Entre mis manos, un libro que inicialmente pretendía ser una recopilación de datos para gestionar los trámites de petición de asilo internacional. Un libro escrito «sin papeles», donde los nudos propios se confunden con el dolor ajeno, a lo largo de una eterna travesía que rezuma angustia y, en el momento actual, deja una puerta abierta a la esperanza. Un libro que va más allá de una historia y muchos tú. Muchos tú que deberíamos ser todas, ser nosotras: autora y lectoras de esta reseña que discurrirá, quizás, fuera de los patrones habituales de crítica literaria.

He leído el viaje de Ibrahima Balde con los ojos y con el estómago, para que ninguna palabra se caiga. Mis piernas han quedado atrapadas en la arena del desierto y solo algo que evoca mis huellas dactilares puede avanzar, a duras penas, sobre el teclado del ordenador. Aún estoy en la oscuridad de la arena, «…yo y el desierto. Y el desierto no tiene final» Arena que irrumpe en el presente y no deja alcanzar equilibrio suficiente por el que seguir caminando en términos de justicia social: «mirar, avanzar, parar».

Existe un movimiento que no vemos, un movimiento interior que circula en los pulsos y el tiempo de las relaciones humanas; un vértigo audible encerrado en la herida de cada cual. Algunas, parecen no ser; otras, se huelen desde la distancia de la arena en el desierto, entre el mar y lo que durante una herida interminable puede llegar a ser el vacío. La herida es más grande que la ausencia. Cuesta medir su color y no se puede cuantificar el duelo. Cada herida el suyo. Cada duelo su herida.

 

Ibrahima Balde (izqda) y Amets Arzallus Antia (drcha)

 

Cuando el silencio inunda de verbos amargos la conciencia, el pensamiento a veces se detiene. Cuando el movimiento lo desborda tiene que olvidarse de sí mismo y parar. Es una fuente seca. Si el alimento es nocivo, no dejará que el pensamiento avance. Si el alimento que recoge de la calle no es el suyo, el hambre llegará en forma de materia inerte. El miedo traspasará la geografía universal donde entroncan todas las miserias construidas a imagen y semejanza de la especie que nos denomina. Allí, donde solo el mar alcanza a ver los cuatro puntos cardinales, y en medio, la nada: una zódiac con ciento cuarenta y tres personas a la deriva y tú, miñán. La epidermis entre fronteras es el lugar donde fallecen los sueños. Entonces la vida que ya no sirve para seguir cruzando lindes buscándote descubre la locura y culpa a la herida de su hambre, de su muerte. De su arena.

Por un momento, cierro los párpados y otro movimiento me atenaza el estómago, ese punto en que confluyen los recuerdos y el lugar destinado al olvido, el mismo que permite al corazón desvirtuar excusas. Parecen alicates retorciendo el aire: el dolor físico de Ibrahima; el culatazo que golpea, abre la cabeza y le permite cifrar el tiempo según va secando la sangre… el agua… «Los demás se quedaron allí, en mitad del desierto. Con la Policía. O con la sed…»  

Hoy, sé que no todos los desiertos hunden los cuerpos de la misma forma. Más de cien páginas, puede que una letra por kiló (kilómetro). Ni una lágrima ha escapado mientras tantos granos de arena de Miñán (Hermanito) abnegaban la sinrazón de las políticas migratorias. Ni con los yallah, yallah (vamos, vamos) que empujaban a sentarse en el mar, cuando todas sabemos que «…el mar no es un lugar para sentarse».

 

 

Ahora sí, el llanto —preso al igual que Ibrahima tras los muros de acuerdos internacionales—, fluye incontinente, desbrozando sus largas caminatas a través de circunstancias inhumanas, bajo el férreo control de las mafias civiles y policiales.

Cada libro que cerramos después de haber recorrido su espina dorsal, su asfalto, sus esquinas y los escondites en que buscar cobijo de nuestra propia historia nos deja un poso diferente; algunos, solo eso: un poso que, si abrimos otro libro, se olvidará fácilmente. Otros, como Miñán, son el movimiento. Entenderás a qué me refiero una vez que lo tengas en tus manos. No importarán las historias que hayas escuchado antes; las heridas que hayas recibido, en forma de grafía sobre un lienzo de imprenta; los desiertos que hayas imaginado, ni el tsunami que asome en la desesperación que hayas podido experimentar en lecturas anteriores.  

Este libro es diferente, porque su forma de hablar también lo es. Su mecánica particular de hacer sentir, decir la herida; las expresiones y aprendizaje de Ibrahima y la sensibilidad y humanidad de Amets en acoplar la herida para que muchos tú que son yo podamos percibir el movimiento del que hablan ellos, y su oleaje pueda ser el nuestro.

 

 

Cerrar un libro supone para mí acotar un espacio en lo que nada más intervenga, dejar reposar, demorar por algún tiempo el comienzo de otro.  No soy capaz de terminar y empezar como se cuenta hasta cien y seguido. Se empieza de nuevo:  uno dos tres cuatro cinco seis siete hasta alcanzar de nuevo la centena sin comas ni pausas. Cuando llego a la puerta de atrás, giro el dorso y paso las yemas de mis dedos por la portada. Me quedo unos instantes aislada en las vocales, escalando consonantes, merodeando los puntos y aparte, convertida en una sílaba más de su testimonio. Y suspiro con el mismo aliento contenido en las páginas, con los mismos pulmones que alimentan el hábitat entre cubiertas. Esto no ocurre siempre. Cuando no, es porque no existe movimiento y el pensamiento puede seguir a sus cosas de antes como si no acabara de estar en otra parte.

La voz de Ibrahima, junto con las manos de Amets, ha hecho posible un bello texto literario. Miñán va más allá de una narración real que atesorar en la memoria colectiva. Es un decálogo visceral y honesto contra la intolerancia de las políticas migratorias: la solidaridad convertida en alegato por los DD.HH. y la dignidad de todas las personas, sea cual sea su origen.

Todas las historias destilan heridas. Aunque algunos «bosques» se empeñen en guardarlas, algunas se ven. Este libro te contará una de ellas.

¡Gracias, Amets e Ibrahima, por hacer visible lo cotidiano y compartir el espacio inmensurable de vuestra amistad!

 

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