El editor Javier Jiménez (Madrid, 1970), responsable de Fórcola Ediciones, acaba de publicar un libro, Desvío a Trieste. Rompeolas de todas las Europas, notable dentro de las ediciones recientes que se ocupan de ciudades y a las que les une, en agudo contraste con el espíritu que animaba este tipo de libros en los años sesenta del   pasado siglo y, sin embargo, en concordancia con el de los años treinta, una reivindicación de la nostalgia que pudo ser, que en algunos casos fue, pero que desde luego ya no es. 

 Trieste siempre fue una ciudad fronteriza, lo que quiere decir equívoca, dando a esta  palabra el valor que tiene, es decir, un lugar propicio al intercambio de mercancías, de modos de ser y de concebir el mundo y de vivirlo, es decir, una ciudad mestiza, con todos los valores que ese estado lleva consigo y que la convirtió en  blanco idóneo para que los puristas, aquellos que viven en las acrópolis y guardan sus esencias  y peroran  desde allí y se jactan de no visitar nunca los puertos, la demonicen, como muchas otras que fueron antes de ella, Troya, Alejandría… pero además, en el caso que nos ocupa, esta ciudad, italiana en su modo de anhelar el mundo y austríaca en el de realizarlo, fue durante mucho tiempo la puerta tangible que dejaba pasar los vientos entre Oriente y Occidente y si bien la Sereníssima fue siempre, en el imaginario europeo,  la ciudad esplendente, el dique  capaz de detener el expansionismo oriental gracias a su flota  a los intereses creados por el comercio, lo cierto es que este rincón del Adriático, por su naturaleza mixta, se  convirtió en el paradigma de lo fronterizo, sobre todo coincidiendo con la decadencia del Imperio Austro Húngaro y convirtiéndose poco  a poco en la ciudad de papel, en bella definición de Claudio Magris, en una ciudad soñada desde la literatura misma, hecha en cierto modo por escritores y pintores a falta de las ciudades de piedra, hechas para ser contempladas por el ojo, lo que llevó a Stendhal, que fue cónsul en Trieste, a detestar la ciudad y largarse en cuanto podía a Venecia, en contemplación tremenda de lo bello y que por haberlo definido con palabras exactas lleva su nombre.

 

Javier Jiménez (d) con Claudio Magris (i) en Trieste

 

Javier Jiménez es, por  ahora, el último de una larga lista de triesteheridos, y que no siempre significa una adoración por la ciudad sino una fascinación a veces inexplicable, entre los que se cuentan Rilke,  Italo Svevo, James Joyce,      D´Annunzio, Paul Morand, Slapater, Umberto Saba, Quarantotti Gambini,  Magris, Tomizza y entre nosotros José Carlos Llop o Juan Manuel Bonet, y este libro es un bello homenaje a una ciudad fantasmagórica,  tanto que Jiménez cuenta una deliciosa anécdota que hace honor a esta ciudad de contornos neblinosos: pasó un Fin de Año con su mujer en la ciudad, en el hotel Duchi        D´Aosta, en un ambiente no muy distinto al de aquella primera cena de Hans Carstop en el sanatorio suizo y le confundieron con  Alexander Wrabetz de quién Jiménez no tenía idea de quién era hasta que se enteró que esa misma mañana había aparecido su foto en todos los periódicos, como representante de la ORF, la emisora pública austríaca, presentando a Gustavo Dudamel como el director que ese año dirigiría el Concierto de Año Nuevo al frente de la  Filarmónica de Viena.

Desvío a Trieste es uno de los libros mejor construidos sobre el tema de las ciudades que me ha sido leer en tiempo. Posee, por ejemplo, la pasión que despliega Morand en Venecias pero, a pesar de que se disculpa por introducir anécdotas personales en el libro, bastante escasas, al lado del citado libro de Morand, un apasionante ejercicio de egotismo que ni Henry Beyle se atrevió a soñar, tiende  a ser exhaustivo en la información que ofrece, producto de sus muchas lecturas sobre la ciudad. Pero, con todo, esa exhaustividad, prolija y bien definida, como editor riguroso que es, no define lo que de verdad aporta este libro a la estimada bibliografía sobre el tema. Creo que lo que distingue este libro de la mayoría que se han ocupado de Trieste es su peculiar enfoque. Dividido en capítulos que, salvo los dedicados a Javier  Goñi, Eduardo Arroyo y Javier Marías, se ocupan de los diversos aspectos de la ciudad, desde las librerías a una descripción de  San Sabba, el único campo de exterminio que hubo en Italia, sabrosas anécdotas referentes a Svevo, a Joyce, a Rilke en Duino, al aspirante al trono español como Carlos VII cuando va a visitar a su abuela, María Teresa de Braganza, que vivía en Trieste, la particular situación de los judíos en la ciudad y su exterminio que podría servir como encarnación de la desaparición de esa cultura del mestizaje que define mejor que nada lo que fue la Mitteleuropa… Estos capítulos están pergeñados al contrario  que las ondas expansivas, donde se parte de un centro, que en el caso que nos ocupa sería Trieste, y donde a partir de ese centro se irradian similitudes varias o disonancias, para el caso es lo mismo, que implican otras geografías, otras culturas… así, en el capítulo dedicado a los cafés de Trieste, se nos habla de Zweig y los cafés de Viena, de César González Ruano, de los cafés de Budapest, de los venecianos, de los de Varsovia, de Ramón, claro, y luego, ya al final, se centra en los triestinos, el Tomasseo, el Caffé degli Specchi, el Urbanis, el Gran Malabar, el Pirona… primero las ondas, descritas en una aparente digresión que parece errática pero que esconden una muy pensada relación con en centro hacia donde se dirigen.

 

 

De ahí que este libro sea un libro de papel en su mayor parte que tiene como centro una ciudad de papel y donde todo conduce a ese centro. El autor lo expresa de manera contundente en lo que, sobre todo, el libro no es: “ No es un cuaderno de bitácora con las peripecias de un turista – como tampoco es una guía de viajes, y no tendría `por qué tener entre sus lectores a ningún miembro de esta turbulenta tribu. Ni siquiera aglutina las notas de un viajero…” y, además, líneas más adelante, añade : “ Es muy probable que alguno de los que la conozcan no sientan emoción alguna ante esta ciudad, actualmente italiana y de provincias, que ya no es lo que fue y de lo que posiblemente  no quede rastro más que en la literatura, los diarios y memorias o los libros de historia”.

Pero la cosa no acaba aquí: el autor, amén de voraz lector y amante de los ensayos, de las memorias, de los relatos históricos y de novelas de señalada importancia es un melómano irredento y en este apasionante juego de correspondencias de  lecturas, paisajes y personajes que confluyen en Trieste, al modo de una coda que actúa como metáfora de otra índole, añade al final de cada capitulo una selección de obras musicales en un juego de correspondencias con el contenido del capítulo: así, como colofón al capítulo garibaldino sobre Trieste, recomienda el Vals brillante, de Verdi  y las notas de El gatopardo, de Nino Rota; para cerrar el capítulo joyciano el rondó de Las indias galantes, de Rameau; así, cuando da cuenta de los fotógrafos triestinos, que en realidad se convierte en un emotivo homenaje a su padre, que era fotógrafo, Francisco Javier Jiménez, fundador del Grupo Tal, recurre en un libro lleno de recurrencias a la música clásica, al jazz, Duke Ellington, Bill Evans, Chet Baker, Miles Davis…

El libro contiene unas referencias  bibliográficas ajustadas, pertinentes y muy bien llevadas y, de paso, añade los códigos QR de las notas musicales para escuchar mientras se lee. Digo: un libro cuidado en los detalles que esclarece pasiones que duran una vida y ciertas obsesiones que son la base en que se construyen las leyendas. Un apasionante libro.

 


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