignas. Sheila, negra y mendiga se permite llevar la incorreción política al extremo. Así, ante los empleados que hacen la pausa del almuerzo, les grita: “ ¡La hora del recreo bastardos! ¡Recreo! ¡A comer cáncer! Si mañana morís nadie os va a echar de menos. Si acaso el banco los que tengáis crédito”. Tampoco carga la responsabilidad de su situación a la sociedad. “ Mi fracaso no es ser negra. Sino ser ciudadana del mejor país del mundo y estar en la puta calle. Por mis malas decisiones. Por haber pensado que los alquileres se pagan solos y que el trabajo siempre estará ahí”.

A su manera, Sheila es sociable, y una pesadilla para algunos, como la limpiadora Marilyn que a diario la despierta y expulsa de su habitat: “Eh, tú. Siempre igual. Despierta, joder. Mira cómo has dejado el cajero. Puta negra que nos jodes a todos los negros que  trabajamos. Hay vómitos y orines. Qué asco. Ojalá te mueras pronto”. O para Aznavour, el cantante del restaurante griego: “¿No te habría venido mejor quedarte en Grecia antes que emigrar a una de las ciudades donde siempre serás paupérrimo, además de ultra capitalista? Porque tu vives de las propinas, de mendigar, lo cual me suena de algo”. O Jeff el maître, otro más de los “esclavos”.

Menos agrias son sus relaciones con Cameron, un camello benévolo que consume tanta droga que “el sexo lo deja para otra dimensión”. Incluso Peter, empleado de la ONU y usuario eventual de los servicios sexuales de Sheila que la provee de cigarrillos y aprovecha los paseos con su perro Sadly como excusa ante su mujer Debora para obtener breves satisfacciones manuales al resguardo de un oportuno andamio. También establece una relación amistosa con otra Sheyla, una joven en pleno bajón tras dos días a base de MDMA, con la que comparte conversación, una raya de cocaína y una botella de Zinfandel Director’s Cut de Coppola de 125 dólares. Sheila normalmente se tiene que limitar a consumir, en el mejor de los casos, una botella de Castillo de Liria. Como no cree en Dios, Sheila no se preocupa de si lo hizo bien o mal, lo único que le interesa es que “hice lo que quise”.

 

Foto de Stefan Nadelman

 

Sheila tiene un enamorado, tan platónico como entusiasmado. Se trata de Prevelic, un excartero que disfruta de una pensión que le permite pagar el apartamento y disfrutar de la soledad. Un aislamiento relativo puesto que lo comparte con cuatro maniquíes. Misántropo hasta el extremo y consciente de la naturaleza particular de su estado mental, causa de su prematura jubilación, Prevelic detesta a Trump y lucha contra lo establecido enamorándose de una mendiga negra. Piensa que gracias a su color de piel ha sido menos propenso a ser pisoteado por el gobierno de los Estados Unidos. Rechaza a las blancas incluso “para masturbarme en internet”. Su mayor valor es el derecho a la privacidad, y las propiedades inmobiliarias “que a fin de cuentas suelen ser el espacio para almacenar esas privacidades”.

Su relación amorosa con los maniquís le ha permitido evadir determinados condicionantes. “No tengo horarios, no sé nada de guarderías ni ginecólogos y cada noche y cada mañana me topo conmigo mismo frente al espejo y celebro no tener que mezclarme con los demás”. Su jubilación le permite estar libre del estrés que “por medio de la desesperación mutila a los que trabajan como esclavos para luego gastar como enloquecidos”. Desde la ventana de su apartamento Prevelic vive apasionadamente la vida de Sheila.

Quien haya leído las obras anteriores de Joaquín Campos, como Ajuste de cuentas o Pedagogía (ambas en Sr. Scott) o sus dietarios, encontrará en las diferentes voces de los protagonistas de Avenida resonancias y una mayor sabiduría literaria. Campos sabe crear mundos que ofrecen a sus lectores la satisfacción de leerle. En eso consiste la magia de la literatura.

 

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