Qué es el periodismo, de Inmaculada de la Fuente. Sílex, 2026
Albert Camus en la redacción de «Combat» durante la Segunda Guerra Mundial
En un tiempo en el que las noticias proliferan, los algoritmos deciden qué merece atención y la opinión se disfraza de información, Inmaculada de la Fuente reivindica en «Qué es el periodismo» la independencia, el rigor y la conciencia moral de un oficio que a veces parece que está muerto y, otras, que lo que está en juego es la verdad sepultada por el partidismo.
No hace falta leer muchos artículos de diferentes medios para comprobar que nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano ni tantas dificultades para distinguir lo verdadero de lo falso. En el escaparate digital, una noticia contrastada puede competir en desigualdad de condiciones con un bulo ingenioso, una opinión disfrazada de hecho o un vídeo viral sin contexto. Todo circula, todo se comenta y casi todo parece reclamar una respuesta inmediata. En medio de este ruido, Inmaculada de la Fuente se pregunta: ¿qué es el periodismo?
Su respuesta da título a un ensayo breve, «Qué es el periodismo» (Sílex, 2026) donde la periodista y escritora no pretende resolver todas las incertidumbres de una profesión sometida a profundas transformaciones. Inmaculada de la Fuente defiende los principios de un periodismo que busca los hechos, verifica las fuentes, contrasta las versiones y cuenta lo sucedido con rigor. Un periodismo que tal vez en algún momento existió, pero que ahora le toca competir por la atención pública con las múltiples formas de comunicación existentes.
Según la autora, las redes sociales no son, por sí mismas, una amenaza, como tampoco representan una garantía de democratización informativa. Pueden servir para difundir investigaciones valiosas, pero también para amplificar la manipulación, el sensacionalismo y las medias verdades. La tecnología cambia los canales; no elimina la necesidad de comprobar aquello que se cuenta.

Inmaculada de la Fuente se distancia tanto de quienes anuncian la muerte del periodismo ante el avance de TikTok y la inteligencia artificial como de quienes confunden la popularidad de un contenido con su relevancia. Frente a ambos extremos, defiende una profesión definida por el método y la responsabilidad pública. El periodista no es simplemente alguien que publica, opina o acumula seguidores, sino que asume la obligación de responder ante los hechos.
La distinción importa especialmente cuando la frontera entre información y opinión se difumina, los titulares sustituyen a los argumentos y la rapidez se impone sobre la verificación. Pero la autora no cae en la tentación de atribuir todos los males a internet. La propaganda, la subordinación política y el sensacionalismo existían mucho antes de las plataformas. La crisis actual no es solo tecnológica, sino también cultural, económica y profesional.
Para defender su idea del oficio, De la Fuente recurre a una tradición de periodistas y escritores que entendieron la información como una forma de responsabilidad intelectual. Manuel Chaves Nogales ocupa un lugar destacado. Liberal y comprometido con la comprensión de una España enfrentada por los extremismos, representa una independencia difícil de mantener cuando cada bando exige adhesiones incondicionales. Su ejemplo recuerda que informar no consiste en confirmar las convicciones del lector, sino en ayudarle a mirar más allá de ellas.
También aparecen Albert Camus, Ryszard Kapuściński, Hannah Arendt y Josefina Carabias. De esta última recupera una recomendación que conserva intacta su utilidad como es leer distintos periódicos, comparar versiones y desconfiar de las explicaciones demasiado cómodas. Camus, desde las páginas clandestinas de Combat durante la ocupación nazi, encarna una concepción del periodismo en la que la verdad puede exigir valor personal.

Gerda Taro
El recorrido se amplía con las corresponsales y reporteras que desafiaron las convenciones de su tiempo como Carmen de Burgos, Sofía Casanova, Martha Gellhorn, Gerda Taro y Oriana Fallaci. Las escenas del Hotel Florida durante la Guerra Civil española, donde coincidieron periodistas, escritores y fotógrafos extranjeros, recuperan la dimensión física del oficio que consiste en estar donde suceden las cosas, observar y asumir el riesgo de contar lo que se ve. La muerte de Gerda Taro en Brunete condensa el coste humano de una profesión que, en muchas circunstancias, ha exigido más que destreza narrativa.
Esta galería de nombres constituye uno de los atractivos del ensayo, aunque también plantea hasta qué punto puede la memoria de los grandes periodistas iluminar una profesión cuyas condiciones materiales han cambiado radicalmente. Los referentes éticos siguen siendo necesarios, pero su legado solo tendrá sentido si puede traducirse en prácticas concretas dentro de las redacciones actuales.
De la Fuente recuerda que los géneros periodísticos no son intercambiables. La noticia expone los hechos esenciales; el análisis explica sus causas y consecuencias; el reportaje necesita tiempo, contexto y observación; la entrevista busca revelar algo más que respuestas previsibles. Estas diferencias, básicas en cualquier formación profesional, se vuelven especialmente relevantes en un espacio informativo donde la opinión puede circular como noticia y una afirmación repetida miles de veces adquirir apariencia de certeza.
La autora reconoce que la objetividad absoluta es difícil de alcanzar. Todo periodista interpreta y da importancia a un aspecto de la noticia frente a otro, pero esa limitación no justifica el relativismo. Al contrario, no todas las versiones son igualmente válidas ni todas las interpretaciones resisten la comprobación. Entre el reconocimiento honesto de los propios límites y la manipulación deliberada existe una distancia que el periodismo no puede ignorar.

El lenguaje también forma parte de esa responsabilidad. Un adjetivo inexacto puede deformar un hecho; un titular tendencioso puede insinuar una acusación que la información no demuestra. Escribir bien no consiste en embellecer la realidad, sino en expresarla con precisión. De ahí la defensa de la lectura como herramienta profesional. Sin historia, literatura, filosofía y conocimiento del mundo, el periodista corre el riesgo de quedar atrapado en la superficie de la actualidad.
El ensayo resulta convincente cuando reivindica los principios del oficio y menos concluyente cuando se aproxima a los problemas estructurales que condicionan su ejercicio. La inteligencia artificial, la dependencia de las plataformas, la precariedad laboral, la concentración empresarial y la búsqueda de ingresos mediante la economía de la atención merecerían un análisis más detenido. La ética individual es imprescindible, pero no basta para explicar ni corregir las presiones económicas y políticas que afectan al trabajo periodístico.
Esta es, probablemente, la principal limitación de un libro que prefiere la reflexión histórica y moral al diagnóstico técnico. No obstante, sería injusto exigirle un tratado sobre la transformación industrial de los medios aun ensayo de 66 páginas. Su propósito es recordar qué pierde una sociedad cuando renuncia a distinguir entre información comprobada y ruido, y qué responsabilidad corresponde a quienes producen noticias y a quienes las consumen.

Inmaculada de la Fuente
Inmaculada de la Fuente es una periodista y escritora española que se dedica al periodismo desde 1977. Ha trabajado en varias publicaciones del Grupo Prisacomo en El País Semanal y posteriormente en el diario El País. Sus libros tratan del papel de la mujer española en la guerra y la posguerra. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de España en 1985 en la modalidad de Reportajes y Artículos literarios.
