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Nadie nada nunca, de Juan José Saer

Nadie nada nunca, de Juan José Saer

«Río Paraná”. Circa 1940. Foto de Ilse Mayer.

 

En la literatura, lo que es bueno es bueno, lo que es malo es malo, y lo malo y lo bueno se diferencian claramente. El reconocimiento de lo bueno no siempre cae pesada y precipitadamente como una lluvia de verano, pero el tiempo hace lo suyo y, de inmediato o no, aplazado o no, libera el fenómeno que al final, se vuelve de urgente lectura para todas las generaciones. En el micro ensayo “Nadie, zafa, nunca”, Fabián Casas escribe que “Saer es un clásico: es decir, alguien que impone los criterios en los cuales va a tener que ser leído”. Con Juan José Saer uno tiene la sensación de que no se puede imaginar la clase de palabras que vendrán después, las pausas que vendrán después, qué actos mínimos serán dichos y disueltos después, qué nos dirá que nos dejará atrapados en el movimiento de un río, en el detalle de una copa de vino, qué palabras innecesarias ha borrado a cambio de un poco de silencio.

Considerado erróneamente como un escritor para escritores o para una casta cerrada de eruditos, con el tiempo -que, repito, hizo lo suyo- Saer fue considerado el mejor escritor de la segunda mitad del siglo XX (el de la primera fue Borges), demostrando que la cualidad que prima en los que conocen las medidas del tiempo es no tener prisa.

 

 

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II

Lo que más me impresionó de Nadie nada nunca fue descubrir que una novela podía avanzar casi sin moverse (es “exasperantemente inmóvil”, escribe Adrián Bertorello en su artículo “La desarticulación de la enunciación en la novela de Juan José Saer Nadie nada nunca”. Una inmovilidad que favorece “la reducción a su mínima expresión de las transformaciones, cambios o movimientos”; es decir la “acción subordinada a la percepción”). En casi todas las lecturas a las que me dediqué en estos años, con algunas excepciones (Pynchon, Joyce, algunos cuentos de Lugones, algunos de Foster Wallace), la narración parece ser empujada por una sucesión de acontecimientos, revelaciones, conflictos, giros, que, sin apresurar, convergen todas en un “hacer”. Pero Saer es otra cosa, nos lleva a la consternación, a la atónita lectura de una construcción sin presura de un alargado, aletargado y pálido detalle que necesita ser contado. Saer posee una confianza absoluta en que el mero acto de observar, en que la búsqueda de la precisión obsesiva, contiene una intensidad suficiente para sostener un libro entero y que la trama puede sobrevivir en el pequeño y restringido espacio que queda de sus descripciones.

De hecho, con Saer ya hay varias ideas que son casi patrimonio de la crítica y conviene pisar con cuidado para no recaer ni abusar de elementos de estudio sumamente fundamentados. Sobre la percepción fenomenológica de Merleau-Ponty ya se explayaron Beatriz Sarlo, Julio Premat y María Teresa Gramuglio; sobre la relación con la pintura escribió Miguel Dalmaroni; y casi todos ellos y tantos más se expresaron sobre la lentitud del tiempo o la repetición como procedimiento narrativo.   

Y es cierto que todo aquello es parte de la voz de Saer, un estilo tan particular que lo vuelve un escritor único. Esa misma cadencia se reconoce en otros trabajos suyos como El limonero real, porque es la fidelidad al ritmo la manera en que Saer nos muestra su mundo y uno encuentra la identificación desde su paso parsimonioso y pesado así como hipnótico. En dicha identificación, el lector comienza a transformarse. Uno deja de preguntarse qué va a ocurrir para comenzar a preguntarse cuánto puede durar un instante, cuántas veces una misma escena puede ser recorrida sin agotarse, y de repente, cautivado por esa forma de lectura extraña, uno ya no se encuentra corriendo detrás de la novela, sino que acepta caminar al lado de Saer sintiendo su respiración, su beso de paz, su movimiento de río que mece.

 

Juan José Saer

 

III

Hay algo en las formas de Saer que recuerda aquella curiosa matemática existencial de Kundera en La lentitud: “El grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”. Acaso buena parte de nuestra vida y lecturas transcurran bajo esa segunda ecuación en tanto nos apresuramos por llegar, por la meta y la finalidad, que el desarrollo y sus pequeños accidentes quedan en un plano secundario, cuando podrían convertirse en los recuerdos más persistentes. La frase de Kundera me llevó a un enlace en la web de adfinca.net. Allí el reseñador anónimo cita un proverbio checo: “Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices”. Luego reflexiona: “¿Cuánto hace que no miramos a las nubes y adivinamos formas en ellas? No tenemos tiempo”.

La sensación es que Nadie nada nunca no abruma ni aturde, más bien acompaña el curso de los pensamientos, se deja llevar, nos deja ir. Reclama para la literatura y para la existencia el derecho a demorarse, ampliando el tiempo que nos queda en instantes que se dilatan sin que medie la potencia de un impulso.

No es casualidad que los dos escritores argentinos que definieron la literatura del siglo XX hayan sido maestros del tiempo. Borges de una manera explícita, con sus paradojas y juegos y problemas, y Saer trasladando sus inquietudes a la propia construcción del relato, explotando la duración de un momento particular, en que cada gesto, movimiento, luz, sonido, contengan la fascinación por el misterio que nos consume y por tanto merecen la precisión del detalle. Contarlo y apreciarlo con ojos divinos y no con ojos mortales, a los que el imperio del tiempo suele estar oculto.

 

El escritor argentino Lucas Damián Cortiana

 

 

 

Sobre el autor

LUCAS DAMIÁN CORTIANA

Lucas Damián Cortiana (Chivilcoy, 28 agosto 1983). Escritor argentino. Ha colaborado en revistas, diarios y páginas literarias. Ha recibido varios premios locales, nacionales e internacionales. Ha publicado libros de poesía, novela y ensayo. Su último libro es "Catálogo de maldades intelectuales" (Editorial Sophie)

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