Cuanto pesa la carne de un hombre
Hay algo incómodo en el protagonista de la novela del escritor británico David Szalay, «La carne» (Feltrinelli, 2026), István. No porque sea violento, ni resulte seductor o tome decisiones difíciles de aceptar. Lo incómodo es que no sepamos qué hacer con él. István es un personaje masculino al que nuestro tiempo parece haber llegado demasiado tarde. Es un hombre que no se explica, que rara vez se pregunta quién es y, sobre todo, no ofrece al lector una interpretación tranquilizadora de sus actos. István hace cosas. Las cosas tienen consecuencias. Él continúa.
A los quince años se acuesta con una mujer mucho mayor que él en la ciudad húngara donde vive. Nos encontramos en los años ochenta del siglo anterior, en los momentos finales de los regímenes comunistas de los países del este de Europa. Ella sabe que no significa lo mismo para los dos; él no. Para István el sexo aparece como una conmoción, algo que le sucede al cuerpo y que de pronto reorganiza el mundo. Cree que está enamorado. «Te amo», le dice. «No lo digas», responde ella. Y añade que no sabe qué significa esa palabra. Él insiste en que sí. Mucho tiempo después, cuando una mujer le dice que lo ama, István ocupa el lugar contrario y le responde que no es verdad. Las dos escenas se reflejan como si la novela hubiera puesto un espejo en mitad de la vida. Primero es István quien no comprende que la otra persona no siente lo mismo. Después es él quien niega lo que siente la otra. «Deja de decir eso». Las mismas palabras. Los papeles invertidos.

Estas escenas podrían ser el comienzo de una novela de iniciación sexual, o sobre el abuso y la diferencia de edad. «Carne» se niega a quedarse ahí. La relación termina en violencia. Alguien muere. István es acusado y su vida toma una dirección que nadie habría podido prever.
El lector empieza a descubrir que no lee una novela de formación convencional. István no aprende las lecciones que la literatura suele exigir a sus protagonistas. No hay una línea recta entre experiencia y conocimiento. La vida transcurre y deja marcas, pero no siempre ofrece comprensión. Quizá por eso su masculinidad resulta tan perturbadora. Estamos acostumbrados a que la literatura contemporánea nos diga qué significa un hombre. Nos ofrece hombres heridos, violentos, incapaces de expresar sus sentimientos, hombres que deben desmontar los privilegios con los que han sido educados. Incluso cuando se los critica, se los suele explicar. Szalay deja a un hombre solo frente a sus actos.
István no es un héroe, pero tampoco un antihéroe en el sentido tradicional. Ni siquiera encaja en la categoría del hombre tóxico, esa etiqueta que en los últimos años ha convertido una enorme variedad de comportamientos masculinos en una única explicación. Puede ser violento y tierno. Puede ejercer poder o someterse a él. Puede ser objeto de deseo y utilizar el apetito de otros. Puede hacer daño y sufrirlo. Szalay no entra en el debate de la masculinidad. Lo deja abierto. Esa apertura es la parte más inteligente del libro. István pertenece a una clase de personaje que la literatura ha conocido siempre y que, sin embargo, se ha vuelto difícil de contar. El hombre que no reivindica su masculinidad sino que vive dentro de ella.

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Su lenguaje es revelador. Sus conversaciones parecen hechas con frases elementales. «¿Está bien?». «Está bien», responde. «¿Seguro?». «Seguro», dice. Esa pobreza verbal contrasta con la densidad física de su existencia. El título de la novela no es una metáfora decorativa. La «Carne» lleva la corporalidad al centro de la narración a través del sexo, la violencia, la muerte y el nacimiento. Antes que ciudadanos, trabajadores, amantes o soldados, somos cuerpos que desean, reciben golpes, matan o son heridos, engendran y envejecen.
István se alista en el ejército. Va a Irak. Allí atraviesa una experiencia traumática. Después emigra a Londres, donde su vida cambia de nuevo. Pero el libro no cuenta esas etapas como capítulos de una transformación interior. Son como estaciones de un metro por las que István pasa. Cada capítulo escoge un momento y después corta. A veces han transcurrido años cuando volvemos a encontrar al protagonista; lo que ha ocurrido en medio queda fuera, y el lector debe rellenar los huecos. Un ejercicio de economía narrativa que elimina enormes extensiones de su vida y confia en unos pocos instantes para sostener el peso de lo demás.

István envejece, pero no se convierte en otro. Quizá esa sea la verdadera novela de formación escondida en «Carne», la historia de un hombre que no termina de formarse. Lo que ha cambiado no es tanto elprotagonista como la posición que ocupa dentro de la escena. Ahí está quizá una de las ideas de «Carne»- Una vida no consiste únicamente en lo que uno decide hacer de sí mismo, sino también en lo que los demás hacen con uno. El azar, el deseo ajeno, la violencia, la clase social, el cuerpo, las circunstancias históricas. István no controla buena parte de lo que le sucede, pero tampoco puede escapar de ello. Por eso resulta tan difícil juzgarlo sin más. No porque la novela relativice sus actos —al contrario, los deja desnudos—, sino porque evita convertirlos en una explicación total de la persona.
La masculinidad aparece así no como un problema que deba resolverse, sino como una condición que se atraviesa. István es hombre antes de saber qué significa serlo. Lo será cuando tenga quince años y cuando vaya a la guerra. En sus relaciones sexuales, en su violencia, en su trabajo, en su manera de callar, en su incapacidad para comprender ciertas emociones. Pero nunca tendremos la seguridad de que esas cosas formen una teoría coherente.

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Quizá la literatura empieza donde terminan las teorías. En los últimos años hemos adquirido una extraordinaria capacidad para nombrar ciertos comportamientos. Reconocemos las estructuras, los patrones, los síntomas. Es una forma de conocimiento necesaria, pero una novela no tiene por qué colaborar siempre con ella. Puede hacer algo distinto, como devolvernos a la incertidumbre. «Carne» no dice qué pensar de István. Nos obliga a mirarlo el tiempo suficiente para que nuestras definiciones resulten insuficientes.
Szalay confía en esa zona oscura. Deja fuera años enteros, explicaciones y buena parte de la psicología que otras novelas habrían considerado imprescindible. Y, sin embargo, al final tenemos la impresión de haber asistido a una vida atravesada por el deseo, la violencia, el trabajo, el cuerpo y el tiempo. No hay redención para István. Tampoco condena. Solo las consecuencias de vivir.

David Szalay
