“Las manos tan pequeñas” es una novela negra con su crimen, en este caso el de una joven bailarina japonesa mutilada después de ser asesinada. Pero la autora, Marina Sanmartín, nos conduce más allá de la historia de un homicidio.

La acción se desarrolla en Tokio. Conocemos la ciudad desde la perspectiva de una turista, lo cual puede sernos útil si un día llegamos hasta allí, porque la narradora de esta novela, Olivia Galván, casada con César Andrade, catedrático de literatura comparada, viaja hasta la capital japonesa. Él lo hace por trabajo y ella acompaña a su marido. Olivia es una escritora de éxito de novelas policiacas y el marido, un hombre distante, según leemos al comienzo. Un tipo de hombre que parece perdonar la vida de su mujer desde su condición de sabio imperfecto.

Claro que tampoco podemos fiarnos de Olivia que es una narradora mentirosa y se contradice. Entonces, ¿en quién nos apoyamos? De la bailarina asesinada en un parque y cuyas manos aparecen en un espacio antisistémico de dos jardines próximos al palacio imperial y al hotel donde viven Olivia y César no es posible. Tampoco de su novio, Hideki Kagawa.

Será el consejero de la embajada española en Japón, Gonzalo Marcos, admirador de las novelas de Olivia y testigo de sus confidencias.  Con estos cinco personajes y Tokio  de escenario, Marina Sanmartín construye su novela. El tiempo narrativo es una semana y deducimos que fue antes de la pandemia.

Del cruce de acciones y palabras entre los personajes se va tejiendo una red que sirve para profundizar en ellos, en especial en el matrimonio formado por Olivia y Carlos.

 

Marina Sanmartín

 

 

La imagen que desprende ella es la de una escritora de éxito, cuyas novelas tienen como protagonista a Lolita, una mujer decidida y valiente. Un referente del feminismo. Pero Olivia describe en sus novelas un tipo de mujer que a ella no la representa. Lolita es una proyección de lo que a Olivia le gustaría ser… o no.

Su realidad es otra. Su marido dicta las leyes íntimas de Olivia con la que mantiene una relación sadomasoquista en la que ella ejerce de sumisa y él de amo. Esta situación se cuenta muy bien desde un punto de vista psicológico. Olivia no es una víctima inocente. Ella acepta su rol y se presta a los ritos de toda relación sadomasoquista.  Los caminos del deseo y del placer son infinitos, viene a decirnos la autora, máxime cuando la supuesta sumisa, en el fondo, domina la relación y disfruta con el placer que le provoca el desprecio de su marido.

Olivia se confiesa a medias con el diplomático sobre las complejidades de su identidad. Al ser escritora de éxito de novelas negras cuenta a veces cuestiones metaliterarias. Así, dice que “otra cualidad básica de toda buena novela es que encierra un mensaje… Es una plegaria dentro de una botella, que la escritora lanza al mar, ¿o mejor debería escribir “una confesión” ?, se pregunta Olivia.

Cada personaje de esta buena narración se confiesa y el conjunto de todas las confesiones nos permite hacernos una idea de qué le sucedió a la bailarina. Una novela que encierra otras en este hábil juego narrativo escrito por Marina Sanmartín. Leemos de seguido sus páginas y cuando llegamos al final, lo mismo que en un número de magia, comprendemos que hemos visto más de lo que han leído nuestros ojos.

 

 

 

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