Marineros bailando y bebiendo en un local portuario, siglo XIX. George Cruikshank

 

La primera novela de Otessa Moshfegh, publicada en 2014, y titulada McGlue, aparece dentro de unos días en las librerías españolas. Una repesca que merece la pena como han confirmado las posteriores novelas de la autora estadounidense.

McGlue es un marinero del siglo XIX (la novela está ambientada en 1851) que tiene una gran cicatriz en la cabeza producto de un accidente que tuvo años atrás. Ahora se despierta por las mañanas con el empeño de «sumergir su cráneo en un barril de ginebra». Beber le permite ponerse los calcetines, abrir bien los ojos, decirle a la gente que se aparte de su camino…

La historia está inspirada en suceso real que ocurrió en Nueva Inglaterra en 1851. Sin embargo, Ottessa Moshfegh conoce de lo que habla. Según contó hace tiempo se pasó ocho años en Alcohólicos Anónimos. La protagonista de su segunda novela, Eileen era una bebedora compulsiva que se odiaba a sí misma y vivía con su padre alcohólico. Y todos sus protagonistas son unos maravillosos bichos raros, lo mismo que suele acompañarlos alguna característica repelente: vómito, sangre… No es una autora para espíritus sensibles.

 

Ottessa Moshfegh. Foto de Andrew Casey

 

La afición alcohólica de McGlue le ha conducido a asesinar en Zanzíbar a otro marinero llamado Johnson que, como McGlue, es natural de Massachusetts. Antes de embarcarse tal vez eran más que  amigos o incluso su adinerado amante. Debido a la riqueza y prestigio de la familia de Johnson, McGlue es devuelto a América para ser juzgado.

Lo que se cuenta a lo largo de ciento y pico páginas es el delirio en el que McGlue intenta reconstruir lo sucedido y donde la autora enseña su habilidad por mantener la voz de este personaje de una manera singular y atrayente.

En la oscuridad de la bodega, la cabeza de McGlue da vueltas alrededor de algo que hubiera preferido olvidar. Cuando el barco llega a Salem, McGlue es encarcelado, donde su abogado le aconseja que haga una confesión completa. Para complicar las cosas, McGlue cae al  saltar de un tren y se vuelve a abrir la cabeza.

Los recuerdos de McGlue se entremezclan y se confunden, incluso hay momentos en que se olvida que Johnson está muerto y cree que le visita en la celda. El tiempo que pasa en la cárcel, y la sobriedad, proporcionan cierta profundidad al personaje que  recuerda amigos de la infancia, juergas juveniles y sueños sobre Johnson que nos sugieren una relación más que amistosa con él.

 

Marineros americanos en una escala en un puerto chino en el siglo XIX. Grabado de Erich Eltze

 

Dudamos si McGlue es un alcohólico despiadado sin consideración por los demás, o la bebida es la consecuencia directa de su primer golpe en la cabeza. Tampoco sabemos si McGlue utilizaba a Johnson para financiarle la bebida, y si hay algo más en su amistad que chocar botellas y visitar casas de putas.

Con una prosa que refleja los recuerdos confusos y la galantería de McGlue, Moshfegh abre una ventana a un mundo que hace tiempo que ha dejado de existir. Su lirismo y peculiar sintaxis devuelven a McGlue cierta ternura. Pero es sobre todo el saber hasta qué punto le importaba Johnson lo que otra vuelta  a la novela.

Los narradores de Moshfegh son poco fiables por su inestabilidad, inseguridad y odio hacia el mundo que les rodea, pero también desean salir de su miserable existencia, salvarse, lo que les humaniza pese a sus crímenes presuntos o reales.

 

 

Puedes comprarlo en este enlace