El caso Furtwängler. Un director de orquesta en el Tercer Reich. Audrey Roncigli. Prólogo de Daniel Capó. Traducción de Gabriela Torregrosa. Fórcola, 2022.
Tres puntualizaciones previas (para el lector ilustrado, con toda probabilidad innecesarias):
1.- Wilhelm Furtwängler (Berlín, 1886-Baden Baden, 1954), sin diéresis en la u pero con ella en la a, el protagonista de este libro, director de orquesta, no puede ser confundido, pese a la similitud fonética de los apellidos en español, con Lion Feuchtwanger (Munich, 1884-Los Ángeles, 1958), sin ninguna diéresis, escritor de novelas y entre cuyos libros había uno, de 1955, de tema español, La judía de Toledo, basada en los amores de Alfonso VIII de Castilla y Raquel, La Fermosa, hija de un relevante consejero judío. Un tema eterno y del que, también se ha ocupado, por ejemplo, Peridis en La maldición de la Reina Leonor.
Pero no nos vayamos por las ramas. Aquí el que nos interesa es el primero, Furtwängler, el músico.
2.- La relación de la sociedad alemana con la música clásica (la máxima expresión de lo abstracto, junto con las matemáticas y la filosofía) resulta de una profundidad y extensión que a nosotros, los españoles, no cuesta comprender. Ser Director de la Filarmónica de Berlín significa mucho más que lo equivalente en Madrid o en Barcelona, donde a los titulares de las correspondientes orquestas son personas sólo conocidas en su gremio. Allí, por el contrario, estamos ante verdaderos referentes en la vida de la ciudad, al modo (si es que acaso el parangón tiene sentido) de lo que en ambas ciudades españolas pudieran ser los Presidentes de los respectivos Clubs de Fútbol. O, en Sevilla, el torero más importante: el Curro Romero de hace cincuenta años u hoy el Morante de la Puebla. De los que entran en un Restaurante y la gente se pone en pie para aplaudir y pedir un autógrafo.
No es de extrañar, en ese contexto sociológico, que el nazismo, cuando buscaba lo más genuino de lo germánico, se fijase en la música -de ahí la Cámara Musical del Reich, RMK- (merece destacarse en ese contexto la Ley de 17 de diciembre de 1937, prohibiendo la grabación y venta de discos de judíos), con la consecuencia de que la figura del Director de la Filarmónica de la capital pasó a ser aún más relevante que en otras épocas.

Vistas las cosas con ojos de 1945, haber ocupado ese puesto se convirtió en todo un estigma, en singular fuera de Alemania: era como haber sido un símbolo destacadísimo del nazismo. Nuestro hombre ya era una primera firma desde mucho antes de que en enero de 1933 llegara Hitler a la Cancillería, pero lo cierto es que en aquella sazón no se exilió y (salvo el gesto de 1934, retirándose a los Alpes bávaros) ni siquiera dimitió del puesto. Peor aún: en 1938 estuvo al frente de la orquesta en una gira por el extranjero y en 1939, al desatarse la guerra siguió allí. Que huyera a Suiza en enero de 1945 (por consejo, curiosamente, de Albert Speer: los nazis sabían que todo estaba perdido) no fue suficiente para redimirlo.
3.- Cierto que, a partir de la conferencia de Potsdam de ese mismo verano y la división del país en zonas de ocupación (tres occidentales y la soviética), la desnazificación -la depuración e inhabilitación de los que habían colaborado- pasó a ser un objetivo primario, tanto como la desmilitarización. Pero no nos engañemos: los aliados habían salido muy escarmentados del Tratado de Versalles de 1919, cuando, al imponer gravosas reparaciones de guerra, acabaron imputando la responsabilidad a todo el pueblo alemán, dando lugar, pese a los acuerdos de Locarno de 1925, a una sensación de agravio y una reacción nacionalista que estuvo entre las causas de que Hitler cautivara a tantos y llegase al poder. Ahora, en 1945, habría que evitar la tentación de hacer lo mismo y terminar dando lugar a una segunda catástrofe. De ahí que (salvo los dirigentes, como los ahorcados en Nuremberg, o ejemplares tan notorios como Carl Schmitt), la persecución, sobre todo en ámbito de las profesiones intelectuales, como jueces profesiones o personas del mundo de la cultura, fue deliberadamente suave, si se permite la palabra. Es de mencionar en ese marco la norma, con nombre de Ley, aprobada por los americanos en Munich el 5 de marzo de 1946, y en octubre extendida a las cuatro zonas, con el título de “para la liberación del nacionalsocialismo y el militarismo”, y que dividía a la gente, según su grado de cercanía al nazismo, en cinco categorías, a saber:
– Hauptschuldige: Culpables sin remisión, para entendernos.
– Belastete (Aktivisten, Militaristen und Nutniesser): El escalón inmediato inferior, que comprende desde los activistas (los tertulianos progubernamentales, dicho con palabras de la crispada España actual) hasta los simples beneficiarios.
– Minderbelastete (Bewährungsgruppe): Traducido, los que se dedicaron a preservar, conservar o proteger (a sí mismos, en primer lugar).
– Mitläufer: Simples seguidores sin mayor caracterización.
– Y, en fin; como quinto y último grupo, Enttastete: Los (únicos) inocentes, aunque no hubieran llegado a desplegar una resistencia activa.

Furtwängler dirige un concierto de la Filarmónica de Berlín en la fábrica AEG de Berlín, 1942. (Bundesarchive)
El protagonista del libro objeto de esta reseña estuvo entre los sometidos a esos procesos (dos, uno en Viena en febrero de 1946 y otro en diciembre en Berlín) y salió absuelto, al grado de reincorporarse a la Filarmónica en 1951. El problema vino de fuera, sobre todo en Estados Unidos, donde Toscanini -el rival- se ocupó de que no se le invitara en la postguerra, hasta su fallecimiento en 1954 a los 68 años. En esas polémicas consistió “el caso Fürtwangler”, título de un libro de Ronald Harwood en 1955 y también del publicado en francés en 2019 que da origen a estas líneas.
Un libro por así decir de descargo, como resume la contraportada: “Furtwängler vivió la plenitud de su arte bajo la dominación del Tercer Reich, a cuyo régimen cultural y político ha quedado vinculada su vida y su trayectoria profesional, motivo de escándalo para aquellos que desconocen y olvidan muchos datos relevantes, que hacen tan controvertida su figura”, aunque (a diferencia de Herbert von Karajan, su rival y sucesor) nunca fue miembro del Partido. Y es que, en contextos tan demenciales como aquel, entre el colaboracionismo y la resistencia -el villano y el héroe, vistas las cosas a posteriori– hay muchísimos matices.
El libro cuenta con un precioso Prólogo, Arte y tiranía, de Daniel Capó, que concluye con palabras lapidarias: “El caso Furtwängler nos habla de un genio y de sus dramáticas circunstancias, pero sobre todo nos habla de cuestiones eternas -la libertad, la creación, la tiranía y la respuesta moral- que siguen siendo contemporáneas y siempre lo serán”.

Igor Strawinsky y Furtwängler, 1930en
Y al final hay cuatro Anexos, el segundo de los cuales, de páginas 290 a 308, es precisamente el alegato defensivo del propio artista ante la Comisión de Desnazificación. Y no falta un Epílogo de Didier Frankfort, con el expresivo título de “Prudencia y pasión: La historia cultural ante la música”.
Estamos en España y en Europa en un 2026 bien entrado, en un mundo polarizado y poco o nada dado a matices, donde la gente son (somos) buenos o malos, según quien nos juzgue. Ocasión especialmente idónea para leer este tipo de trabajos tan humanos, si acaso cabe emplear esa socorrida expresión.

Tumba de Wilhelm Furtwängler en el cementerio Bergfriedhof de Heidelberg
