Menú

«Todos veneran hasta el último centímetro de su terreno, y como todo el que es amado, Nueva York merece ser retratada». Catherine Lacey, Nueva York. Línea del horizonte, 2026

«Todos veneran hasta el último centímetro de su terreno, y como todo el que es amado, Nueva York merece ser retratada». Catherine Lacey, Nueva York. Línea del horizonte, 2026

Foto de Ernst Haas

 

Se propone Catherine Lacey, en este librito que se erige en guía oficiosa del viajero que tiene en su whish list a la ciudad que nunca duerme, ofrecernos una Nueva York que no sea la de siempre, la obvia, la que llevan en la maleta todos los que la visitan por primera vez. Quiere mostrarnos una ciudad más íntima y más intimista, más cercana a ella, habitante intencionada, y más alejada del mito que nos ha ofrecido sobre todo el cine, pero también la literatura y la música. No haré spoiler si digo que no lo consigue porque  Nueva York siempre desborda cualquier intento de descripción, pero su afán pone en las manos del lector algo mucho más valioso: añade otra capa más al corte —imaginario— de ese terreno constituido por Manhattan y los otros cuatro barrios que tan bien conocemos (Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island) que tan difícil se nos hace distinguir o, dicho de otro modo, que se superponen en nuestro imaginario gracias a que el celuloide, con su vocación de permanencia, el Séptimo Arte con su pretensión de eternidad, se han ido posando sobre nosotros y sobre nuestra visión prestada, nuestros recuerdos y nuestras lecturas como el rocío de la mañana.

 

COMPRAR LIBRO

 

Ya en la primera página del libro deja Lacey clara su inclinación por la estadística en un intento de evitar que la ciudad de verdad se le escape. Su dibujo del entramado de asfalto y líneas de autobús y metro, la cuadrícula que dibujan las calles y avenidas signadas con números ordinales y cardinales (según Eduardo Mendoza, «habría resultado difícil encontrar nombres significativos o incluso chuscos para tantas calles», y «los números respondían al mismo criterio decidido y ordenado que había presidido la parcelación») y la tercera dimensión, representada por los rascacielos, responde a la Nueva York objetiva, mensurable, casi monstruosa. Pero existe otra ciudad, afirma, «cuya extensión supera con mucho esos ochocientos kilómetros cuadrados: se trata de la fantasía colectiva de Nueva York, un lugar imaginario que permanece prácticamente inmutable ante los cambios que tienen lugar en la ciudad real, física. Esta es la Nueva York que sirve de telón de fondo a películas y novelas, el lugar donde todo el mundo se imagina viviendo antes de poner un pie allí, y esa es también una de las razones por las que la gente se queda cuando tiene motivos de sobra para irse a cualquier otro sitio».

 

Foto de Ernst Haas

 

Es esta guía, en definitiva, una declaración de amor por la ciudad con incursiones en ese pasatiempo de los neoyorquinos de cualquier época: la queja. Si su valor principal radica en el enfoque novedoso que como guía de la ciudad ofrece al visitante, alejada de las habituales enumeraciones de lugares inolvidables e inevitables, también interesará a muchos el estudio de primera mano que nos ofrece, gracias a su experiencia juvenil con la dificultad de acceder a los alquileres o de hacerse un hueco como autora en el lugar donde culminan los sueños de tantos: «Dicen que Nueva York es la ciudad de las oportunidades», escribe E. B. White; es la tierra prometida, con sus zonas oscuras —tantas—, el lugar al que cantó Sinatra: «If I can make it there, I’ll make it anywhere». Si logro triunfar aquí, lo haré en cualquier parte. Nueva York parte el bacalao, pone el rasero, decide si tienes el éxito que buscas o si te conviertes, como la mayoría, en un fracasado.

 

Foto de Ernst Haas

 

O puedes quedarte en medio y disfrutar del camino. O del paseo por la Quinta o la Séptima Avenida, o del recorrido por el Village. Eso, sin olvidar las librerías, no solo la mítica Strand: vale oro, al final de la guía, la lista de libros y películas que nos hablan de la ciudad de un modo u otro. Uno de los temas estrella de la guía de Lacey, aparte de las cuestiones del alquiler (que ya aparecen en autores anteriores como el propio White o Eduardo Mendoza, ya mencionados), es la gentrificación («Lo que para una persona es un crescendo lacerante de comercio y multitudes puede resultar alegre y extrañamente bello para otra»): no tanto per se, que también, porque para Lacey resulta tan odiosa como para cualquiera que pretenda habitar una ciudad y no solo pisarla. En el prólogo a Esto es Nueva York de E. B. White, Roger Angell afirma que «el cambio es precisamente el asunto del libro», pero poco después apunta que «si [White] pudiera visitar Nueva York de nuevo (murió en 1985) querría volverse a Maine esa misma tarde horrorizado por su violencia y su criminalidad, consternado por el deterioro de las condiciones de vida en el centro y la enorme y creciente distancia entre las minorías empobrecidas de la ciudad y los cada vez más ricos del Upper East Side, y desanimado por la disminución de su encanto y su gracia». Lacey también critica y sufre (en el sentido de padecer pero también de lamentar) la desaparición de aquel negocio que había en un determinado lugar en un determinado momento y del que nunca más se supo. «Los que han conocido Nueva York hace treinta años se quedan asombrados de lo que ven hoy», escribía Paul Morand en 1937; «Muchas Quintas Avenidas se han ido construyendo sucesivamente en el emplazamiento de la primera que yo conocí», afirmaba Edith Wharton en Mi viejo Nueva York, donde «se podían contar con los dedos de las manos las casas que tenían un salón de baile […] sólo los Goelet, los Astor, los Butler Duncan, Belmont, Schermerhorns y Mason Jones poseían tan frívolo añadido a sus moradas». Lamenta la desaparición de las brownstones, las famosas casas de arenisca marrón a las que llama «colegialas disciplinadas»: «¿Qué diría un neoyorquino de hoy de aquellos interiores y de las vidas que se vivían en ellos?».

 

Foto de Ernst Haas

 

Cualquier neoyorquino de hoy se estará lamentando de lo perdido hace diez, veinte, cuarenta o sesenta años: vecindad, calidad de vida, relaciones humanas. Con todo lo que se ha escrito sobre la ciudad, parte de ello apuntado aquí, Lacey consigue encontrar una vía para hablarnos de otras cosas que también son Nueva York, en el fondo «tan vulnerable como un gran galeón, y sus mercaderes no son soldados» (Morand). «La mayoría de los que deciden irse acaban quedándose y de los que efectivamente se van, muchos regresan antes de que se cumpla el año», afirma Mendoza. A Lacey, cuyo sueño nunca había sido irse a vivir a Nueva York porque se había criado en Misisipi, la vida en Nueva York le parecía imposible, «pero la idea de irme a cualquier parte me resultaba inviable. En mi lucha interna entre la idea romántica de la ciudad y su dura realidad no parecía haber un ganador claro», confiesa.

 

Con tantos años, tantos puntos de vista, tanto cambio y sin embargo tanta permanencia… no se pierdan el capítulo donde habla del bar-tienda de la esquina, bastión de la confianza vecinal donde se dejan las llaves del propio apartamento por si viene alguien a quedarse o se recogen los paquetes de venta por correo. ¿Qué habría pensado de esto la inefable Edith? ¿Y de ese mejunje llamado egg cream, que se prepara con leche, agua con gas o selz y sirope, normalmente de chocolate aunque también puede ser de vainilla? ¿Qué opinaría de esto el principesco Morand, que se lamentaba, rememorando los estragos de la Ley Seca, de la injusticia que se infligía a las ostras al apartarlas del Chablis o a las truchas, castigadas sin un Mosela que las acompañara? Queridos lectores, elijan su bebida entre las que nos ofrece la infinita hostelería neoyorquina: en caso de duda, siempre nos quedará el Oyster Bar de Grand Central Station o el Carnegie, donde nos espera su legendario sandwich de pastrami con una Budweiser. Y disfruten del viaje y de la estancia.

 

Foto de Ernst Haas

 

FICHA DE LA EDITORIAL

 

Catherine Lacey, Nueva York

Traducción de Amelia Pérez de Villar

Editorial: Línea del horizonte.

 

Nueva York es una ciudad que existe dos veces: como lugar y como imaginación. Millones de personas la conocen antes de haber puesto un pie en sus calles, a través del cine, la literatura o la música. Pero vivir en ella significa descubrir una ciudad muy distinta, hecha de contradicciones, rutinas y pequeños rituales cotidianos.

 

Con la inteligencia y el humor que caracterizan su escritura, Catherine Lacey recorre esa distancia entre el mito y la experiencia para preguntarse qué la convierte en un lugar del que tantos desean formar parte y del que tan pocos consiguen desprenderse. El resultado es un retrato lúcido y personal de una ciudad que nunca deja de reinventarse.

 

Foto de Ernst Haas

 

 

 

 

Sobre el autor

AMELIA PEREZ DE VILLAR

Amelia Pérez de Villar es escritora, novelista y traductora. Traduce habitualmente del inglés y del italiano. Entre otras traducciones y libros, últimamente ha publicado "Dickens enamorado: Un ensayo biográfico" (2012); las novelas "El pulso de la desmesura" (2016), y "Mi vida sin microondas" (2018); y los ensayos "Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio" (2019) y "Domus aurea. Las casa de la vida, la literatura y el cine" (2024).

Deja un comentario

Suscríbete a la revista por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a esta revista y recibir avisos de nuevas entradas.

Artículos Recientes

LIBROS, NOCTUNIDAD Y ALEVOSÍA