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Franco Fontana (1933-2026), el fotógrafo que convirtió el color en arquitectura

Franco Fontana (1933-2026), el fotógrafo que convirtió el color en arquitectura

Franco Fontana. Foto de Giovanni Gastel

 

El fotógrafo italiano Franco Fontana extrajo el color del territorio de lo menor y demostró que un paisaje podía ser, a la vez, un lugar y una composición. Logró que una carretera se volviese una diagonal. Que un campo dejase de serlo para convertirse en superficie… Basta una ver imagen para reconocer a Franco Fontana, y en fotografía eso es lo más cercano a la inmortalidad.

Fontana murió el 29 de agosto de 2026 en Módena, la ciudad a la que estuvo ligado toda su vida. Tenía 92 años. Durante más de seis décadas construyó una obra que cambió la relación entre fotografía y paisaje y que fue decisiva para que el color dejara de mirarse con desdén dentro de la creación fotográfica.

Nacido el 9 de diciembre de 1933 en Cognento, junto a Módena, y nada en su origen parecía destinarlo a la fotografía, un arte que descubrió a finales de los años cincuenta, lo que le marcó el rumbo. En 1961 empezó a frecuentar el Circolo Fotografico Modenese y poco después inició una investigación que ya entonces se desviaba de los caminos habituales.

Su primera exposición individual la celebró en Turín en 1965. Dos años más tarde, en 1967, un viaje a Praga resultó decisivo en su formación. De aquel año data una de sus imágenes más célebres, tomada en esa ciudad: un escorzo urbano dominado por los tejados, en el que un coche de un rojo intenso estalla como un relámpago de color. Ahí estaba ya, en estado puro, su manera de mirar. Una realidad perfectamente reconocible convertida en composición.

En 1968 expuso por primera vez en Módena. Para entonces ya tenía casi todo lo que definiría su trabajo. Encuadres audaces, una feroz reducción de lo superfluo, contrastes intensos y una atención obsesiva a las líneas que organizan el espacio.

Fontana no entendía el paisaje como una escena que hubiera que describir con fidelidad. Lo usaba como materia prima para levantar otra realidad dentro del marco. Ahí está su modernidad. No necesitaba manipular nada para que una imagen reconocible se volviera abstracta. Le bastaba elegir el punto de vista justo, acercarse a un detalle, eliminar información y reordenar lo que tenía delante.

En los años sesenta, muchos autores y críticos seguían considerando el blanco y negro como el verdadero lenguaje artístico de la fotografía. El color olía a publicidad, consumo, álbum familiar. Fontana demostró que el color podía ser estructura, ritmo y significado.

Su obra dialoga, sin proclamarse heredera de ninguna, con las grandes corrientes de su tiempo. En ella resuenan la abstracción, el minimalismo, el pop y ciertas experiencias de la pintura contemporánea. Pero Fontana no abandonó nunca el mundo real, y consiguió que un paisaje fuera paisaje y composición al mismo tiempo.

Durante los años setenta, su proyección internacional no dejó de crecer. Skyline, publicado en 1978, consolidó su prestigio y difundió una idea de la fotografía en la que el espacio queda reducido a sus estructuras esenciales. Desde entonces expuso en numerosos países y entró en las colecciones de importantes museos internacionales.

Pero su carrera desbordó con mucho el paisaje. Fotografió la ciudad, el cuerpo, el automóvil, la arquitectura y el desnudo, y desarrolló una intensa actividad publicitaria para firmas como Fiat, Volkswagen, Sony, Volvo, Versace, Canon y Kodak, mientras sus imágenes circulaban por publicaciones de todo el mundo. Para él, el encargo comercial y la investigación personal no eran mundos enfrentados. En ambos defendió la misma idea de la imagen: síntesis y una identidad visual inconfundible.

En sus fotografías casi no hay lugar para lo anecdótico. El espectador no necesita conocer la historia del sitio ni las circunstancias de la toma. Lo que queda es una organización visual rigurosa. La realidad aparece depurada hasta volverse casi un signo.

Esa depuración explica por qué su obra sigue vigente. En una época saturada de imágenes, las de Fontana no cuentan necesariamente una historia; proponen una experiencia visual. Su fuerza nace de que cuanta menos información ofrece la imagen, más intensidad adquiere cada uno de sus elementos.

Fontana perteneció a la generación que transformó la fotografía en la segunda mitad del siglo XX, pero su obra no se reduce a testimonio de una época. Su investigación sobre la percepción, el espacio y la construcción de la imagen sigue siendo reconocible en la fotografía contemporánea.

Su trayectoria recorre buena parte de la historia de la fotografía de esas décadas, desde la reivindicación artística del color hasta el diálogo con la abstracción, el diseño y la publicidad. En ese camino ocupó un lugar propio, reconocible por la coherencia de su obra y por su capacidad para llevar la fotografía italiana más allá de sus fronteras.

Hace un par de años, en el Brescia Photo Festival, dijo que «El color es mi vida. Es lo que quedará de mí cuando me vaya». Tenía razón. Quedan los campos que ya no son campos, las carreteras que son diagonales y una manera de mirar que no se agota.

 

 

 

 

Sobre el autor

MALCOLM LARDER

Malcolm Larder estudió en el Department of Design Media Arts (DMA) de la University of California (UCLA), en Los Angeles. Trabaja en la industria tecnológica en Seattle, una ciudad de hombres antisociales engreídos y mujeres independientes con mucho carácter

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