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No más de cinco días

No más de cinco días

Foto de Joe Oppedisano

 

El verano se retira igual que el mar cuando baja la marea. Estuvimos esperando su llegada como agua de mayo, soñando con el edén particular de cada uno: navegar, dormir, leer, no hacer nada, playa, baño, chiringuito, escalada, monte, campo, viajes…

Aquello se desarrolló como pudo, probablemente no tan deliciosamente como se había soñado, y de nuevo nos encontramos en la zona rocosa de lo cotidiano, que quedó al descubierto al retirarse el mar de agosto.

Septiembre, sin otoño y desagradablemente caluroso, muestra algunas piedras duras y afiladas, pero también los charcos y oquedades donde se esconden, a veces, las estrellas de mar y los erizos.

Es el momento de hacer cuentas del tiempo y los recursos invertidos en gozar o jugar a otras vidas en otros lugares.

Muchos llegan entonces, asombrados, a una dura conclusión —y resulta admirable que todavía les sorprenda—: no aguantan a la familia.

 

Borely, 2021. Foto de Sandrine Arons

 

Tanto si han pasado las vacaciones con la familia política como con la de origen, próxima o lejana, la convivencia ha dejado a veces un saldo poco halagüeño. En unos casos, más o menos disimulado; en otros, con broncas y llantos de por medio.

Si el plan veraniego ha sido con la familia política, la reacción de rechazo puede haber alcanzado límites de shock anafiláctico. Si se ha convivido con la familia de origen, las crisis se han expresado a base de tensión muscular, bruxismo y aumento del gasto en férulas de descarga.

Se afrontó el periodo vacacional con el propósito de pasar una temporada en modo «familia feliz», pero el choque y la combustión surgieron en distintos lugares del país, sembrando el mapa de zonas de conflicto y pequeñas catástrofes domésticas.

Miguel tiene cuarenta años y dos hijos: uno de dos años y medio y el pequeño de un año. Partió hacia el destino vacacional agotado por el sueño y el trabajo en todas sus modalidades —laboral, doméstico, de crianza…—, con la esperanza, más o menos consciente, de que sus padres se apiadaran de él y de su mujer, atendieran durante algún rato a aquellas criaturas feroces y les proporcionaran un respiro.

No fue así.

 

Rimini, 1983. Foto de Claude Nori

 

No había piedad para él. Por el contrario, recibió un cuidado controlador y atosigante: que si los niños se caen, que si comen poco, que si van a tener frío, que si se queman con el sol… Parece que lo toman por un padre inútil que no sabe cuidar de sus hijos.

Ahora está con sus dos vástagos hambrientos, esperando en el comedor del hotel la llegada de los abuelos, que lenta y cuidadosamente miden la altura del escalón que conduce a la terraza del restaurante. Miguel los observa con paciencia contenida, mientras los niños desesperan a los camareros, se cruzan en sus correrías con bandejas rebosantes y ponen en peligro la estabilidad de algunas mesas.

Miguel se siente dolido por la desconsiderada lentitud de sus padres. Deberían haberse puesto en marcha antes, teniendo en cuenta los tiempos que manejan y que, además, no admiten ayuda alguna. Tendrían que saber que la hora de la comida de los niños es sagrada y debe cumplirse a rajatabla, para el bien de la humanidad y de la efímera posibilidad de un descanso durante la siesta.

Al otro lado del conflicto, los abuelos están molestos porque nadie los acompaña en su dificultoso camino ni hace el más mínimo ademán de recibirlos.

Ellos también tienen su versión.

 

Fot de Syd Avery

 

Piensan que quizá habría que organizarse de otra manera, pero han aprendido a sangre y fuego a no entrometerse en la vida de los hijos adultos. En un escrupuloso gesto de respeto, no se pronuncian sobre ningún plan establecido, no vaya a entenderse como intromisión o mangoneo y se monte un cisma. Ya se han llevado suficientes bufidos como para aprender a andarse con pies de plomo antes de expresar opiniones o insinuar modificaciones.

Por el bien de la paz en el mundo, se abstienen.

Miguel, por su parte, tiene bastante con controlar a sus criaturas y no se le ocurre, ni por asomo, acercarse a ofrecer apoyo a sus padres, que en más de una ocasión han respondido a su ayuda con iracunda indignación por sentirse tratados como un incapaces.

Así que todos se respetan muchísimo.

Y todos se sienten desconsiderados.

Cada uno, con sus déficits y a la espera del socorro ajeno, sufre más o menos en silencio su particular forma de desamparo.

Ahí reside la paradoja: a ambos lados del conflicto se está haciendo un considerable esfuerzo de respeto y contención.

 

 

La raíz del problema se hunde en una asimetría de significados.

Los mismos significantes andan borrachos, circulando de un lado a otro —respeto, ayuda, cuidado, consideración, autonomía—, y no acaban de atinar con la cerradura que abre la puerta del significado particular de cada uno.

Lo que para unos es respeto, para otros es abandono; lo que unos llaman ayuda, otros lo reciben como un señalamiento de incapacidad; el cuidado puede ser cariño para quien lo ofrece y control pegajoso para quien lo recibe; lo que unos entienden como autonomía, otros pueden vivirlo como desconsideración.

Nadie parece querer fastidiar a nadie. Incluso podría decirse que todos están empeñados en hacer lo correcto.

El problema es que cada uno lo hace en su propia lengua.

Las vacaciones familiares producen así un fenómeno curioso: cuanto mayor es la convivencia, mayores son las oportunidades de trifulca.

No es necesario renunciar a la familia. Tal vez baste con una medida preventiva mucho más modesta y eficaz.

Una retirada a tiempo: no más de cinco días.

 

Foto de Sally Mann

 

 

 

Sobre el autor

BELEN NIETOC

Belén NietoC. Quien soy yo. Psicóloga de amplio espectro: psicoanalista, humanista, conductista, neuropsicóloga, con bastantes años de ejercicio en clínica. Siempre acompañada de libros. El arte, la literatura y la ciencia me dejan felizmente asombrada y perpleja. Los vínculos y la comunicación entre las personas nos dan sentido a la vida. Solo vivimos para que nos quieran, hagamos lo que hagamos desde lo mas abstracto hasta hacer croquetas. Promotora de fomentar la creatividad como motor de revitalización, gozo e investigación.

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