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El nombre de un estofado de carne asturiano, parece ser de Oviedo y que se cocina muy lento, al modo del estofado boloñés, es el título elegido por Fernando Savater ( San Sebastián,1947 ) para su último libro publicado Carne Gobernada y que bajo el subtítulo de “De política, amor y deseo” viene a constituir  una suerte de testamento vital e intelectual de uno de los escritores más afamados de su generación y figura clave de esa atmósfera intelectual de los años ochenta, tan comentada, donde en España pudimos gozar de nuevo de cierta transgresión en las costumbres y en la cultura y que tuvo como emblema en los medios de comunicación del momento al diario «El País» , del que Savater fue uno de sus fundadores y que hasta antes de ayer, esto es literal, seguía publicando sus columnas sabatinas hasta que le dieron el finiquito, para regocijo de unos e indignación en otros, otra vez, de nuevo, sumidos en ese pozo negro del cainismo, quizá nuestro peor invento como nación y que se caracteriza por el dicho, “si no estás conmigo estás contra mí”, dicho que apartado de la más mínima noción política y de convivencia espiritual, vuelve con su espantoso dilema en todos los órdenes, si eres de Joselito no te puede gustar Belmonte, si eres de los Beatles tienes que despreciar a los Stones, aun a sabiendas que en realidad sus relaciones personales eran cordiales, aunque eso podría valer para Gran Bretaña, país de grandes hipócritas, no como en el nuestro donde nos decimos las cosas a las claras…

He sido un lector fiel de Savater desde que publicó Nihilismo y acción y le debo, por supuesto, el conocimiento de Cioran, así como la versión de Nietszche de Giorgio Colli y Mazzino Montinari, probablemente  la interpretación más inteligente del filósofo alemán, y, desde luego, la lectura apasionada de La infancia recuperada, aunque tengo que confesar que yo, asiduo consumidor de la literatura de quiosco, estaba más cerca de El capitán Trueno que de Guillermo Brown o de Tintín y cuando me llegó la hora de acceder a estos libros, ya andaba por otras lecturas, así, La isla del tesoro y los cuentos de Robert Louis Stevenson, autor por el que compartimos pasión de adolescente, algo que nunca se olvida, aunque, lo confieso, nunca entendí, que soy un joyciano empedernido, la poca afición de Savater por Proust y por el autor de Ulises, que supongo se extenderá a William Faulkner…

Pero, si hay algo que siempre admiré en Savater es que ha sido siempre y en cualquier circunstancia un hombre libre y que ello constituye su mayor ejemplo como figura destacada de la cultura de  este último medio siglo. Lo fue en sus inicios, cuando se declaró un filósofo, aunque él siempre se ha considerado un profesor de filosofía, en la línea de los ilustrados franceses y rechazando la jerga del filósofo admirador de un sistema y creador de una jerga particular, característica que estiman gran cosa en Alemania y cuyo paradigma para Savater es Martin Heidegger, al que siempre le ha lanzado una pulla en cuanto ha tenido ocasión, siendo siempre fiel al estilo del escritor del que tomó ejemplo en su imaginario de controvertido: Voltaire; lo fue en su lucha contra el nacionalismo y poniendo en ello la misma pasión e inteligencia de su referente francés en lo tocante al jesuitismo; lo fue en su postura política cuando se  creó Unión Progreso y Democracia con vistas a trascender el incipiente cainismo entre izquierdas y derechas que, visto desde hoy, parece premonitorio; lo fue cuando se sumó, junto a Vargas Llosa y Álvaro Pombo al «Manifiesto por una lengua común»… en fin, pongo estos casos como ejemplos de independencia frente a los poderes del momento porque en cierta manera es el espíritu presente en esta Carne gobernada, este testamento que consta de cinco capítulos donde Savater nos  da cuenta del continuo homenaje a la que fue su última mujer, Sara, sin desdeñar detalles sobre su último amor, a quien agradece, entre otras cosas, que gracias a ella le haya devuelto el deseo, sin cuya presencia, a veces tiránica, la vida carece de sentido, de dirección; también se refiere, cómo no, lo ha hecho siempre, al momento político actual: crítica la querencia de ingeniero social de Pedro Sánchez y su deriva hacia los nacionalismos de extremo fervor por mor de un oportunismo que tiene mucho de morboso tirón; asimismo, se declara amigo de Abascal y critica la política del Gobierno actual manejando a la opinión pública con el muy viejo eslogan del “que viene el coco”, algo que ha funcionado siempre de manera eficaz, desde los tiempos de Egmont y el Duque de Alba hasta la conjura judeomasónica de que hacía gala Franco en cualquier discurso en que se sentía inspirado…

Leído el libro, divertido y triste, como cualquier buen libro que se precie, sigo pensando en Savater como un espíritu libre, ese estado del alma que hizo que mi afición por el modo de ser británico fuese de una fidelidad absoluta a pesar de… tantas cosas… lo mismo me sucede con Savater. Así, esa confusión, no exenta de coquetería, por la que califica el estilo de su libro de  estilo tardío, apuntando ciertas características que apuntó sabiamente Adorno respecto a las Sonatas de Beethoven, algo que no encuentro en el libro donde se trueca en estilo tardío lo que a todas luces es pura vuela pluma, algo que le suele acontecer por ser hombre de pasiones tremendas, y de ello da buena prueba de su talante gourmand y de catador de whiskies, esa  sagrada bebida.

El libro no tiene desperdicio. Su razón: Es el testimonio de un hombre veraz.