La belleza no es bonita
Pintura mural de Goya sobre el milagro de San Antonio de Padua en la Ermita de San Antonio de la Florida en Madrid
La cabeza puede estar llena de ruido y de luces que deslumbran, como una ciudad en pleno atasco. Así está muchas veces nuestra mente. Bullendo y, a la vez, paralizada, como un coche que no avanza entre bocinas. Todo ocurre al mismo tiempo y, sin embargo, nada parece avanzar.
Hay cosas que facilitan la calma y la fluidez. Dos raras veces fallan: el descanso y la belleza.
Te pueden haber partido el corazón, despedido del trabajo u operado de una hernia. Puedes estar en crisis existencial por tu momento vital, familiar o conyugal, por el entorno político y social, por el absurdo universal o por perturbaciones místicas. O, simplemente, puedes estar en paz con tu vida y querer tener lo hermoso como compañía.
El descanso se da por descontado: el organismo necesita reponerse. La belleza tiene más enjundia.
Un día llegas agotada de la calle y la inercia te lleva a derramarte sobre el sofá de casa. Mientras baja el volumen del ruido mental, la somnolencia va conquistando el territorio de tu cabeza. Si, además, una melodía que te llega al alma acompaña ese abandono, pasas a otro estado, menos alarmante, más tranquilo. Más manejable.

Detalle de la pintura mural de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida
El descanso repone lo que se gastó; la belleza, además, transforma.
Si estás en casa hundida en la miseria porque no le encuentras sentido a la vida y todo se ve con un filtro gris asfalto; si, en vez de quedarte rebozada en el desconsuelo, coges la chaqueta de cuero que sirve para todo, sales a la calle y echas a andar, y tus pasos te llevan hasta los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida, algo sucede. No solo te has alejado por un rato de tu lamento. Has tenido que dejar de mirarte el ombligo existencial para observar un juego de luz, color y formas que también resuena en tu interior.
Durante un rato, aquello que parecía ocuparlo todo tiene que compartir espacio con otra cosa. La pérdida sigue ahí, pero ha dejado de ser el único habitante de la casa. La belleza no la expulsa: le hace sitio junto a algo que también pertenece a la vida.
Tú, al contemplar las pinturas, y el artista, al pintarlas, buscáis algo que no se tiene. Él tiene el don de darle plasticidad; tú, el de reconocerlo, absorberlo e integrarlo. Quizá en eso consista parte del misterioso alivio del arte. Alguien ha conseguido dar forma a algo que nosotros apenas podíamos identificar y sentir.
Y no es que aquello sea bonito.

Detalle de la pintura mural de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida
Lo bonito agrada porque deja fuera lo que duele: se mira y se olvida. Lo bello es otra cosa. En la cúpula de San Antonio no hay solo ángeles: hay un muerto que se incorpora, mendigos, curiosos, gente del pueblo, rostros que Goya no quiso embellecer. La psicoanalista Hanna Segal trasmitía que la gran belleza contiene la fealdad, la destrucción y la muerte y las integra en una forma completa. Por eso consuela: no porque esconda la pérdida, sino porque la deja entrar y la sostiene.
Lo bello no es bonito.
Tal vez por eso podemos volver una y otra vez a determinadas obras sin agotarlas. No nos ofrecen únicamente placer. Nos devuelven algo nuestro que estaba disperso, desordenado o resultaba difícil de soportar. La tristeza convertida en música sigue siendo tristeza; la muerte pintada por Goya continúa siendo muerte. Pero han adquirido forma, ritmo, límites. Ya no son únicamente una masa informe que amenaza con ocuparlo todo.
La belleza también puede sacarnos por un instante de nuestro encierro. Iris Murdoch cuenta en La soberanía del bien que, en un momento de angustia y resentimiento, le bastó ver un cernícalo suspendido en el aire para que la preocupación por sí misma desapareciera por un instante.
La pequeña Rosita estaba en coma inducido tras una complicada operación de corazón. Su madre le había puesto unos auriculares con música mientras esperaba que despertara. La salida del coma llegó al son de «Chi mi frena in tal momento», el sexteto de Lucia di Lammermoor, de Donizetti. La niña abrió los ojos y dijo: «¡Willie!».

Detalle de la pintura mural de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida
Willie era la ballena de dibujos animados que cantaba ópera con voz de tenor, barítono y bajo y que, precisamente, cantaba ese sexteto.
Antes de saber dónde estaba, Rosita reconoció algo. La belleza le llegó por un camino anterior a la conciencia, como un recuerdo sin contenido que la devolvía al mundo con alegría. Primero estuvo la música; después, el reconocimiento; finalmente, el mundo.
La belleza no es infalible. No recompone el corazón partido, ni devuelve el trabajo, ni resuelve el absurdo universal. Tampoco hace desaparecer el atasco de la cabeza. Pero algo empieza a moverse. Las luces dejan de deslumbrar y se vuelven paisaje. Lo que estaba desesperadamente inmóvil empieza a fluir.
Pocas compañías tan fieles como la belleza. Está en una ermita junto al Manzanares, en unos auriculares al lado de una cama de hospital, en un pájaro quieto en el aire. A veces es grandiosa; otras, apenas dura unos segundos.
Basta con salir a buscarla. O dejar que nos encuentre, pero siempre hay que estar atentos.

Detalle de la pintura mural de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida
