En el Instituto Quevedo del Humor se celebra la exposición retrospectiva de la autora Núria Pompeia, bajo el título «Nuria Pompeia. Ayer, hoy y siempre» y que se podrá visitar hasta el 9 de abril en la Casa de la Entrevista, Calle San Juan, 2. 28801 Alcalá de Henares, Madrid.

Nacida en Barcelona en 1931, Núria es una de las grandes pioneras del humor gráfico en nuestro país. Sus viñetas inteligentes, agudas y modernas, tanto en la temática como en el aspecto gráfico, retrataron algunos aspectos de nuestra sociedad, en especial los relacionados con la situación de la mujer. En la exposición se puede apreciar la capacidad innovadora de Pompeia, tanto a nivel humorístico como a nivel gráfico, su compromiso social y como ser humano, con su tiempo, y lo que significa Pompeia hoy en día: La vigencia de su obra y su impacto como referente de autoras actuales.

 

 

 

Pero dejemos a su hija, Ana Pániker, que nos cuente de la vida de su madre:

Núria Vilaplana Buixons nació un 2 de mayo en suelo republicano. Literalmente. Barcelona amanecía entre los restos de la celebración del día del trabajador, los festejos de la recién estrenada República y el inicio de una huelga de transportes. El médico no llegaba. Su madre resoplaba por el pasillo atendida por las dos chicas de la casa que, en cuanto vieron que la señora se ponía realmente de parto, la dejaron sola alegando que ellas “eran verges” (eran vírgenes). De modo que mi abuela, abrumada por las contracciones, no pudo llegar a la cama y se tumbó en el suelo para dar a luz.

Tomemos esta anécdota, que a mi madre le gustaba contar, como el trazo inicial que dibujaría su personalidad: un bebé sobre el suelo duro y desnudo. La realidad, tal cual, sin adornos ni imposturas diciendo “aquí estás, esto es lo que vas a encontrar”.  Podríamos afirmar, pues, que Núria llegó a este mundo con los pies en el suelo, de dónde nunca los apartaría. Así fue toda su vida, austera, resistente, tenaz, profundamente arraigada a la tierra, a sus frutos, a su belleza, a su olor. Ese contacto con lo real sin cortapisas, la convertiría en una aguda observadora y una crítica social irónica, sutil, despiadada a veces. Todo ello acabó constituyendo el material de su trabajo.

 

 

Mientras en Madrid se quemaban conventos, ella era bautizada como Núria Francesca Pompeia. Francesca por su abuela paterna, natural de Arenys de mar, hija de marinos mercantes y casada con un hombre que había hecho fortuna en Cuba, en cuya hermosa casa Nuria pasaría todos los veranos de su vida hasta que su padre vendió la finca. Pompeia por la parroquia a la que pertenecían, en la Diagonal esquina Riera de Sant Miquel. Nunca le gustó su nombre. Ella hubiera deseado llamarse Mónica, como la otra abuela, la materna, oriunda del país vasco. Aunque no llegó a conocerla, ya que murió con apenas 22 años , se identificaba más con ella que con su madre a la que siempre consideró una mujer caprichosa, consentida en exceso por el padre y después adorada por su marido. En su casa, pues, todo giraba alrededor esta mujer. Nuria y su hermana Margarita eran accidentes colaterales del matrimonio.

Como en muchas familias acomodadas de la burguesía, tuvo una ama de cría gallega, una ama seca, una freulain suiza y una educación de Jeune fille rangée en las monjas francesas Damas negras. Después de la guerra llegaron los racionamientos, de todo tipo, que imprimieron un cierto estoicismo en su carácter. Aprendió a ducharse con agua fría y a mirar los escaparates de la Rambla Cataluña sin la posibilidad de comprar en sus comercios. A las estrecheces económicas se le sumaría la prematura muerte de su hermano menor que ensombreció todavía más el entorno familiar. Este punto dramático de la realidad se hallaría en el trasfondo de buena parte de su obra, en el humor negro que la caracterizaría. Durante la postguerra se perdieron tantas o más cosas que en la guerra, no solo materiales. El ambiente de privaciones y falta de opciones casaba bien con el catolicismo en el que Núria se educó donde se pregonaba la contención, la negación de una misma y el sometimiento a un poder superior incuestionable: Dios. Núria era una niña que acataba las normas establecidas porque, aunque no le gustaran (y no le gustaba casi ninguna) no conocía otras.

 

 

Le apasionaba el diseño de moda, de telas, de muebles, de cualquier cosa, y deseaba estudiar arquitectura, arte o historia pero su padre, un hombre profundamente conservador que apenas se pronunciaba en las directrices de la vida familiar, en eso fue muy tajante: no volem nenes sabies a la familia (no queremos niñas sabias en la familia). Dado que mostraba traza para el dibujo cursó artes y oficios en la escuela Massana. Qué poco imaginaba su reaccionario padre que, negándole los estudios superiores y permitiéndole dedicarse a pintar retablos, le estaba brindando el arma con la que Núria lucharía contra el poder represor: sus dibujos. A los 18 años pidió el dinero destinado a la fiesta de su puesta de largo para irse a París. No hubo puesta de largo ni viaje a París. Su única hermana, a la que estaba muy unida, se casó y marchó a vivir a Andalucía.  Núria comenzó a intuir que el mundo le podía ofrecer mucho más que la mediocre penumbra de la casa de sus padres, cuya relación, pautada hasta en los más mínimos detalles y gobernada por el reloj y el calendario, le dejaba un sabor amargo en la boca. Ella no quería eso. Necesitaba encontrar algo distinto, aunque todavía no supiera de qué se trataba.

A los 21 años se casó con Salvador Pániker. De pronto, la realidad se tiñó de otros colores. Su suegro, un hombre ya mayor, había nacido en India y se educó en el estricto imperio Británico. Eso, de por sí, ya suponía una rareza en la sociedad catalana. Su suegra era una mujer delicada, culta, había estudiado la carrera de piano y con ella podía hablar de cualquier tema, incluido el sexo. ¡Otra novedad! Su cuñada, química, estudió en Alemania e Inglaterra y poseía una personalidad absolutamente independiente. Todo esto le proporcionó alternativas diferentes. Esposa, madre e hija no completaban a una mujer. Además estaba su marido a quien le incomodaba el ámbito doméstico y la vida familiar. Él creía que su mujer tenía talento suficiente para hacer algo más que “sus labores”. Entonces, poco a poco, comenzó a realizar pequeños encargos como ilustradora: estampas de la primera comunión, cuentos, catálogos de moda.    

 

 

Con seis embarazos y cinco hijos, hubo un largo periodo de su vida que transcurrió entre pañales, tinta china, colegios, tatas, termómetros, rotuladores, pediatra, papillas, listas de la compra, pinceles, cenas de matrimonios y acuarelas. La tenacidad, la extraordinaria capacidad de organización de Núria, consiguieron que pudiera sobrellevar la famosa doble jornada con eficacia. Pero los premios eran escasos y las compensaciones muy cuestionables. Vivía acuciada por la sensación de que una de sus dos vidas estaba robando a la otra. Cuando no era el trabajo el que le arrebataba el tiempo dedicado a sus hijos, era la vida familiar cuya absorbencia le hacía pensar que algo muy importante se le estaba escapando, su independencia: su libertad. Esa libertad de la que gozaba su marido. Esa libertad que le había sido negada por nacimiento. Esa libertad, no obstante, tardaría todavía en llegar.

Mientras tanto, mi madre hizo los deberes. De la mano de su marido, descubrió la Ibiza de los años 60. Ahí encontró el estilo de vida que a ella le gustaba. Algo ajeno a la convencional sociedad burguesa en la que vivía, sobre todo a su hipocresía. Rodeada de pintores, fotógrafos y arquitectos, venidos de todas partes del mundo, Núria comenzó a despojarse de todo aquello que le era ajeno encontrando el sabor de su vida, de su sensibilidad, de su lenguaje. Un gusto por lo esencial, lo primitivo, lo natural. Ibiza era un oasis en la España de Franco, mantilla y pandereta. En ese lugar milagroso transcurrían nuestros veranos, junto al mar, rodeados de bosque, de almendros e higueras y del ruido intenso de las cigarras. La casa estaba bastante aislada y los primeros años ni siquiera teníamos electricidad, ni teléfono ni agua caliente, pero Núria no se arredraba. Con su pequeño Seat Seicientos verde iba a comprar a Santa Eulari conduciendo por caminos polvorientos sembrados de clavos de carro que le hacían pinchar y recogiendo a los primeros beatniks, después hippies, que hacían autoestop. Barcelona quedaba muy lejos. Descalza, con su cigarrillo entre los dedos, leía revistas francesas y a Simone de Beauvoir. El feminismo iba tomando forma como una consecuencia directa de la vida. Uno de esos veranos acabó su primer libro que Pierre Tisné, un exquisito editor francés, publicaría bajo el título de Neuf (Nueve). Era el relato mudo de los 9 meses de embarazo de una mujer. Su asombro, sus miedos, su ternura, su soledad. Su cuerpo. Todas las emociones contadas con una economía de trazos semejante a la casa de Ibiza en la que vivía, carente de toda ornamentación, luminosa, sencilla, adaptada a la tierra, entregada al mar. Ibiza la hechicera había surtido efecto: Núria se había transformado. La maternidad era un estadio que no coronaba las aspiraciones de la mujer, era un proceso solitario que culminaba con el nacimiento de un ser que te devoraba después. Núria había dejado de ser la mujer de Pániker para ser Núria Pompeia. Tenía por fin una identidad al margen de la familia.  En España, sería Kairós, el sello editorial creado por su marido, quien  publicaría el libro con el título de Maternasis.

 

 

A partir de entonces comenzarían sus colaboraciones con distintas publicaciones. Núria trabajaba en la editorial como maquetista y grafista pero sus colaboraciones las hacía en casa mientras los hijos correteábamos a su alrededor y le tocábamos los rotuladores y le perdíamos el compás y nos poníamos con fiebre y había que comprar uniformes nuevos y hay que ver a este niño cómo le crecen los pies, y llegaban sus padres a comer y su suegra a dar clases de piano y a tomar el té y tenía que entregar una colaboración y atender la vida social de su marido que era muy exigente.  Núria daba para todo. Era la diosa de los mil brazos. Hasta que cayó el franquismo y con él su matrimonio y muchas otras cosas caducas o injustas y surgió a la luz todo aquello que había crecido en la clandestinidad y la vida de Núria se llenó de reivindicaciones, luchas y consecuciones. Entonces sus dibujos se llenaron, también, de texto. La censura había desaparecido. Sus hijos habían crecido, llevaban el pelo largo, fumaban porros y escuchaban a Pink Floyd.

Feminista por derecho propio, defensora de las causas sociales por convicción, el mundo existía más allá de las hermosas paredes que había construido su marido, y ese mundo debía mejorarse. Y ahí estaban ellas, las mujeres, hasta entonces ciudadanas de segunda, entregadas a los demás, con su humildad y su tesón. Todavía existía la fe, ya no Dios, sino en la justicia y el cambio.

 

 

Después, con el paso de los años, Núria se decepcionaría de muchas cosas, de mucha gente, de muchas luchas. Poco dotada para politiqueos o negociaciones, veraz y radical en sus juicios, no era partidaria de hacer concesiones, ni siquiera a ella misma. Entonces, la vida se convirtió en el suelo duro sobre el que nació. Poco a poco, el Alzheimer comenzó a causar estragos en su cerebro y durante 15 años fue perdiendo de vista este mundo que tanto había amado, por el que tanto había sufrido.

Finalmente, se fue el día de Navidad de 2016, dejando a su familia reunida –algo muy difícil de conseguir– alrededor de una mesa.

 Núria será siempre nuestra casa, cálida y acogedora. Será todos los veranos de nuestra infancia. La cáscara verde y aterciopelada de las primeras almendras, como el color de sus ojos, que todo lo veían, todo lo detectaban. El sonido persistente del mar. Será las brevas de junio y los higos de septiembre, y el marron glacé que adoraba, también el chocolate.

 

Será la rebeldía que busca más allá de las convenciones, la espontaneidad, el genio, el coraje y una gran dosis de humor.

Será la lucha tenaz de causas difíciles, alguna imposible.

Y estará siempre en las ramas de los olivos que agita la tramontana y en las garzas sobrevolando los campos de arroz, los frutales en flor, y también en el olor de los pinos y las encinas después de la lluvia. Respirad hondo, niños, nos decía, respirad hondo, este olor es la vida.

 

Núria Pompeia, fotografiada por Pilar Aymerich

 

 

 

Puedes comprarlo aquí