El narcisista que se pega un tiro en el pie
Foto de Ovlac
Está muy en boga hablar de narcisistas, señalando esa tendencia de comportamiento de las personas que alimentan su ego y que fundamentalmente se ocupan de mirarse el ombligo. Ahora el término se utiliza mucho, igual que antes se utilizaba coloquialmente el de neurosis. Los tiempos cambian, los modelos se modifican, y es cierto que la sociedad emana patologías narcisistas como setas en otoño.
Juan es un señor joven que está en mitad de su carrera profesional. Estudió Ingeniería con resultados brillantes y está pugnando por conseguir la plaza de jefe de departamento en su facultad. Ha hecho lo que él supone que tenía que hacer: ha estudiado mucho, ha estado cerca de los jefes con admiración y devoción, ha menospreciado a los inferiores y ha rivalizado con los iguales con movimientos éticamente dudosos. Los que le rodean le tratan con prevención y temor. Muchos lo aborrecen; pocos se relacionan sinceramente con él. Es lo que se puede definir coloquialmente como un trepa.
Por fin ha llegado el momento en el que su deseo está a su alcance. Hay una convocatoria de la ansiada plaza, a la que se presentan él y otras dos personas. Sale publicado el tribunal que los evaluará junto con la lista de admitidos. Juan no está.
Juan sería, a primera vista, un narcisista. Pero para entender qué le ha pasado hay que mirar el narcisismo con más calma. El narcisismo no es un estado, no es un bloque. Es una construcción que toma su nombre del mito de Narciso, el joven que se quedó embelesado consigo mismo al ver su belleza reflejada en el espejo del agua.

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El narcisismo nos habla del flujo de amor propio, de la construcción de ideales que van a regir el camino y de la imagen interna de cada uno. El amor propio nace del amor ajeno, del que te han transmitido en tu Crianza y en tu vida, y se construye con dos materiales: ser visto y ser celebrado.
El primero es la mirada. Como Narciso, el bebé se descubre en un reflejo, pero no en el río, sino en el rostro de la madre. La mira buscando sentido a sus sensaciones, y la madre le devuelve una mirada atenta, amorosa, receptiva a su estado, dándole identidad. El primer espejo donde uno se mira es el semblante de mamá, y lo que esa faz refleja va formando la identidad.
El segundo material es el trono. Los bebés ocupan un lugar omnipotente: son los reyes y las reinas de la casa, lo que Freud calificó como His Majesty the Baby. Es un lugar en el que los niños son el centro del mundo, adorados y atendidos sin reparos. La criatura reina sin haber hecho nada; solo por su propia y simple existencia es contemplada con el deleite de unos padres que le traspasan buenas dosis de amor propio. La criatura se alimenta y crece de lo que los otros le dan, física y psicológicamente.
Si esos otros no le han dado suficiente soporte, afecto y admiración, si no ha sido tratada con todos los honores que se le deben otorgar a “su majestad”, se creará una imagen de sí misma algo fallida y enclenque, que necesitará apoyarse en el deseo del otro para guiar sus pasos. Como si le faltara calcio en los huesos y no pudiera caminar sola, necesitará siempre un apoyo externo para transitar por la vida.

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En ese lugar en el que se ha colocado al bebe, esa omnipotencia privilegiada toma las formas propias de cada familia: para unos será sacar matrícula de honor en los estudios; para otros, pertenecer a un gran equipo de fútbol; para otros, ser juez, notario, fontanero o torero. Poco a poco, cuando los límites indiscutibles de la realidad les van dando forma, esas imágenes desmesuradas se irán transformando en modelos adecuados, posibles de alcanzar, convertidos en patrones vitales, guías de la vida. Lo que empezó fuera se incorpora y se queda dentro.
Todo esto pasa en el mejor de los casos, y el resultado será que esas criaturas se convertirán en personas sensatas y equilibradas, que se manejarán en el mundo tranquilamente, asumiendo frustraciones sin vivirlas como humillaciones y gestionando ambiciones sin ponerse el mundo por montera ni arrollar al que se les ponga por delante.
Son necesarias buenas dosis de amor propio de calidad para cimentar un narcisismo constructivo. Pero el narcisismo se va a erigir sí o sí como motor, por las buenas o por las malas.
Si no ha sido debidamente elaborado, nos podemos encontrar con personajes fastidiosos. Cuando no está suficientemente regulado, aparecen formas de funcionar “chocantes” que colisionan con mucha facilidad con los otros, con la realidad o con uno mismo.

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Juan es uno de esos personajes. No sabemos qué rostro le miró ni qué trono ocupó, pero sí sabemos cómo vive: su valor está, según lo siente, en el lugar que ocupa, y busca fuera un reconocimiento que le falta dentro.
Cierto es que los valores que se manejan actualmente son bastante nocivos para un equilibrio funcional: basar la valía en lo que se tiene, en lo que se consume, en cuánto se brilla, en lo alto que se llega. Todo lo cuantitativo favorece una carrera sin fin para conseguir lo inalcanzable: la completud. Se proclama que se puede ser inmortal. Ni los top están satisfechos.
Volvamos a la lista de admitidos. Juan no está porque se le ha olvidado presentar el título que lo acredita como ingeniero, y ha entregado sus papeles fuera de plazo.

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Lo que olvida no es un papel cualquiera. Es el documento que dice quién es y qué sabe hacer. Juan ha puesto tanto empeño en ser candidato que se ha olvidado de ser ingeniero. Su valor está en el puesto que persigue, no en el oficio que tiene, y en el momento decisivo ese oficio, lo único verdaderamente suyo, se queda en un cajón.
Juan se ha dado un tiro en el pie, que le deja paralizado sin poder llegar a la meta. En el último momento, algo le impide conseguir su aparente objetivo. Algo le retiene: el miedo a darse cuenta de que ahí tampoco está el reconocimiento que busca, o quizá una sensación de culpa que censura su comportamiento, o la sensación de usurpar algo que cree que no le corresponde, que le boicotea a la hora de conseguir el objetivo.
Ese tiro en el pie es un aviso de que algo, internamente, no le cuadra. Es una señal que le puede servir para pensar si realmente desea lo que quiere.

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