La escritora británica E.L. James, autora de «Cincuenta sombras de Grey» durante una firma de libros en 2012. (EFE)

 

¿Quién cojones vive de la literatura? ¿Hay alguien ahí?

Pérez-Reverte, seguro. Pero primero, aclaremos algo. ¿Es en realidad la literatura un medio de vida? ¿Acaso debemos considerar que viven de la literatura los que se benefician de sus contactos? Pues me temo que sí. ¿Hubo escritoras prostitutas… o prostitutos? Ojalá que también. A mí ya me pilla mayor. Pero justamente mi edad y apariencia podrían cumplir los requisitos de alguno de esos enfermos mentales, según la medicina actual, que se sacian con la antípoda de lo joven y fértil. Pero esto ya no es otra lista, porque prácticamente nadie vive de la literatura. Algunos cobran de los medios de comunicación, por columnas semanales y por participar en mesas de debate, y por ello consiguen mantenerse a flote. Otros, dirigen centros culturales, bibliotecas municipales, o directamente son periodistas que en sus ratos libres escriben relatos, novelas. Pero lo que es vivir de tu prosa, y ya no digamos de tu poesía, es a día de hoy, un absoluto rara avis. Conozco a algunos que saben que con contactos pueden pasarse medio año entre festivales literarios y recitales poéticos, muy bien pagados si la teta de lo público les riega. Pero a la hora de la verdad, todo nuestro esfuerzo de meses, a veces de años, se traduce en, a lo sumo, 400 ejemplares vendidos, que si tu editor se digna a pagarte las regalías –¡¡y Sr. Scott lo hace!!–, te permite vivir un mes casi a oscuras y con alimentaciones frugales. Por eso, la literatura debería ser vista como lo que realmente es: un sueño infantil alargado hasta la vejez en donde sacarle dinero es más complicado que ganar un juicio en China siendo extranjero. Por eso, cuando te metas en esto, ten claro que pasar hambre es la primera opción. Incluso en Tailandia, desde donde ahora escribo, tienen muy claro, por medio de un refrán, que ser escritor es sinónimo de pobreza. Por eso aquí no hay escritores. 

 

 

Presos lectores

Se habla siempre con grandilocuencia. Sobre todo, si hay que mejorar al pobre. O atacar al rico. Y me explico. En un reportaje de 2022 publicado en El País se informa de que en los 68 centros penitenciarios españoles se concentran cerca de 900.000 libros. Y según el mismo medio, eran Follet, Vázquez Figueroa y Pérez Reverte los escritores más leídos entre la comunidad presa, cuando no se explica si Fonollosa o Hegel están en el menú. Uno de mis mayores temores siempre ha sido que me metieran en la cárcel. Y no por el hecho de verme privado de mi libertad –¿acaso ahora soy libre?–, sino por tener que estar buena parte de tu tiempo encerrado en una celda, dada mi claustrofobia. Pero si de verdad tuviera que pasar mis días con mis enfermedades mentales a cuestas, el otro problema que mi cabeza siempre sacaría a colación es el de poder leer, escribir e incluso estudiar. Y claro, saber que dada mi manera de ser, tendría que pasar buena parte de mi vida con tipos que, según una estadística de Aulas de Cultura para Solidarios por el Desarrollo, en las cárceles de Soto del Real, Navalcarnero y Valdemoro lo más leído fueron los Cien años de soledad de García Márquez, La reina del sur de Pérez Reverte, y La sombra del viento de Zafón, decía que aparte de mis problemas no querría compartir el resto de mi vida con semejantes lectores. Se produce un hecho constante, y no sólo entre la población reclusa en España, sino hasta en Rusia: se leen los clásicos o superventas y se escatima en riesgo, justamente cuando de pocos placeres podrías aprovecharte más que de poder leer estando preso. Decía que los rusos eligen El maestro y Margarita, de Bulgávok, además de Crimen y castigo, de Dostoievski. Aunque el caso contrario se produce en el penal de El Chipote, en Nicaragua, donde a los sesenta presos de conciencia se les prohíbe no ya escribir sino hasta leer. Yo al menos ya sé que si algún día delinco no será en Managua o alrededores. 

 

 

Quitarse de en medio: escritores que se suicidan (Otra lista)

Aunque sólo se hable de asesinatos de mujeres a manos de sus maridos –56 casos el pasado 2023–, se ignoran los tropecientosmil suicidios diarios, con un aumento violento del 20% en el último lustro, llegando a la lamentable situación de cada dos horas y media alguien en España se quita la vida. Y los políticos, con la ayuda de los sometidos medios de comunicación, y por ende de la población pasiva lectora si es que aún queda alguien ahí, evitan comentar nada al respecto. Por eso hoy queremos tratar en esta columna que desea traspasar dimensiones repetitivas y genuflexas, a los escritores que un día tuvieron un mal día, exactamente y a conciencia, el último de sus vidas. Podríamos haber hablado en profundidad de tantos… Ryunosuke Akutagawa, Reinaldo Arenas, Paul Celan, Hart Crane, Osamu Dazai, Vladimir Maiakovski, Yukio Mishima, Hunter S. Thompson… Son tantos que cuesta entender cómo el suicidio se muestra como algo sin importancia; como una anécdota sin más, como haber muerto de una gripe o en un accidente de coche o tras haber sido inoculado con alguna dosis contra el covid. Mi admirado John Kennedy Toole, que ni supo que vería publicada su exitosa y maravillosa La conjura de los necios, desvió el tubo de escape hacia el interior de su coche que él previamente había cerrado a cal y canto. Yasunari Kawabata, genial escritor japonés, dejó el gas abierto. Y su compatriota Yukio Mishima, autor de la fastuosa tetralogía El mar de la fertilidad, se quitó la vida de una manera absolutamente honorable: a través del seppuku; abriéndose en canal con una espada desde el ombligo hasta la boca del estómago. El domingo 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway se voló la cabeza con su escopeta de caza. Virginia Woolf, en cambio, decidió tirarse al río Ouse, cuando el genial Ángel Ganivet, autor de la prestigiosa obra Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, se tiró al río letón Dvina dos veces, ya que la primera vez lo rescataron con vida. Pavese, sin embargo, eligió otra forma típica de morir: tomando pastillas mientras se emborrachaba. Pedro Casariego Córdoba se tiró a las vías al paso de un tren y el tan desconocido como fabuloso poeta portugués, Mario de Sá-Carneiro, se envenenó. Y la pregunta sería, ¿y por qué ya no se suicidan los escritores? ¿O es que se suicidan, metafóricamente hablando, antes y durante el proceso de escritura? ¿Acaso escribir ya no es lo esencial ni para la sociedad ni para el propio escritor? No tengo la estadística, pero sospecho que conforme más personas se quitan la vida en el mundo menos lo hacen los escritores. Claro que si ves sus redes sociales, uno acaba por comprenderlo todo.