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Libros para ver, películas para leer

Libros para ver, películas para leer

Jessie Buckley, Christian Bale y Maggie Gyllenhaal en el rodaje de «La novia». Foto de Niko Tavenise

 

Hoy para cerrar el verano os traigo una extraña combinación etílica: néctar y absenta. Ya sé que la mezcla no es muy ortodoxa, pero va muy bien con el tema. A fin de cuentas, la vida es mezcla y las historias de las que vengo a hablar tienen algo en común: llevan en su núcleo un importante porcentaje de Prometeo, cada una a su modo. Y es que hoy no traigo novedades: ha sido este un verano perezoso y siento que he leído poco y que he visto poco cine, pero me da mucha paz pensar que después de mucho tiempo he saldado una deuda que tenía conmigo misma: con la amenaza de la película de Nolan sobrevolando como un dron, me propuse releer la Odisea y tengo que admitir que no ha sido tan sencillo como recordaba, y que he tardado más de lo que planeé. También es cierto que el disfrute ha sido exponencial.

Leí la Odisea por primera vez con ocho años, en una versión adaptada que saqué de la biblioteca del colegio. Era la primera vez que pisaba una biblioteca y en honor a Borges diré que cuando entré allí pensé que había entrado en el cielo (aclaro que era un colegio de monjas y mi percepción pudo verse algo sesgada). No era el primer libro que leía pero la competencia se componía de historias de los Cinco, las Mellizas, Torres de Malory y los clásicos adaptados de Bruguera que llevaban una parte en forma de cómic. Recuerdo el impacto que me causaron el episodio de Polifemo y la historia de Circe. Volví a leerlo en el bachillerato y luego en la universidad, y cuando empezó a correr el rumor de que Nolan iba a llevar el libro al cine me dio un vuelco el corazón. A ver qué hace, fue lo primero que pensé. Si alguien puede hacer una película sobre la Odisea ese es Nolan, fue lo siguiente. Una historia cuya línea argumental tiene tantos recovecos, avances, retrocesos y paradas para narrar, repostar, reconstruir las negras naves, surcar el anchuroso ponto rojo como el vino, bañarse, ungirse con aceites y ponerse una lujosa túnica… Creo que ningún otro podía hacerlo. Minutos de metraje: sí, a cascoporro. No me sobró ninguno, la verdad, y eso que tolero mal las películas de más de hora y cuarenta minutos. Es decir, casi ninguna de las que se hacen ahora. ¿Errores? ¿Fallos? Los tendrá, sin duda. Que si los cascos, que si lanzas… Soy apasionada seguidora de la fidelidad al momento histórico de las películas, y me molesta encontrar detalles anacrónicos en ellas. Pero también estoy convencida de que salvo que uno sea un experto de primera línea en estudios clásicos hace menos daño una lanza griega que no es de ese siglo que el cardado extemporáneo de Brigitte Bardot en Viva María. Leí la opinión indignada de un escritor porque en la película la refriega con los pretendientes era demasiado Disney (creo que él decía «Hollywood») ya que en la obra de Homero Odiseo atraviesa con sus flechas las gargantas de los pretendientes… Creo que fueron solo dos de unos 110 pretendientes, así que tampoco es para enfadarse.

 

Una escena de ‘La Odisea’, con Anne Hathaway como esposa de Odiseo. / EPC

 

El tratamiento de película de aventura que le da Nolan me parece impecable y muy cuidado desde el punto de vista cinematográfico, es más en la línea de Dunkerque y El caballero oscuro que en la de Memento o Tenet. El personaje de Telémaco, un pelín blandito. El de Penélope pasa la prueba, aunque tejiendo tras la celosía ante esa jauría de verracos me recuerda a las go-gós que bailaban en las jaulas a finales de los sesenta. La adaptación no me parece tan espantosa como para que levante ampollas salvo en los más puristas. Pero el veredicto de las sacrosantas redes era otro, y ahí empezó mi sorpresa. La traducción. De repente a todo el mundo le importaba la traducción, que es algo que no suele importar a nadie. Y no importaba que fuese atinada ni correcta: lo que importaba es que era LA traducción. Porque la autora era una mujer que había tenido la valentía (¿Ein? ¿La valentía?) de quitar los adjetivos ofensivos etc., etc. Rascando un poco supe que la autora de la traducción había extirpado el adjetivo leukós del griego, que se aplica a los brazos de Helena en la obra de Homero. Lo primero que pensé, antes de indignarme, fue que también podía haber borrado la sonrisa de la Mona Lisa: el grado de criminalidad sería el mismo, pero menos espectacular. Y es que las felonías que se cometen con palabras pasan mucho más desapercibidas que las que se cometen con imágenes. Dicho de otro modo, se ven menos, y por eso hay que cacarearlas más cuando conviene: la traductora decidió que los brazos podían ser brazos a secas, aunque Homero utilizara un adjetivo que, más allá del obvio blanco, también puede significar claro (no solo de color, sino de complexión, de textura o de cualidad), níveo, marmóreo, translúcido, de alabastro, aplicados a una señora que es reina, vive en un palacio y como no va a vendimiar, es posible que no tenga mucho color. También Safo habló de los brazos de Helena con ese mismo adjetivo, pero al parecer esto no venía al caso: si digo que los brazos de Helena —según Homero— no eran blancos oigo los aplausos; si alguien me corrige y me dice que Safo también los llamó así, que no es un síntoma de machismo, oigo los insultos.  Sigo: al pobre Odiseo le han tocado dos críticas fundamentales. Una, que vuelve igual de joven que cuando se marchó a la guerra, veinte años antes, pero demasiado blanco (no hay manera de acertar con los tonos) y dos, que la película se centra en su aspecto de hombre dañado por los horrores que ha presenciado. Voy a ver si logro salvarle: en la obra de Homero Atenea le rejuvenece: «lo tocó Atenea con su varita de oro. Un manto recién lavado y una túnica le envolvieron el cuerpo, y le infundieron arrogancia y juventud. De nuevo se volvió moreno de piel, y se redondearon sus mejillas y los cabellos de su barba ennegrecieron». El texto está tomado de la versión de Carlos García Gual para Alianza. En cuanto a la segunda acusación debo decir que esto es lo que tienen los clásicos, que son eternos y aguantan múltiples lecturas. ¿Menos arrogante en Nolan que en Homero? Sí, seguro. Y a sus fans de siempre nos gustaba arrogante aunque no fuera políticamente correcto. Pero una relectura actualizada, después de la feliz evolución de la figura masculina a lo largo de la historia y de las psicosis de guerra de todos los conflictos que han jalonado el siglo XX y siguen jalonando el XXI tampoco me parece tan grave. Lo mejor siempre es ir a la fuente, conocer el original y disfrutar las versiones nuevas, que hay unas cuantas, hasta encontrar la que más se ajusta a la idea que nos hemos hecho cada uno al leerlo, porque es derecho inalienable del lector entrar en conexión con la fibra que desee, la que más se ajuste a sus gustos o a su experiencia o a su estado de ánimo o a su carácter, y nombrarla favorita. Porque los clásicos nos muestran personajes que están hechos de materia humana casi siempre (hasta los dioses de la mitología tenían defectos), y en todo arquetipo hay una grieta por la que entra la luz, si uno sabe mirar y tiene las herramientas para hacerlo.

 

Una escena de la película «La Odisea»

 

Vi también en redes un comentario (no sé si era irónico) de una chica que decía que después de veinte años ni siquiera se abrazan cuando se encuentran. A veces creo que el famoso prosumidor de la nueva era quiere ser a un tiempo bombero y pirómano, con lo fácil que sería abrazar el matiz y la imperfección. Todas las críticas van hacia lo que Nolan no ha hecho como Homero o hacia lo que Nolan ha hecho como Homero. Mi crítica despiadada a la película: el episodio de Circe. Que un pedazo de mujer como es Circe, pedazo de bruja además, se caiga al suelo espantada rogando que no le haga daño una pandilla de soldados llenos de mugre no me convenció lo más mínimo. Hay otras cuestiones, algunos cambios en la naturaleza del argumento que resultan unos de más peso que otros… Cuando se hace una versión de una obra de la literatura universal, y se traspone a un medio como es el cinematográfico, hay que contar con un margen mínimo de maniobra para adaptarla. A mi modo de ver la película es un 9,8 y la adaptación un 8, y la recomiendo a todo el que ame el cine y a todo el que haya leído la Odisea con amor y no con el afán de encontrar en ella cosas que hoy son abyectas.

 

Jessie Buckley, Christian Bale y Maggie Gyllenhaal en el rodaje de «La novia»

 

Y después del néctar, el absenta. Vi casi a regañadientes una película que se titula La novia. Han quitado «de Frankenstein» a propósito, o mejor dicho, con un claro propósito: dejar claro que una puede ser «la novia» sin más, sin ser necesariamente la novia de nadie o, en otras palabras, sin pertenecer a nadie. Me lancé a verla sin saber nada al respecto: director, protagonista, argumento. Y me encontré con un diamante en bruto, como su realizadora, Maggie Gyllenhaal, actriz reconocida y directora también de La hija oscura, que cosechó extraordinarias críticas. En el caso de La novia me ha costado encontrar palabras adecuadas para definirla. Los cinco primeros minutos son una locura absoluta donde la directora juega con primeros planos en blanco y negro y los alterna con el color para presentarnos a un personaje dual interpretado por la misma actriz (Jessie Buckley, la oscarizada protagonista de Hamnet) pero no la misma persona, porque se mueven en épocas distintas… ¿O quizá sí? Aquí entra el absenta. Y el jazz. Y Chicago, años 30. Un escenario del lumpen de la época tachonado de alcohol, prostitución, marginalidad y música, a todo color y a todo volumen, entreverado con las extrañas confesiones de una mujer que dispara como una ametralladora palabras e ideas aparentemente absurdas e inconexas mientras desgrana una breve historia de la literatura y de la humanidad en la era moderna: la reanimación, el galvanismo y el psicoanálisis. Es la historia del monstruo de Frankenstein cuando adquiere consciencia de su soledad, narrada en clave de road movie protagonizada por unos Bonnie and Clyde un poco particulares. A mí me pareció una obra de arte, pero lo que he leído al respecto roza el absurdo. Es errática (claro, como la historia de los personajes), es una especie de patchwork de géneros y estilos (como tantas maravillas del Séptimo Arte), hay un sinfín de anécdotas que no parecen tener más interés que el de culminar en una revolución feminista (Excuse me?). Solo un comentario de Instagram pedía clemencia ante tanto jarro de agua fría: mayor apoyo para una obra realizada por una mujer. Y eso me hizo pensar: igual tenemos que limpiar bien los cristales de las gafas violeta. Es una película que me parece injustamente ensombrecida, una fiesta para los sentidos: la estética, el vestuario, el color, la música, el ambiente del cabaret al más puro estilo berlinés, la historia y la forma de contarla, el hecho de que la doctora, discípula del doctor Frankenstein, sea una mujer (extraordinariamente interpretada por Annette Bening), la cantidad de referencias literarias y cinematográficas que encierra, el hecho de que la denostada «revolución feminista» a la que se refiere la crítica que mencioné antes se convierta en un acto precioso de hermandad y solidaridad entre un sinnúmero de mujeres que sufren el abuso, el desprecio y en ocasiones una muerte horrenda y quede simbolizada por un tatuaje que es, en origen, un fallo en la reconstitución: el mechón blanco de la novia en la versión clásica… No dejen de verla. No es justo, efectivamente, que una mujer directora reciba tan malas críticas solo por no hacer una película con un mensaje feminista que, en lugar de obvio y directo, es culto, sutil y artístico en el más alto sentido del término.

 

Una escena de la película «La novia»

 

 

 

Sobre el autor

AMELIA PEREZ DE VILLAR

Amelia Pérez de Villar es escritora, novelista y traductora. Traduce habitualmente del inglés y del italiano. Entre otras traducciones y libros, últimamente ha publicado "Dickens enamorado: Un ensayo biográfico" (2012); las novelas "El pulso de la desmesura" (2016), y "Mi vida sin microondas" (2018); y los ensayos "Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio" (2019) y "Domus aurea. Las casa de la vida, la literatura y el cine" (2024).

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