El regreso de la guerra en la sombra y la historia del KGB
Una escena de la película «La Casa Rusia» con Sean Connery y Michelle Pfeiffer
Hay algo inquietante en leer hoy en día «KGB: La historia secreta de sus operaciones en el extranjero, de Lenin a Gorbachov». Publicado en 1990 por el historiador Christopher Andrew y el exoficial del KGB Oleg Gordievsky, resulta un viaje extraordinario en el interior de la maquinaria secreta del poder soviético. Es también, a su manera, un obituario ya que la Unión Soviética se acercaba a su crisis final, y la institución que había protegido su sistema político durante más de siete décadas parecía destinada a convertirse en una reliquia de la Guerra Fría.
La historia, sin embargo, tenía otros planes. La Unión Soviética desapareció, pero no así el funcionamiento de sus servicios de inteligencia. Tampoco lo hizo la convicción, profundamente arraigada en el sistema de seguridad ruso, de que el enfrentamiento con Occidente es permanente y que la influencia política, el engaño y la desestabilización son instrumentos legítimos del arte de gobernar.
La guerra de Rusia contra Ucrania reavivó esta tradición y más allá de los campos de batalla, Europa se enfrenta cada vez más al sabotaje, los ciberataques, la desinformación y las operaciones encubiertas de influencia. Lo que Andrew y Gordievsky describen en su libro no es un modelo para todas las operaciones rusas contemporáneas. Es algo más interesante como la cultura estratégica de la que han surgido muchas de estas actividades.
Una de las aportaciones más importantes del libro, publicado en español en 1991 por la editorial Plaza Janés-Cambio16, es contar lo que los servicios de inteligencia soviéticos denominaban «medidas activas». Se trata de operaciones diseñadas no solo para recabar secretos, sino para influir en el entorno político de otros países. Entre ellas figuran la propaganda, el fomento de relaciones con políticos y periodistas afines, la difusión de documentos falsificados, la manipulación de organizaciones políticas y el aprovechamiento de las divisiones sociales existentes.

Oleg Gordievsky
La filosofía subyacente era ingeniosa en su sencillez porque no es necesario derrotar militarmente a un adversario si se puede debilitar su sistema político desde dentro. Se puede fomentar la desconfianza, socavar alianzas y hacer que las sociedades democráticas cuestionen sus propias instituciones. El objetivo no es necesariamente convencer a la gente de que Moscú tiene razón, es suficiente con hacerle ver que no se puede confiar en nadie, algo que los errores y la corrupción de numerosos políticos europeos facilita.
El testimonio de Gordievsky es especialmente valioso porque describe estas actividades desde dentro. Su carrera le llevó a recorrer la maquinaria de inteligencia del KGB, siendo destinado en Copenhague y Londres, donde acabó convirtiéndose en subjefe de la estación soviética. Tras comenzar a cooperar con los servicios de inteligencia británicos en 1974, aportó a Occidente un conocimiento muy detallado de las operaciones de inteligencia soviéticas. Su posterior huida de Moscú en 1985 fue uno de los episodios más notables de la historia del espionaje durante la Guerra Fría.
Andrew, por su parte, aporta la perspectiva histórica que hace que el testimonio sea algo más que una recopilación de historias de espías. El KGB se perfila como una institución cuyas actividades eran inseparables de las ambiciones políticas del Estado soviético. La recopilación de información, la guerra ideológica y la protección del régimen eran diferentes aspectos de una misma empresa. La era de Putin ha reavivado muchos de los supuestos que caracterizaban la política exterior soviética como la convicción de que Rusia está rodeada de potencias hostiles, de que las democracias occidentales están intrínsecamente divididas y que la influencia política y la acción encubierta son instrumentos legítimos en una lucha internacional por el poder. El KGB ya no existe, pero su legado institucional es visible en la cultura política de la Rusia de Vladímir Putin. El propio Putin sirvió en el KGB en Dresde durante la década de 1980 y los servicios de seguridad rusos se han convertido en un elemento central del sistema de gobierno del país y de su concepción del poder internacional.
Las organizaciones sucesoras no son idénticas al KGB soviético. El Servicio Federal de Seguridad (FSB), el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) y el servicio de inteligencia militar (GRU) tienen responsabilidades, estructuras y prioridades operativas diferentes. Pero el repertorio subyacente de espionaje, coacción, desinformación e intervención encubierta sigue resultando sorprendentemente familiar.

La espia rusa Anna Chapman
Ucrania y el regreso de la guerra en la sombra
La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022 transformó el entorno de seguridad de Europa. Sin embargo, la guerra nunca se ha limitado al territorio de Ucrania. También se ha convertido en un enfrentamiento entre Moscú y el orden político europeo en su conjunto. El Kremlin no solo ha buscado derrotar militarmente a Ucrania, sino también debilitar la determinación de sus partidarios europeos. Cuanto más logre dividir a los gobiernos europeos, más difícil resultará mantener las sanciones, la ayuda militar a Ucrania y una estrategia coherente a largo plazo.
Aquí es donde las lecciones del KGB cobran especial relevancia. El enfoque ruso contemporáneo combina la fuerza militar convencional con actividades diseñadas para operar por debajo del umbral del conflicto abierto. Los ciberataques, el sabotaje, el espionaje, la desinformación, la injerencia política y la coacción económica no son fenómenos aislados. Pueden formar parte de una estrategia más amplia destinada a demostrar vulnerabilidad, generar ansiedad y obligar a los gobiernos a desviar recursos. En este sentido, la estrategia se asemeja a la antigua concepción soviética de la guerra política, como explotar las debilidades del adversario en lugar de enfrentarse directamente a sus puntos fuertes.
Un estudio de 2025 realizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) examinó la magnitud de las operaciones de sabotaje rusas, tanto sospechosas como confirmadas, contra las infraestructuras europeas. En él se identificó un patrón descentralizado en el que los intermediarios reclutados y los representantes locales tienen un papel cada vez más destacado en estas operaciones. La expulsión de cientos de agentes de inteligencia rusos de las capitales europeas ha dificultado el funcionamiento de las redes de inteligencia tradicionales, pero también ha fomentado el reclutamiento de personas a través de canales menos convencionales.
Se trata de un avance importante. Es posible que el agente de inteligencia moderno ya no necesite reclutar a un simpatizante ideológico con años de experiencia política. Un intermediario «desechable», contactado en internet y al que se le paga por llevar a cabo una tarea relativamente sencilla, puede ser suficiente. La tecnología es nueva; el principio de la negación plausible, no.

El entorno digital actual ha facilitado mucho esta tarea. Las plataformas de redes sociales, las cuentas anónimas, las redes automatizadas y la inteligencia artificial permiten que las narrativas engañosas circulen a una velocidad y una escala inimaginables para los propagandistas soviéticos.
Sin embargo, sería un error atribuir toda opinión antieuropea o antiucraniana a la injerencia rusa. En las sociedades democráticas hay desacuerdos genuinos, y la crítica a la política gubernamental no es una prueba de manipulación extranjera. De hecho, tratar toda disidencia como sospechosa beneficiaría directamente a quienes buscan socavar las libertades democráticas. El objetivo consiste en difuminar la distinción entre el auténtico debate político y la información manipulada desde el exterior. Cuando los ciudadanos ya no pueden distinguir entre información independiente, propaganda y material fabricado, la propia confianza se ve afectada.
La respuesta europea a esta política ha sido desigual. Las agencias de inteligencia se han vuelto más alertas, los gobiernos han reforzado las defensas cibernéticas y la OTAN y la UE han mejorado su cooperación. Las expulsiones diplomáticas y las sanciones contra Rusia también han dejado claro que la injerencia encubierta acarrea consecuencias. Pero Europa sigue enfrentándose a una dificultad fundamental porque la guerra híbrida está diseñada para explotar los límites institucionales entre la paz y la guerra, la seguridad interior y la política exterior, la actividad delictiva y la agresión patrocinada por el Estado.
Un incendio en un almacén, un cable de comunicaciones dañado o un intento de ciberataque pueden parecer, en un primer momento, un incidente aislado. Determinar la responsabilidad, demostrar la implicación de un gobierno extranjero y acordar una respuesta adecuada puede llevar bastante tiempo. Mientras tanto, el autor se beneficia de la incertidumbre.
El libro ofrece una oportunidad para comprender que el mayor peligro para Europa sería considerar estas actividades como una consecuencia temporal de la guerra en Ucrania. Están arraigadas en una tradición mucho más larga de la política estatal rusa y es poco probable que desaparezcan con un alto el fuego o incluso con un acuerdo de paz. Por eso «KGB», escrito hace más de tres décadas, resulta tan actual. Su tema no es simplemente la historia de los servicios de inteligencia soviéticos. Es la lucha constante por la independencia política de Europa y su capacidad para determinar su propio futuro.

Una escena de la película «El espía inglés»
