Limonov: The Ballad, la película del realizador ruso Kirill Serebrennikov presentada en el festival de cine de Cannes 2024, nos trae de nuevo al escritor Eduard Limónov (Eduard Veniamínovich Savenko, 1943-2020), personaje al que la biografía de Emmanuel Carrère popularizó. Aunque la película se centra en los años que vivió en Nueva York, pensamos a favor de quien  se hubiese posicionado en la guerra de Ucrania.

Hombre de extremos y contradicciones, como el mismo contó en El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel, 2019) vivió una juventud rebelde en Járkov (hoy Ucrania) hasta su llegada a Moscú, donde abrazó la contracultura soviética y acabó enfrentándose al régimen. Esto le llevó a emigrar a Nueva York a mediados de los años setenta.

Su estancia estuvo marcada por la pobreza y la escritura. Allí escribió «Soy yo, Eddie», una novela semiautobiográfica que describe la desilusión de un escritor emigrado en América. Sin trabajo, abandonado por su amada Elena, compañera de exilio, vive de la asistencia social, mantiene relaciones homosexuales con negros y termina de mayordomo de un millonario. El retrato descarnado y sin remordimientos de sus experiencias, le granjeó bastantes seguidores y consolidó su reputación provocadora.

 

Eduard Limonov y su mujer Elena Shchapova, 1973. Foto de Evgenii V. Bachurin.

 

Tras cambiar Nueva York por París, Jean Jacques Pauvert, el editor condenado diez veces por atentar contra las buenas costumbres, publicó su primera novela con el título de  El poeta ruso prefiere a los negrazos. El libro se vende bien y Limónov frecuenta el mundillo literario. Tampoco desdeña participar en los proyectos más críticos contra el sistema, como el L´Idiot international del provocador Jean-Edern Hallier, una publicación que no se calla la boca y dispara contra todo. Allí le sorprende la desintegración de la Unión Soviética.

Un nuevo escenario se abre para él, el de su amado país, y al que dejó en los años setenta abotargado entre la burocracia comunista y el vodka. Ahora Rusia experimenta un electroshock de alto voltaje al pasar en pocos meses del comunismo al capitalismo. Mientras Moscú se asemeja a la Chicago de Al Capone, una minoría de espabilados se enriquece a manos llenas y una inmensa mayoría se precipita hacia la pobreza.

A su regreso a Rusia a principios de la década de 1990, Limónov se convirtió en una destacada figura nacionalista y fundó el Partido Nacional Bolchevique (PNB). El PNB era una mezcla de ideologías de extrema izquierda y extrema derecha, que abogaba por recuperar los territorios perdidos y las políticas sociales de la era soviética, junto con una feroz oposición a la influencia occidental. Un partido neofascista que nunca representó una oposición seria, primero para los reformistas y luego para Putin.

 

Limónov en una manifestación del Partido Nacional Bolchevique

 

Como estamos en un país donde, por tradición, ser opositor es poseer un billete seguro para la cárcel, el PNB fue reprimido con fuerza y el Estado no dudó en montar una falsa acusación de terrorismo contra Limónov. El escritor cumplió cuatro años de cárcel y que le sirvió, según sus palabras, para templar el duro metal del que estaba hecha su alma.

Mas allá de la vida y características de este hombre egocéntrico, espartano, amoral y carismático, a veces indignante y nunca mediocre, que subió y bajó en el tobogán de la vida, el talento literario de Limónov hicieron que siguiera siendo una figura importante en los círculos intelectuales rusos.

En su biografía, el escritor francés Emmanuel Carrère captó la esencia de un hombre que fue a la vez empático y crítico, y reconoce  su brillantez. Un hombre movido por un profundo sentido del destino y un compromiso inquebrantable con sus principios, por controvertidos que fueran. Una figura que fue tanto un producto de su tiempo como una fuerza en contra de él, desafiando constantemente el statu quo y empujando los límites del discurso aceptable.

 

Limónov, dos guardaespaldas de su partido y su última novia, Moscú 2012

 

La posición de Limónov sobre la guerra de Ucrania

Limónov era conocido por su acérrimo nacionalismo y su creencia en una Rusia fuerte y expansionista. Esto quedó patente en su apoyo a las fuerzas serbias durante la guerra de Yugoslavia durante la década de 1990 y en su defensa de la intervención rusa en los Estados postsoviéticos. Sin embargo, su apoyo a las causas nacionalistas se vio a veces matizado por una visión crítica del liderazgo ruso. No temía criticar a Vladimir Putin, a pesar de compartir algunos puntos ideológicos en común.

En la guerra en Ucrania, que comenzó en 2014 con la anexión de Crimea y se intensificó en 2022 con una invasión a gran escala, lo más probable es que Limónov habría tenido una posición compleja y matizada. Sus instintos nacionalistas podrían haberle llevado a apoyar la idea de una Rusia más grande y la recuperación de territorios. Esto coincidiría con su anterior apoyo a una política exterior agresiva.

Por otro lado, el desprecio que sentía por la clase política rusa podría haberle llevado a criticar la guerra como un error estratégico o una manifestación del mismo autoritarismo estatal contra el que a menudo arremetía. Los escritos y discursos de Limónov estaban repletos de ataques a la clase dirigente por la corrupción y la incompetencia del gobierno ruso, y es plausible que hubiera visto la invasión como otro ejemplo de política estatal equivocada.

Sin embargo, tampoco se puede estar seguro. Limónov nunca tuvo miedo de desafiar al mundo que le rodeaba. De lo que no cabe duda es que su posición habría sido tan impredecible como lo fue su vida aportando una perspectiva única y provocadora del conflicto.

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