El apocalipsis en el cine ha pasado de contar el colapso a preguntarse que permanece después
Una escena de la película «El final de Oak Street»
El cine apocalíptico siempre ha sido un espejo de las ansiedades de su época. Los años cincuenta imaginaron monstruos nacidos de la bomba atómica. Los setenta, desastres tecnológicos. Los noventa, asteroides y alienígenas que unían a la humanidad bajo una bandera, casi siempre estadounidense. Las películas de 2026 heredan todos esos miedos, pero los miran desde una distancia nueva. Casi ninguna película se interesa por el momento en que el mundo se acaba. Lo importante es contar quién sobrevive, qué sigue siendo humano y qué se reconstruye. Es un apocalipsis de la secuela, de la convalecencia y de la duda moral.
La primera diferencia con el cine anterior es temporal. Películas como «Independence Day» o «Armageddon» se organizaban alrededor de la cuenta atrás. La amenaza llega, el héroe actúa, el planeta se salva o se pierde en dos horas. En 2026, en cambio, el desastre es un hecho consumado en casi todos los títulos.
«Greenland 2» se sitúa cinco años después del impacto de un cometa en la tierra y sigue a la familia Garrity cuando abandona el búnker para buscar un hogar en una Tierra devastada. La primera entrega era un thriller de carretera contra el reloj; la segunda es una película de reconstrucción. «La constelación del perro» (The Dog Stars), de Ridley Scott, y adaptada de la novela de Peter Heller, transcurre en 2035, mucho después de que una gripe letal elimine a la mayor parte de la población, y su protagonista, un piloto interpretado por Jacob Elordi, no lucha contra la catástrofe sino contra la desolación y la tentación de rendirse. «Apocalipsis Z» parte igualmente de un mundo que lleva años finiquitado. En estas películas el apocalipsis ya no es un acontecimiento, sino un escenario estable en el que se pueden contar muchas historias.

Aunque todas hablan del final, no hablan del mismo tipo de fin. Tenemos el apocalipsis biológico y social. Es el que más abunda. «Veinte y ocho años después: El templo de los huesos», «Apocalipsis Z: Nuevo mundo», «Zona Cero», «Turno de noche» (Cold Storage) trabajan con infecciones, hongos o brotes. La herencia de la pandemia de COVID-19 es evidente. El miedo ya no es al monstruo exterior, sino al contagio, a la cuarentena, al vecino y a la desconfianza frente a las instituciones. Pero dentro de este grupo de películas hay una evolución interesante. En «Zona Cero», el thriller surcoreano presentado en el último festival de Cannes, los infectados actúan como una conciencia colectiva en red, una metáfora transparente de la hiperconectividad y de la pérdida de individualidad en la era digital.
Luego tenemos el apocalipsis de la devastación y la esperanza. Aquí caben «Greenland 2» y «La constelación del perro». Son películas de viaje, duelo y refugio. Su pregunta no es cómo evitar el desastre, sino cómo seguir viviendo. El tono es más melancólico que épico, y la violencia, aunque presente, queda subordinada a la búsqueda de un sentido.
Por último, tenemos el apocalipsis cósmico o localizado. «Proyecto Salvación,» una adaptación de la novela de Andy Weir, plantea una extinción masiva a escala planetaria, pero la resuelve desde la ciencia, la cooperación y la soledad de un astronauta que despierta solo en una nave espacial. El final de «Oak Street», de David Robert Mitchell, con Anne Hathaway y Ewan McGregor, reduce el fin del mundo a una un vecindario suburbano arrancado de su entorno y lanzado a un paraje prehistórico lleno de dinosaurios. Aquí el apocalipsis es conocido por unas pocas personas, una idea más íntima y extraña.

Una escena del templo de los huesos
Pese a sus diferencias, hay varios denominadores comunes entre todos estos filmes. El primero es la humanidad como problema central. En «El templo de los huesos», la amenaza humana empieza a superar a la del propio virus. Esta idea, presente desde la clásica película de terror «La noche de los muertos vivientes», se vuelve aquí dominante. El infectado ya no da tanto miedo como el superviviente armado o el líder carismático. El apocalipsis funciona como un experimento moral que revela de qué está hecha una sociedad cuando no existe la civilización.
La segunda es la reconstrucción como acto de fe. «La constelación del perro» se centra en un hombre que intenta conservar su humanidad y encontrar esperanza. En «Apocalipsis Z: Nuevo mundo» convierte las Islas Canarias en uno de los últimos refugios de Europa y envía a su protagonista, Manel, acompañado de su gato Lúpulo, a una misión hacia la península. Que un personaje avance con un animal a cuestas, o que un piloto vuele con su perro, no es un detalle decorativo, sino un ancla frente al nihilismo.
Por último, el cine apocalíptico clásico pensaba en ciudades enteras y en el destino de la especie. El de 2026 alterna entre lo planetario (Proyecto Salvación) y lo íntimo (El final de Oak Street, la familia Garrity, un hombre y su gato). Incluso el thriller surcoreano se limita a un grupo de supervivientes atrapados en un edificio colapsado. La catástrofe se vive en habitaciones, vecindarios y trayectos concretos.

Una escena de «Proyecto salvación»
Pero a todas estas películas las une la memoria del trauma reciente. Aunque ninguna lo diga, todas fueron concebidas en un mundo que ha vivido una pandemia real, crisis políticas, sociales, económicas y guerras. De ahí el protagonismo de las enfermedades, los refugios y las fronteras cerradas. Las une también el cansancio del espectáculo puro. El desastre ya no se disfruta, se atraviesa. Y comparten la tendencia a la serialización, señal de una industria del cine que trata el fin del mundo como una franquicia a la que se regresa a menudo.
Comparado con los clásicos, el apocalipsis de 2026 es menos ingenuo y triunfalista. Ya no hay presidentes pronunciando discursos ante la bandera ni equipos que salvan el planeta en el último segundo. Tampoco predomina la fantasía de un renacimiento purificador, tan frecuente en el cine posnuclear de los ochenta. En su lugar aparece un mundo ambiguo, donde sobrevivir no garantiza redimirse y donde el enemigo puede ser tanto humano como biológico.
También es un apocalipsis más fragmentado. Mientras el cine de los noventa imaginaba una humanidad unida frente a la amenaza, el de 2026 muestra comunidades separadas en islas, búnkeres, vecindarios, edificios. Esta fragmentación refleja un tiempo de polarización y desconfianza global, en el que la idea de salvación global parece menos creíble que la de pequeños grupos que se protegen entre sí.

Una escena de «Proyecto salvación»
