En la rueda de las trifulcas
Foto de Jean Daniel Lorieux
Estaba sentada a la orilla del Duero, sin hacer nada, escuchando un silencio salpicado por los brochazos de una pequeña cascada entre las rocas redondas. Una garza pensativa e inmóvil seguía ensimismada en sus asuntos, y las grajillas volaban en andanadas un tramo para luego volver a posarse en los pilares del puente de piedra.
Me fijé en una pareja que revoloteaba a su aire, apartada del grupo. No sabía si jugaban o discutían. Y pensé que, de un meridiano a otro del globo terráqueo, las parejas se enredan en las mismas discusiones, que giran en círculo una y otra vez sin llegar a ninguna parte.
Testigos universales de esas disputas son las máquinas domésticas, inocentes y eficaces, que nos alivian el trabajo diario: nos lavan la ropa, nos calientan el agua, nos dan calor. Ellas han presenciado muchas desavenencias de pareja. Saben que nunca se discute de lo que se discute, que una cosa es lo que se ve en la superficie y otra lo que hay por debajo de la línea de flotación. Saben que, en cualquier cultura o idioma, la estructura de la bronca tiene unas reglas comunes.

Foto de Jean Daniel Lorieux
En Sídney, Philippe, nada más llegar a casa, enciende la mecha diciéndole a Lizy:
—Dijiste que ibas a poner la lavadora.
—Se me olvidó, no pasa nada.
—No se puede contar contigo, no me puedo fiar de tu palabra. Nunca estás cuando te necesito.
La lavadora, abierta y vacía, asiste atónita y boquiabierta.
Lizy se sabe despistada, pero de buena fe; a veces olvida tareas que, para ella, no tienen importancia. Pero Philippe da en la diana cuando insinúa que su olvido no es inocente. A ella, desde niña le señalaron sus despistes como algo inaceptable, y desde entonces está harta de que le digan qué tiene que cumplir y cómo. Su «no hacer» es una protesta muda, inconsciente.
Philippe, por su parte, creció en una casa donde nadie se ocupaba de nada si no lo hacía él. Aprendió pronto que, si algo quedaba sin hacer, era porque a nadie le importaba. Por eso una lavadora olvidada no le habla de ropa, sino de soledad, y por eso el «no pasa nada» de Lizy le suena a «tú no me importas».

Foto de Jean Daniel Lorieux
Los dos se mueven en la misma dimensión: lo que hay que hacer frente a lo que significa no hacerlo. Y se miran como dos espejos. Lo que cada uno le dice al otro es lo que uno se dice a sí mismo y no tolera, y el otro se limita a ponerle voz. Ella oye «eres un desastre»; él escucha «nadie se ocupa de ti».
Se lanzan los reproches mientras Philippe mete con enfado en el tambor los pantalones, los vestidos, la ropa interior y los calcetines. Tras el último calcetín, cierra la bocota a la lavadora, y la máquina empieza a dar vueltas y vueltas, como las cabezas de la pareja preguntándose cada uno por qué se agreden. El caso es que no se agreden: solo se defienden, sin saberlo, de acusaciones y soledades internas enraizadas.
Un día de invierno, en Buenos Aires, Graciela y Matías han acordado ir juntos a la mañana siguiente a unos grandes almacenes. A Matías no le gusta nada ir de compras, aunque sea para él. Los sitios cerrados y con gente le molestan hasta el punto de producirle cierta angustia. Ella se ha ofrecido a acompañarle, a pesar de que no le apetece nada, porque ha pensado que es una buena ocasión para apoyarle y que después podrán hacer algo agradable juntos.
Ya está duchada y arreglada. Ha puesto la pava (hervidero) al fuego para preparar el mate cuando Matías aparece.
—Mejor voy solo —dice.
—Pues vete solo —responde ella.
—¡Caramba, cómo te pones! Eres muy volátil.
—Y tú, un desconsiderado.

Foto de Jean Daniel Lorieux
Matías ha cambiado de idea. Quizá quiere hacer la compra a su aire; en cualquier caso, no parece haber pensado demasiado en lo que supone para Graciela, que ya está preparada. Ella recibe su decisión como un rechazo; él recibe su enfado como una reacción desproporcionada. Enseguida dejan de hablar de los grandes almacenes y empiezan a hablar el uno del otro.
Las palabras se vuelven contra quienes las pronuncian. Él dice que irá solo; ella le responde que se vaya solo. Él la acusa de cambiar de humor, pero el que ha cambiado de parecer es él; ella lo llama desconsiderado porque había organizado su mañana contando con él y ahora se queda compuesta y sin plan.
La discusión ya no va sobre una salida de compras, sino sobre el cariño, la consideración y el lugar que cada uno ocupa en la vida del otro. La pava empieza a silbar. El agua del mate nunca debería hervir; la conversación, tampoco.
En Burgos, Pedro y Carmen estrenan calefacción. Les han cambiado todo el circuito: caldera nueva, tuberías nuevas, radiadores relucientes.
Las calderas de las casas saben que el calor solo circula con las condiciones adecuadas de presión y de temperatura, como la comunicación en la convivencia.

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La primera mañana de frío, Pedro, hombre jubilado, ingeniero durante cuarenta años, comprueba si la instalación funciona bien, y tiene alguna duda que le pone algo nervioso. Carmen lo observa con cierta inquietud. Le preocupa que se meta en camisa de once varas. Los tiempos han cambiado, y la tecnología también; por eso le dice:
—¿Por qué no llamas al técnico y que la ponga en marcha? Para eso le hemos pagado.
Pedro no contesta. Ella insiste. Una vez, dos, tres. A la quinta, la aguja del manómetro de Pedro llega al rojo.
—¡Me sacas de quicio! No soy imbécil.
—¿Por qué dices eso? Estás levantando la voz.
—Porque eres una pesada, me lo dices cinco veces.
—Te lo digo cinco veces porque no me escuchas.
La caldera, recién instalada, asiste a su primera prueba de presión.

Foto de Jean Daniel Lorieux
Carmen cree hablar de él: estás nervioso, esto no lo controlas, llama a quien sabe. Pero también habla de ella: estoy nerviosa, a este no lo controlo, no puedo contener mi angustia e insisto machaconamente. Estoy asustada. Pedro levanta la voz porque no quiere escuchar lo que también retumba en su cabeza: eres mayor, puede que no sepas hacerlo, estás pesado y poco ágil. El miedo y la capacidad son los motivos de la disputa.
Durante un rato, la casa se queda en silencio. Al final, Pedro vuelve al salón.
—Estoy nervioso porque quiero que funcione. Y necesito comprobarlo yo.
—Me preocupa que lo pases mal —responde Carmen.
Ya más templados, y para evitar que se rompa la comunicación o la caldera, acuerdan que él le eche un vistazo y que, ante cualquier duda, llame al técnico.
Si en los encontronazos pudiéramos cambiar el tú por el yo, quizá nos resultaría más fácil encontrar el sentido de lo que se esconde y que da señales de su existencia porque altera, porque duele. Lo que se lanza al otro como reproche suele ser lo que uno no se atreve a decir de sí mismo.
Las orejas no tienen párpados: no se pueden cerrar para dejar de escuchar. Queramos o no, por ahí ha entrado a nuestro cerebro gran parte de los mensajes a través de los cuales formamos nuestro juicio y nuestro criterio, nuestra idea del mundo y de nosotros mismos. Por ese mismo conducto también nos llegan cosas que vienen de fuera pero que ya estaban dentro, y que no queremos escuchar.
Mientras todo esto, y más, pasa por el mundo, yo sigo contemplando el Duero, ancho y profundo; la garza sigue quieta, la pareja de grajillas ha vuelto a posarse en el mismo pilar del puente y el río reparte mansamente calma a quien la quiera disfrutar.

Foto de Jean Daniel Lorieux
