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François Halard, la belleza de los lugares donde ya no hay nadie

François Halard, la belleza de los lugares donde ya no hay nadie

Maison de Verre, París: la fachada de bloques de vidrio arde en ámbar al caer la tarde.

 

 

Hay fotógrafos que buscan la acción y otros que llegan cuando todo ha terminado. François Halard (1961) pertenece al segundo grupo. Su territorio son los interiores, habitaciones donde la luz entra de lado y los objetos parecen conservar la memoria de quien los usó. Vive y trabaja entre Nueva York, París y Arles, y colabora con regularidad en Vogue y Vanity Fair. Reducirlo a fotógrafo de revistas de decoración sería quedarse en la superficie. Lo que practica es una arqueología sensible del siglo XX.

Durante los últimos veinte años se ha especializado en interiores creados por algunos de los artistas y diseñadores más importantes del siglo pasado, como la casa de Palm Springs de Albert Frey, el estudio italiano de Cy Twombly, la villa Noailles de Robert Mallet-Stevens, o la de Robert Rauschenberg en la isla de Captiva. En todas, la casa funciona como un autorretrato involuntario. Halard fue uno de los principales autores de Vogue Living: Houses, Gardens, People (2007) y ha firmado libros dedicados a lugares concretos: Villa Malaparte (Actes Sud, 2003), Lieux de la reine (Thames & Hudson, 2005) y La Maison de verre (Actes Sud, 2007).

 

Una cocina de campo con suelo de barro cocido, aparador azul y dos galgos: la vida doméstica según Halard (Vogue Living).

Su trabajo sobre la Maison de Verre, la casa parisina de vidrio y acero que Pierre Chareau levantó en los años treinta, es probablemente el más célebre. Las imágenes la muestran como un organismo vivo: los bloques de vidrio filtran una luz lechosa, un piano de cola descansa bajo la cuadrícula metálica, los armarios de chapa dibujan volúmenes casi escultóricos. Hay mecanismos, escaleras y pantallas de malla que revelan una ingeniería de aire industrial. Y sin embargo la casa no resulta fría. Tiene una calidez melancólica, la sensación de que alguien acaba de salir de la habitación.

 

El piano de cola frente al muro de vidrio, junto a la biblioteca.

 

Armarios metálicos en blanco y negro; una mesa de cristal que recoge el reflejo de la fachada.

 

Mallas translúcidas que dividen el espacio; el salón con sus butacas bordadas y la escalera de madera.

 

Esa cualidad es la firma de Halard. No fotografía la arquitectura como un objeto perfecto, sino como un escenario habitado por la ausencia. Su cámara se detiene en el desgaste, en la pátina, en la huella del uso, y convierte lo imperfecto en valor estético. En los detalles, como una lámpara de alabastro que recoge el sol sobre la mesa, la casa parece respirar.

 

Una lámpara de pantalla de alabastro sobre una mesa de madera.

Su curiosidad alcanza otros monumentos del siglo XX. El Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe aparece en su pureza de travertino y agua quieta; los interiores de Carlo Mollino, en cambio, son teatrales y sensuales, con terciopelos rojos y azulejos azules y blancos. Son estéticas casi opuestas, y Halard las aborda con la misma actitud: no impone un estilo, escucha el espacio y espera a que la luz le diga dónde mirar. Varias de estas imágenes son Polaroids, un formato que subraya lo fugaz y lo íntimo de su mirada.

 

 

Pabellón de Barcelona: el estanque y el muro de travertino.

 

Terciopelo rojo y azulejos: una vasija con varillas y una silla de madera ante la cortina.

 

Polaroids de la Maison de Verre.

La relación de Halard con el arte va más allá del tema. Sus fotografías se mostraron en 2007 en la Colección Lambert de Aviñón, en la exposición Il faut rendre à Cézanne…. Ese mismo año colaboró en el catálogo de Blooming, a scattering of blossoms and other things, de Cy Twombly (Gallimard), y en 2010 en el de Terramare, de Miquel Barceló, también en Aviñón (Actes Sud). Entiende los talleres y las casas de los artistas como una prolongación de su obra.

Su proyecto más emotivo quizá sea el dedicado a Saul Leiter (1923-2013), pionero de la fotografía en color. En 2015, dos años después de su muerte, Halard visitó el apartamento casi vacío del East Village donde Leiter había vivido más de cincuenta y cinco años. Fotografió las paredes deterioradas, el armario vacío y lo que el artista dejó. De ahí nació un libro publicado por Libraryman en 2017, con segunda edición en 2020. Lo más sorprendente es que aparecen cuerpos y rostros, los de las fotografías que Leiter conservaba, integrados en el interior: en un fotógrafo de espacios casi siempre deshabitados, es un homenaje.

Halard también ha fotografiado su entorno más íntimo en Arles, donde vive en parte. Aquí la mirada es doméstica y acumulativa. Un salón de boiserie desgastada con una mesa redonda cubierta de máscaras africanas; una repisa de mármol donde conviven cráneos fotografiados, una máscara bicolor y cerámicas blancas; un sofá rojo con torres de libros; una biblioteca que se abre a otra sala; un jarrón con anémonas moradas sobre una mesa de trabajo. Si en otros proyectos retrata la memoria ajena, aquí parece fotografiarse a sí mismo a través de las cosas.

 

Salón con boiserie envejecida, máscaras y una mesa redonda.

 

Un salón de paredes pintadas con alfombra morada; una repisa con cráneos, máscara y cerámica blanca.

 

Sofá rojo y libros apilados; la biblioteca y el pasillo de baldosas hexagonales.

Anémonas moradas en un jarrón de cerámica, entre libros.

 

Ver la obra de François Halard es aprender a mirar de otra manera. Sus fotografías recuerdan que los espacios guardan la huella de quienes pasaron por ellos y que la belleza está también en lo gastado y lo callado. En una época de imágenes rápidas, propone una fotografía lenta, casi contemplativa. Sus casas vacías no están muertas, sino a la espera de que alguien las vuelva a habitar.

 

 

 

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Sobre el autor

MALCOLM LARDER

Malcolm Larder estudió en el Department of Design Media Arts (DMA) de la University of California (UCLA), en Los Angeles. Trabaja en la industria tecnológica en Seattle, una ciudad de hombres antisociales engreídos y mujeres independientes con mucho carácter

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