Viena, la elegancia de quien sabe que ya lo ha visto todo
Entre el reflejo del agua y las últimas brasas del día, el Belvedere parecía flotar en algún lugar entre la historia y el recuerdo.
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se habitan durante unos días con la sospecha de que alguien nos observa desde una cornisa. Como enseñan las fotos de Preslava Boneva en «Fronteras de luz», Viena pertenece a la segunda categoría. Es una capital que hizo de la melancolía un estilo, del café una liturgia y de la grandeza imperial una costumbre difícil de abandonar, aunque el imperio lleve más de un siglo guardado en los cajones.
Conviene empezar por el atardecer, cuando el Belvedere se presenta en su mejor versión. Entre el reflejo del agua y las últimas brasas del día, el palacio parece flotar en algún lugar entre la historia y el recuerdo. Construido por el príncipe Eugenio de Saboya, aquel militar que salvó a Europa de los otomanos y aún tuvo tiempo de encargar jardines, el conjunto barroco no pretende ser discreto. En sus terrazas habitan las esfinges, mitad criaturas mitológicas, mitad guardianas imperiales, en ese extraño territorio donde los dioses, los hombres y las leyendas parecen haber compartido palacio. Dentro, El beso de Klimt recibe a sus visitantes dorado y multitudinario, como quien sabe que será fotografiado mil veces y aun así conserva el misterio.

Maria vom Siege, demostrando que el neogótico nunca fue partidario de las medias tintas.
Desde allí, el paseo hacia el centro conduce al corazón gótico de la ciudad. La Catedral de San Esteban es un auténtico catálogo de excesos arquitectónicos donde mirar una sola vez nunca parece suficiente. Su tejado de tejas multicolores, su torre sur que se alza como un dedo acusador y su laberinto de pináculos, gárgolas y detalles invitan a levantar la vista hasta el tortícolis. Es la Viena más antigua y solemne, la que aún late bajo las tiendas de souvenirs y los carruajes de turistas.

La Catedral de San Esteban, un auténtico catálogo de excesos arquitectónicos donde mirar una sola vez nunca parece suficiente.
Y por supuesto, está la Noria del Prater. Más de un siglo girando sobre el mismo eje, en una ciudad que ha visto cómo la historia vuelve una y otra vez sobre sus propios pasos. Subir a una de sus cabinas, a cámara lenta, es aceptar esa lógica circular: desde lo alto, los tejados, las cúpulas y las torres componen un mapa de siglos superpuestos, y uno entiende que Viena no avanza, sino que da vueltas con una elegancia insuperable.

Más de un siglo girando sobre el mismo eje, en una ciudad que ha visto cómo la historia vuelve una y otra vez sobre sus propios pasos.
Quizá ahí resida su encanto. Viena no te grita ni te seduce con estridencias; te susurra desde un salón de café, entre la nata, el piano y un libro abierto sobre el mármol. Y cuando por fin te despides, descubres que no has visitado una ciudad, sino que has ensayado, durante unos días, otra manera de mirar el tiempo.

Mitad criaturas mitológicas, mitad guardianas imperiales, las esfinges del Belvedere habitan ese extraño territorio donde los dioses, los hombres y las leyendas parecen haber compartido palacio.
