Nunkui: la memoria de la tierra tiene voz de mujer
Una escena de la película «Nunkui»
Durante siglos, los pueblos indígenas de América Latina han sido observados y representados desde fuera. Primero por los colonizadores y después por viajeros, antropólogos y cineastas que, con mayor o menor fortuna, intentaron explicar unas culturas que no siempre comprendían. La cámara tampoco ha escapado a esa tradición. El exotismo y la fascinación por lo desconocido siguen condicionando muchas de las imágenes que circulan sobre la Amazonía, un territorio que continúa siendo representado como un espacio remoto, ajeno a las transformaciones y conflictos del mundo contemporáneo.
La cineasta ecuatoriana Verenice Benítez conoce bien ese problema. Su película Nunkui, que se proyectará el próximo 24 de octubre en los Cines Embajadores de Madrid, nació de una relación de quince años con el pueblo shuar de la Amazonía ecuatoriana. Un proceso que le permitió descubrir otras formas de entender el mundo, pero también reconocer sus propios prejuicios.
«Este proceso me llevó a cuestionar los prejuicios coloniales que también habitaban mi propia mirada y a entender que conocer otras realidades implica dejarse transformar por ellas», explica la directora.
No es una declaración menor. En una época en la que las imágenes se producen y consumen a una velocidad vertiginosa, Benítez reivindica algo que parece cada vez más escaso: el tiempo necesario para conocer aquello que pretendemos contar. Y, sobre todo, la disposición a aceptar que ese encuentro puede modificar nuestras propias certezas.

Una escena de la película «Nunkui»
Nunkui cuenta la historia de una joven y su relación con el espíritu femenino de la huerta, una figura ancestral vinculada a la fertilidad de la tierra y a la transmisión de conocimientos entre generaciones. La película nos acerca a un universo donde las mujeres desempeñan un papel fundamental en la conservación de los saberes y en la continuidad de la vida comunitaria. La huerta no es únicamente un espacio destinado a la producción de alimentos, sino también un lugar donde confluyen la experiencia, la memoria y las relaciones que sostienen la vida.
«Quise explorar los vínculos entre las mujeres, la tierra y los conocimientos que se transmiten de generación en generación», señala Benítez.
Pero sería un error interpretar Nunkui únicamente como una película sobre las tradiciones indígenas. Lo que está en juego es la posibilidad de reconocer otras maneras de relacionarse con el territorio, con los seres que lo habitan y con aquello que desde nuestra mirada occidental solemos clasificar como naturaleza. La Amazonía no es un escenario vacío ni un paisaje exótico dispuesto para nuestra contemplación. Es un territorio habitado, atravesado por historias, conocimientos y conflictos, donde las comunidades indígenas llevan décadas enfrentándose a la presión de las industrias extractivas y a las amenazas sobre sus formas de vida.

Contar sin apropiarse de la historia
Una de las decisiones más interesantes de Benítez es haber elegido la ficción para aproximarse al universo shuar. Después de años de encuentros y aprendizajes, la directora encontró en los personajes, sus vínculos y sus emociones una forma de narrar que no dependiera exclusivamente de la explicación documental.
La elección plantea una pregunta inevitable: ¿cómo contar una historia perteneciente a un universo cultural distinto sin convertirla en una representación construida exclusivamente desde fuera?
«Entiendo el cine como una práctica de relación: no se trata solamente de contar la historia de otras personas, sino de preguntarnos desde dónde miramos y cómo nos transforma ese encuentro», sostiene.

Esta reflexión atraviesa una de las discusiones más importantes del cine contemporáneo: la responsabilidad de quien sostiene la cámara. Durante demasiado tiempo, las imágenes de los pueblos indígenas fueron construidas desde una mirada que los convertía en objetos de observación. Frente a esa tradición, Benítez propone entender el cine como un espacio de encuentro y aprendizaje, donde también se cuestionan las certezas de quien filma.
La directora reivindica, además, el papel del cine en la preservación de la memoria colectiva y la visibilización de las luchas de las comunidades indígenas, aunque sin atribuirle una capacidad transformadora que no le corresponde.
«El cine no sustituye la lucha de las comunidades, pero puede contribuir a que sus historias circulen, generar nuevas conexiones y ampliar nuestra capacidad de imaginar otras maneras de vivir juntos en un mundo compartido».

Ecuador, más allá de las fronteras
Nunkui forma parte del Festival Línea Imaginaria, que este año da el salto de muestra cinematográfica a festival. Impulsado por Periscopio Sur, Asociación por el Cine Latinoamericano en Madrid, el encuentro busca ampliar la presencia del cine ecuatoriano en las salas españolas y mostrar una cinematografía diversa, alejada de los estereotipos con los que frecuentemente se representa a los países latinoamericanos.
La programación comenzará el viernes 23 de octubre con Los ahogados, de Juan Sebastián Jácome y Víctor Mares, un thriller sobre los secretos familiares. El domingo 25 se proyectará Hiedra, de Ana Cristina Barragán, premiada en Venecia en 2025, que explora las heridas de la infancia y la complejidad de los vínculos afectivos.
También habrá espacio para el documental con Ecos de luz, de Misha Vallejo Prut, una reflexión sobre la memoria familiar a partir de fotografías y recuerdos. El festival incluirá además una mesa de mujeres técnicas iberoamericanas de la industria cinematográfica y el concurso de microcine Raíces en Movimiento, dirigido a jóvenes de origen latinoamericano residentes en España. La clausura llegará el 30 de octubre con Más allá del Mall, de Miguel Alvear, una obra que cuestiona los límites de la cinematografía nacional.

En una ciudad como Madrid, donde las comunidades latinoamericanas forman parte inseparable de la vida cotidiana, iniciativas como Línea Imaginaria permiten algo más que acercar películas de un país a otro. También contribuyen a romper esa extraña paradoja por la que convivimos con personas procedentes de múltiples territorios mientras seguimos conociendo tan poco de sus producciones culturales.
Quizá por eso Nunkui resulta una buena invitación para acercarse al festival. Porque nos recuerda que el problema no siempre está en lo que desconocemos, sino en la seguridad con la que creemos conocerlo. Y porque, como sugiere Verenice Benítez, mirar a los otros debería implicar también estar dispuestos a dejarnos mirar por ellos.
Festival de Cine Ecuatoriano Línea Imaginaria
Madrid, del 23 al 30 de octubre de 2026.
Nunkui: sábado 24 de octubre, 20:00 h, Cines Embajadores.
www.lineaimaginariacinema.com

